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Viejísimo gringuísimo año nuevo
Al concluir la tercera semana del presente año, a juzgar por lo que la cartelera ofrece, nada en el ámbito cinematográfico merece el calificativo de “nuevo”, entre otras, por las siguientes (sin)razones, enunciadas aquí sin un orden particular. Pueden ser leídas como si a todas las antecediera el enunciado una vez más…:
…como todos los eneros de todos los años, en Estados Unidos han sido entregados unos premios cinematográficos conocidos como Globos de Oro, y bien pocos o ninguno de los habituales loros mediáticos se han salvado del naufragio intelectual consistente en repetir las formulitas resobadas y chocantes del caso, como ésa de referirse a Hollywood como “la Meca del Cine” (sin hacerse cargo, más allá de su pereza verbal, de que con su parangón manido aluden, así sea por metáfora, al islamismo, es decir a una cosmovisión bastante poco bien recibida allende el Bravo); o ese otro cartón según el cual “los Golden Globes son la ‘antesala’ del Oscar”; o esa otra burrada de que los tales Globos “son entregados por la prensa extranjera”, dicho esto último como si el hablante/escribiente fuese ciudadano estadunidense, dando por bueno el absurdo de que si se dice “prensa extranjera”, se está diciendo “prensa no estadunidense”.
…como suele suceder, los susodichos regurgitaclichés ya empezaron a plagar los espacios de que disponen con algo que sólo para ellos es una obviedad: para referirse al Oscar dicen simple y llanamente “la Academia”, sin aclarar que se trata de la de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos, y como si no existiesen centenares de academias no sólo de cine, sino de muchísimas materias más.
…como de costumbre, y en este caso no privativa de comienzos de año sino, por desventura, aplicable a los once meses restantes, las miles y miles de salas cinematográficas comerciales distribuidas a lo largo de todo el país demuestran la inutilidad de su proliferación, toda vez que en ellas hay disponibles menos de treinta –con exactitud, veintisiete– filmes.
…y, para no variar, un porcentaje arteramente elevado de tan magro total corresponde a producciones estadunidenses, tanto como diecinueve de las mencionadas veintisiete o, dicho en otras cifras, arriba del setenta por ciento.
…queda demostrada, y hasta en exceso, la pavorosa falta de creatividad de la supuesta “Meca” en las múltiples sopas-del-día-de-ayer, vendidas como si de grandes novedades se tratara, como lo sabe cualquiera que se haya indigestado, por ejemplo, con la tercera ocasión en que aparecen, sin abstenerse siquiera de un ápice de su memez, Alvin y las ardillas en sus agringadísimas vacaciones (quisieron, azar y realidad al juntarse, que mientras aún se exhibe este monumento a la estulticia, un crucero de lujo de verdad naufragó, muriendo en el percance un número todavía hoy no definitivo de pasajeros); lo mismo que con la enésima demostración de que hay trapos fílmicos siempre listos a ser exprimidos nuevamente, ya sea que se titulen Misión imposible con el subtítulo que sea, Crepúsculo sin que importe el número en el que va la “saga”, o Inmortales, nombre del más reciente saqueo a mitologías e imaginerías, como la de la Grecia clásica, de las que en Los Ángeles poco se comprende pero mucho se saca.
…y como no podía dejar de suceder, hay excepciones que se agradecen, incluso dentro de la sobreoferta de cine gringo –no por cierto la doble aparición en cartelera de ese cineasta sobreestimado que tanto gusta de citarse a sí mismo en cada nueva (de algún modo hay que decirlo) película que filma, llamado Steven Spielberg–; las excepciones, pues, son por ahora al menos dos: primero, la propuesta más reciente emanada de la seriedad, el profesionalismo y el rigor de Clint Eastwood, titulada J. Edgar, y segundo, The Rum Diary, pésimamente retitulada como Diario de un seductor, de Bruce Robinson. Ambas pertenecientes al género llamado biopic, ambas equilibradas en cuanto a la ambivalencia latente en dicho género –de acabar siendo ya un panegírico, ya un vituperio, ambos gratuitos y rotundos–, ambas protagonizadas por actores más que vistos pero, en cada caso, aplicados a desaparecer para que en su sitio luzcan los personajes reales a los que encarnan –Di Caprio en el primer caso, Depp en el segundo–; ambas, en fin, demostraciones de que, en ausencia de pereza mental y desmedidas ganas de llenarse la billetera a golpe de refritos, ese país tan cinematográfico al norte del nuestro tiene mucho que ofrecer.
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