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Filomarino, dramaturgia del cuerpo pensante
Rossana Filomarino (Roma, 1945) es autora de una dramaturgia en la que convergen coreografía y teatro, donde la palabra no es eje, aunque la poesía es tejido que borda sobre pieles tan distintas pero tan hermanas, tan semejantes, desde los años ochenta, cuando se emprendió el “gran proyecto” cultural llamado teatro-danza y del que poco sobrevive porque no se entendió que sus distancias no son fronteras, límites, como solemos entenderlo bajo el orden del diccionario, sino límenes, como lo entiende, por poner un ejemplo, el gran filósofo español Eugenio Trías en su Lógica del límite, donde muestra la contigüidad entre un buen número de artes de la imagen visual y sonora.
No quiero que se piense que el trabajo de Filomarino, directora y fundadora de la compañía Dramadanza, es una especie de Frankenstein, porque la estarían confundiendo con lo que abunda en una gran cantidad de propuestas provincianas, desde los estados hasta los centros de las artes, en fin.
No, este no es un híbrido: lo que presenta Filomarino es un tejido entre géneros, entre estilos que terminan por hacerlos fecundamente fronterizos, fusiones en lo que tienen de poéticas las representaciones silenciosas de la coreografía y las más puras imágenes del teatro. Es una trama hecha de improvisaciones que funcionan al modo bachiano de las variaciones sobre un tema.
Sobre la escena hay grandes poetas del silencio que a menudo son leídos como pintores, como grandes fotógrafos, pero pocas veces como grandes coreógrafos, porque suele entenderse la danza como un movimiento y no como la han entendido también otros genios de la escena, como Merceau, Lindsay Kemp y Frederick Vanmelle: el arte de moverse también consiste en no moverse, el reverso de la convulsión es el cuerpo pétreo jaloneado en múltiples direcciones que lo mantienen inmóvil.
Filomarino sabe contar historias como las contaba Cocteau, Arrabal, Topor, Jodorowsky, en la mayor síntesis, incendiadas en la luz artificial de esa caja negra que pone el cuerpo del bailarín y el gesto del actor en un microscopio mágico, poderoso, ineludible. ¿Bailarín o actor?
El homenaje a Guillermina Bravo es un ejercicio misceláneo: ¿Quién recuerda, Rossana o Guillermina? La memoria de los objetos, su color, su textura frente al calor o al frío podría pertenecerle a cualquiera de las dos. Rossana mira mirar a Guillermina Bravo y sus objetos más preciosos terminan suspendidos en una especie de atmósfera límbica donde sólo basta estirar la mano para poseerlos, como pasa en varios cuadros de Dalí y Duchamp
Pasos andados es un conjunto hilvanado, coherente y apasionado de imágenes y situaciones corporales, anímicas, dramáticas, que se afinan en el oído cómplice, hermano, amigo, de Rodrigo Castillo que tuvo a cargo la edición y el iluminado diseño sonoro que sumó a las melódicas propuestas de Vanessa Farfán en la iluminación.
Es importante señalar que en la misma búsqueda de nuevos lenguajes coreográficos se adhieren algunos elementos teatrales que no se exploran en la danza o definitivamente se carece de capacidades, de formación para narrar situaciones que no sólo le pasan al cuerpo o que lo atraviesan, uno de ellos es la dramaturgia. Se trata de una poética de difícil elaboración que está más cerca de la musicalidad de la palabra que de la musicalidad pautada.
Hay que reconocer experiencias que tocaron las fronteras del teatro: Ballet Teatro del Espacio con la dualidad de Gladiola Orozco y Michel Descombey; por otro lado, Pilar Medina, convencida de que la soledad fecunda.
Algunas búsquedas se llamaron teatro a sí mismas. Era una manera de estar en el lenguaje de una época que se encontró frente a unas formas de parálisis que venían de las rupturas excesivas que hacían de una compañía de danza menor tres o cuatro compañías insufribles.
Aparecieron otros grupos, Forion Ensamble en 1977 y luego Cuerpo Mutable en 1982, Utopía Danza-Teatro, de Marco Antonio Silva, que se colocaron muy lejos del teatro.
No pretendo exhaustividad sino hacer con el lector un recorrido que le permita recordar, distinguir y separar las propuestas de compañías que hoy tienen por lo menos dos décadas de trabajo y mostrar la cercanía de Filomarino con el teatro, sus aportaciones y la posibilidad de mostrar la necesidad de “representar” aspectos de la condición humana a través de un silencio dramático y plástico: desde Las visiones de San Juan hasta Pasos andados. Pasos de una mujer que, como la hija del capitán, jamás abandonará su barco.
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