Editorial
Ver día anteriorViernes 3 de septiembre de 2021Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ida: catástrofe y lecciones
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a costa noreste de Estados Unidos se encuentra inundada tras el paso de los remanentes del huracán Ida, que el fin de semana azotó en Luisiana y Misisipi, en el Golfo de México, para, posteriormente, avanzar por el interior hasta golpear Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Maryland y partes de Connecticut. La devastación ha sido especialmente severa en Nueva York y Nueva Jersey, donde murieron al menos 43 personas, 150 mil hogares se quedaron sin energía eléctrica, el Metro quedó varado debido a las anegaciones de vías y vagones, y cientos de vuelos fueron cancelados. Como suele ocurrir en estos casos, la población de menores recursos fue la más afectada: al menos 11 de los muertos fallecieron ahogados en viviendas de sótanos, las cuales son ocupadas por trabajadores pobres e inmigrantes debido a los estratosféricos precios inmobiliarios en el área neoyorquina.

Sociedad y autoridades fueron sorprendidas por la velocidad con la que se produjeron los acontecimientos, hasta el punto en que el territorio neoyorquino declaró una emergencia por inundaciones repentinas por primera vez en su historia: en Manhattan, las lluvias alcanzaron más de 8 centímetros por hora, una cifra que casi dobla la anterior marca, establecida apenas hace una semana como resultado de la tormenta Henri.

Para encontrar un punto de comparación, es necesario remontarse a 2012, cuando el huracán Sandy causó 72 muertes en la misma zona, provocó la cancelación de 14 mil vuelos, infligió el desastre más grande en un siglo al sistema de transporte masivo de Nueva York, y devastó la costa de Nueva Jersey de tal manera que hizo retroceder la línea de la playa.

Tanto el alcalde de la Gran manzana, Bill de Blasio, como la gobernadora, Kathleen Courtney Hochul fueron enfáticos en responsabilizar al cambio climático por la magnitud y la frecuencia con que se han sucedido estos fenómenos. Para el edil, la catástrofe en el corazón financiero y cultural de Estados Unidos constituye el mayor llamado de atención sobre la nueva realidad de tormentas repentinas y brutales, en tanto que la mandataria estatal subrayó que, desafortunadamente, esto es algo con lo que vamos a tener que lidiar con mayor regularidad, e instó a dar pasos para estar preparados ante cataclismos de los que ya no puede hablarse como algo que sucede cada siglo.

Más allá del complejo debate acerca de la medida en que estos meteoros son producto del cambio climático que ha elevado la temperatura del planeta en 1.2 grados desde el comienzo de la era industrial, el hecho es que en los meses y años recientes los países ricos han sido golpeados por fenómenos que hace poco eran sumamente inusuales. Sólo en 2021, Estados Unidos y Canadá perdieron enormes extensiones de bosques a causa de incendios forestales impulsados, a su vez, por una ola de calor sin precedente; y, al otro lado del Atlántico, Alemania, Bélgica y Países Bajos sufrieron lluvias torrenciales que desbordaron los ríos, dejando 180 muertos y centenares de desaparecidos.

Está claro que en lo inmediato la prioridad es el salvamento de las personas que hayan quedado atrapadas en las inundaciones y el restablecimiento de los servicios públicos, pero una vez superada la emergencia debe darse paso a la reflexión y el análisis científico en torno al papel del ser humano en el desmedido incremento de los daños ocasionados por los llamados desastres naturales.

Asimismo, cabe esperar que este difícil trance contribuya al entendimiento, en las sociedades de las naciones ricas, de que todas las personas compartimos el planeta y las desgracias acaecidas en cualquier punto del globo nos interpelan a todos.