Esther Andradi
Cuatro estampas
Medicina
Cuando niña, y durante mi juventud, siempre he tenido que desvestirme donde el médico.
Con los años, ellos han cambiado. Ahora ya no me piden que me desnude. Ahora quieren mis excrecencias, mis fluidos. Yo les doy con el gusto. Orino, defeco, sólo para ellos. Con meticulosidad cirujana, organizo mis desechos en pequeños frascos, tubos mínimos que luego deposito en un buzón. O entrego en mano de sus eficientes colaboradoras.
No tienen límites los médicos. Más que amantes, siempre piden más. Y yo no me quedo atrás. Por mí estoy dispuesta a vaciar hasta la última gota de mis interiores sobre sus pulcros consultorios.
Hoy me tocó escupirles. Feliz de la vida, con cada escupitajo los evocaba con nombre y apellido. Como tuve que llenar varios tubitos, hubo para todos. Fue un mantra a pura saliva.
Todo sea por la salud.
Memoria cafuné
Siendo pequeña intento distraer a mi madre de su trabajo.
Sólo necesito que me mire, pero ella lava.
Aferrada a su falda, no puedo controlar mis piernas y me abro la frente al chocar violentamente contra la piedra del lavadero.
Sangre, grito, miedo, llanto.
Me queda una cicatriz que, con los años, se ha ido ocultando bajo el cuero cabelludo.
Cada vez que nos vemos, mi padre me acaricia la cabeza hasta encontrarla. Me recuerda los efectos colaterales del deseo.
Escrito en la piel
Estaba escrito en mi piel que un día iban a descubrirme. Pero ellos, incapaces de leer los mapas, tardaron años en darse cuenta que lo comestible de mí no eran las flores ni las hojas ni el tallo sino mi raíz, el tubérculo. Pero igual: era Europa, y yo había dado la vuelta al mundo.
Reyes y ejércitos se rindieron a mis pies, literalmente, porque sólo accedían a mí de rodillas sobre los campos. Los indios conocían a todos mis parientes, varios centenares y de todos los colores y gustos, porque en casa siempre fuimos promiscuos, gracias a dios.
Ahora una tecnología nonsancta me quiere reducir a un par de primos, de piel amarillenta y despintada, sosos, en una norma de laboratorio. Pero yo, que estuve en todas acá abajo, sueño con conocer el universo y no les voy a dar el gusto.
No soy ninguna papafrita.
Las hojas muertas
El dinero ¿fue árbol? ¿De qué especie están hechos los billetes? ¿De frutales o robles?
¿O será ese el secreto árbol del conocimiento y dios el gran banquero?
II
Más respeto, que mañana cada hoja mía puede ser un euro, dijo ese árbol cuando le pasé al lado.
Verde. Como un puñado de dólares.
III
Las acciones se van al Purgatorio. Las hipotecas al Infierno. Sólo el Paraíso es para los billetes: allí se vuelven árbol del conocimiento, y la serpiente se caga de risa.
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