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Así la nota, así la letra
Su larga cadencia de color o nota
que tañe y madura al roce de la luz
con la piedra mojada de la noche
Francisco Torres Córdova en Así la voz
La música es, antes que nada, ritmo. El ritmo, a su vez, alienta mucho más que música. Intervalo entre articulaciones organizadas, su elemento es el aire y su sustancia el sonido. Nota, golpe o sílaba, su repetición causa signo y éste mensaje. Luego: armonía y melodía. Lo primero entonces –porque así lo dijo la piedra contra la piedra– es la cadencia. Partiendo de ello podemos, por simple capricho dominical, transfigurar hoy el nido de la música para asomar la nariz al de la literatura. Y no nos referimos a los audiolibros ni a las grabaciones que tantos escritores realizan a propósito de su obra. Tampoco a letras de canciones o poesía musicalizada.
Dedicada a deambular en torno a álbumes, conciertos, compositores, productores e industria, esta columna no pretende cambiar su foco; sólo intenta recomendar algunas páginas que cayeron recientemente en nuestras manos y cuyo motor musical, por forma o fondo, es innegable. ¿Todo escrito puede ser visto a través de este cristal? Sí. Pero los hay cínicamente rítmicos. A esos nos acercamos conscientes de la antigua, vasta e insondable relación entre ambas disciplinas.
Por un lado está la novela juvenil Banda sonora, publicada en la editorial Siruela, salida de la pluma de Jordi Sierra i Fabra, uno de los más reconocidos articulistas sonoros de España. En ella atestiguamos el avance emocional de un guitarrista adolescente que se reencuentra con su padre, vieja leyenda del rock, sobrepasando atribulaciones vitales gracias a las experiencias que ofrecen el cuarto de ensayos, los primeros conciertos y el viaje por carretera. Con un lenguaje simple, su estructura no arriesga pero encuentra eficacia, entretenimiento, buenas lecciones sobre la música de los sesenta y setenta.
En segundo lugar tenemos Música de cámara instantánea, del poeta mexicano Alberto Blanco, una colección de impresiones dedicadas a distintos compositores de clásico, contemporáneo y popular, pero que no se conforman con su inspiración, sino que arriesgan formalmente imitando la estética de aquellas mentes trascendentales para el cancionero universal. Magnífico.
Además recomendamos, gracias al sello Acantilado, esa obra difícil de conseguir –hasta ahora– y compuesta a cuatro manos por el desaparecido chileno Roberto Bolaño y su colega A. G. Porta: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Veloz y violenta, cinematográfica incluso, en ella viajamos con una pareja contradictoria entre la que constantemente suenan compases igualmente estruendosos. Su protagonista, incluso, es un sentimental bajista retirado, aprendiz de criminal.
Proponemos ahora Muchacha punk, de Rodolfo Enrique Fogwill, poeta argentino a quien le salen igual de bien estos cuentos que los versos de sus tantos libros. Aparecidos originalmente en 1992, estos textos son los menos musicales en temática, lo que no impide comparar su ritmo con, precisamente, un ánimo rebelde, punk, rockero. Lleno de cinismo y con espectaculares intromisiones de su narrador, aquí sacan chispas los contrastes entre la cultura pop, la política y la Historia.
Al final dejamos esta otra novela, obra prima reeditada de Marcelo Cohen, hoy pluma reconocida en su patria, Argentina: El país de la dama eléctrica (Bruguera, 1984). En ella, Marcial, un joven en fuga y en busca del amor, cambia el destino de un pueblo a base de rebeldía y enfrentamientos verbales en los que fulguran, fungiendo el papel de conciencia y dogma, los cantos de Jimi Hendrix y Janis Joplin entre muchas otras figuras del rock anglófono.
Queden de colofón y para una posible complicidad con tales lecturas, las recientes apariciones de estos muy recomendables discos: The Fratellis, Costelllo Music; Klaxons, Myths of the Near Future; Mariano Otero, Tres; Björk, Volta; y David Sylvian, Money For All.
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