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Cultura

2022-08-28 06:00

Relatos del ombligo

Periódico La Jornada
domingo 28 de agosto de 2022 , p. 4a

No hay –ni ha existido– valle más hermoso que el de México. Antes con sus ríos y lagos, hoy con la ciudad que lo ocupa, y siempre rodeado de volcanes, bosques y montañas, ha maravillado, y lo sigue haciendo, a quien sea, de donde venga, y desde el sitio, no importa cuál, en el que observe esta cuenca una vez llamada del Anáhuac, “entre las aguas”, en clara referencia a que estaba rodeada de ella. Suena hoy lejano, mientras transitamos por avenidas y segundos pisos, que hace no tanto la circulación aquí se daba a través de la navegación.

El valle de México ha sufrido en 800 años gran cantidad de modificaciones. Los mexicas crearon calzadas, albarradones; separaron las aguas dulces de las saladas, y convirtieron los lagos en tierras de cultivo gracias a las chinampas. Después, los españoles secaron los lagos, y donde había agua crearon tierra al unir islotes con suelo firme, retaron a la naturaleza que seguía enviando, a través de 14 ríos, agua a la cuenca; el resultado fue, por supuesto, desastroso. Durante el virreinato las inundaciones eran terribles, tanto, que fueron más de una las veces que se planeó mudar la capital de la Nueva España, pero, finalmente, se decidió hacer otra cosa: debido a que el agua no encontraba salida se drenó artificialmente para evitar inundaciones y se cambiaron más de mil kilómetros cuadrados de zona lacustre por igual cantidad de kilómetros cuadrados de asfalto, una de los transformaciones hidrológicas artificiales más drásticas en la historia del planeta.

Pocos lugares han contribuido al ciclo del agua en el valle de México como Cuajimalpa, zona boscosa y ubicada en la sierra de las Cruces que, debido a su gran altitud, es fría y, al ser montaña, funciona como muralla al impedir la salida de humedad de la cuenca. Como sucede cuando el frío y la muralla de montaña se juntan, el agua se condensa y se forman nubes; por ello, en Cuajimalpa llueve unas tres veces más de lo que sucede en el centro del valle; además, al ser su suelo fértil, funciona como una esponja que absorbe y filtra el agua para alimentar los mantos freáticos de la Ciudad de México.

Dicen que si uno entierra un palo de escoba en algún monte de Cuajimalpa no deberá esperar mucho tiempo para que le salgan retoños. Caminar por las montañas de la sierra de las Cruces desafía de manera plácida a los sentidos: el sonido del viento provoca la sensación de que se está volando mientras la vista no encuentra dónde termina lo verde de la vegetación, la piel se enchina y sonroja con el frío húmedo y el olor a árbol se junta con el de la tierra mojada al que se añade el humo proveniente de uno de los muchos puestos de comida que ofrecen hongos, truchas, elotes y –algunos– un caldo de médula que por instantes hace olvidar los otros estímulos mientras se saborea ese platillo que se sirve casi al hervor y da energía para emprender caminatas que pueden durar horas sin necesidad de refugio.

Cuajimalpa es puerta de la capital para quien se dirige al poniente o viene de ahí, llegar desde el centro de la ciudad a su montaña es algo que, sin tráfico, se puede lograr en minutos, pero ese lapso para el mismo trayecto era algo imposible de conseguir cuando los viajes se hacían a pie, caballo o carruaje. Hasta el siglo XX este acceso era también punto de descanso de una primera o última noche de viaje para quienes salían o entraban a la capital, por lo que todo tipo de personas, si traían algunas monedas en sus bolsillos, coincidían en alguna de las posadas ahí ubicadas que, a lo largo de su historia, recibieron a destacadísimos personajes.

En una de estas posadas fue donde muy posiblemente el Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, llegó a la cuestionada decisión de no tomar la Ciudad de México después de la Batalla del Monte de las Cruces, en la que mil 500 soldados realistas, cuya disciplina no les fue suficiente ante la embestida de un arrollador ejército independentista, huyeron golpeados y humillados de regreso a la ciudad mientras dejaban con cada uno de sus pasos virreinales el camino libre y sin dificultad para que Hidalgo la ocupara, algo que no hizo debido a que consideró que era necesario habilitar su artillería y recibir más tropas de apoyo, ya que en el caso de que se perdiera la capital del país, ello podría significar el fin del movimiento insurgente.

Hoy los montes de Cuajimalpa también son puerta de entrada de ensoñaciones que los capitalinos experimentamos al visitar esta zona que permanece siendo parte de esa región a la que Von Humboldt llamó la más transparente del mundo.

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