De la milpa prehispánica
hora que podemos, tras la construcción de una identidad política, solidaria y de esperanza, a través de un sexenio perseguido por las ruinas de los antiguos regímenes y un tiempo límite de legalidad consensuada, nos toca colaborar con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, pero no sólo con las ideas que cada quien considera geniales aun sin forzosamente contribuir a su viabilidad, sino con respuestas a los retos y ayudando a construir el imperativo de la sustentabilidad de las ideas en su realización, y sin deber hacer adaptaciones que deformen su espíritu.
Repitamos aquí, por ejemplo, que la milpa prehispánica no es un sembradío de maíz, sino un policultivo que mantuvo durante milenios a una población más numerosa que la del Antiguo Continente y que permitió levantar sociedades y culturas complejas y no sólo creadoras de una gran riqueza material, sino inmaterial en los términos fijados por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
Pero nosotros en México, tras 500 años de renegar de las milpas hasta casi desaparecerlas, para instalar monocultivos de granos exógenos y separar los de nuestra variedad de maíces en monocultivos, sin apercibirse, ni funcionarios ni científicos, que estaban destruyendo un saber invaluable, el que, si pudo sostener un abanico extenso de culturas durante milenios, podría y puede dar cuenta con superávit de nuestros pueblos contemporáneos. Mientras la sobrevaluación de lo extranjero, cuyo colonialismo mental sólo nos dio lo que ellos tienen: una entrada a la ilusión de la superioridad de la tecnología que sustituye la mano humana, en vez del saber que acumulan la práctica y la aplicación de los sentidos humanos, con otras herramientas complementarias, pero no de sustitución hasta sus últimas consecuencias. Actitud filosófica que se tradujo en una pérdida de la brújula exacta del desarrollo sostenible, a la par que la multiplicación humana y el desarrollo de la industria de la muerte desvió el rumbo de la humanidad entera, donde cada ser humano tiene el valor de su dinero y se le mata para obtener sus bienes, así como se mata a los que no tienen nada y justamente por ello son innecesarios. Pero hoy los mexicanos vivimos una coyuntura histórica que los pueblos americanos originarios han esperado durante siglos: recuperar nuestras tierras para los policultivos de las milpas (según su composición vegetal alrededor del maíz, el frijol, el chile y las cucurbitáceas).
Pero, para ello, se debe reconstituir la propiedad colectiva de la tierra en ejidos, de la comunidad con sus costumbres dignas y, poco a poco, pero sin pausa, apoyarnos en sus sistemas comunitarios para reconquistar la soberanía alimentaria y excedentaria. Recuperemos el sustento único posible para la autosustentabilidad integral, la que conlleva la integración de la producción campesina y la artesanal utilitaria y ornamental, compitiendo en igualdad en el mercado nacional, al lado de la producción industrial útil, la que necesita de nuestros obreros y obreras, y cuyos productos facilitan la vida individual y social.
Desterremos las empresas inútiles y pervertidoras. Y nunca olvidemos, nadie, ni los ricos, que la creación del valor sólo proviene de los seres humanos, y éstos (nosotros) esperamos ese reconocimiento para encontrar la utilidad de cada vida personal, que no es un objeto desechable, sino una célula indispensable de la humanidad pasada, presente y futura, dentro de la plataforma en que toca vivir con una ética dinámica y útil para todos y todas.