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Las Nueve Sinfonías de Bruckner con Karajan
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▲ Anton Bruckner (1824-1896), en un dibujo de Otto Böhler
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▲ Herbert von Karajan (1908-1989)
 
Periódico La Jornada
Sábado 21 de septiembre de 2019, p. a12

Un fuego transfigurado.

La arquitectura sonora de Anton Bruckner (1824-1896) es una intensa luz blanca y vertical. Entra por el techo del mundo y lo atraviesa con solemne parsimonia.

Lo suntuoso es esencial. Así lo entendió Herbert von Karajan (1908-1989) e imprimió majestuosidad en cuerdas y metales, característica básica de la música de Bruckner, y así grabó las nueve sinfonías de su paisano austriaco.

En ocasión del 30 aniversario luctuoso de Karajan, la disquera Deutsche Grammophon publicó una caja con 10 discos compactos, uno de ellos Blu-ray Audio, con las sinfonías completas del compositor más exquisito en la historia del sinfonismo.

No se puede entender la música de Gustav Mahler (1860-1911) sin conocer el abismo luminoso bruckneriano, enespecial los movimientos telúricos de alta intensidad: los scherzi y, en alto contraste, los movimientos lentos, una poética.

La línea del tiempo de la historia de la música se extiende hacia atrás en Mozart y Wagner y hacia delante en pos de Shostakovich, el último sinfonista monumental.

Entre Mozart y Mahler media la región mesopotámica de la orquesta: la sección de alientos-madera, laguna en Bruckner.

Las sinfonías brucknerianas se extienden en océanos de cuerdas y alientos-metal, en rotunda incandescencia.

Las grabaciones que hoy nos ocupan, a cargo de Karajan, se colocan a la vanguardia junto a las de Bernard Haitink y Günter Wand, este último sin duda el máximo director bruckneriano.

No hay que olvidar que pesa sobre Karajan el sambenito de manipular las partituras para lograr efectos espec-taculares en sus interpretaciones. En el caso de las sinfonías de Bruckner no necesitó truco alguno para lograr la magia entera. La caja Bruckner de Karajan es uno de los máximos logros en interpretación musical contemporánea.

Además, se trata de una edición remasterizada conforme a lo último en tecnología.

Las grabaciones que hoy nos ocupan son un festival de efemérides: 30 aniversario luctuoso de Karajan, 120 aniversario de la existencia de la Deutsche Grammophon y 36 años de la aparición del disco compacto.

Fue la Deutsche Grammophon la primera en presentar grabaciones de música clásica en disco compacto, en 1983, y fue precisamente Herbert von Karajan el protagonista de ese lanzamiento cenital, con una sinfonía muy alemana, Eine Alpensinfonie, de Richard Strauss.

Puede afirmarse con entera razón que Karajan inventó el disco compacto en el sentido de que perfeccionó la técni-ca de grabación en ese formato y para el efecto modificó las filas de la orquesta y su disposición en forma de pirámide egipcia de manera que el efecto acústico fuera rotundo en los micrófonos del estudio de grabación, además de que resultaba solemne y fastuoso ver a su orquesta durante 37 años, la Filarmónica de Berlín, montada en esa pirámide de madera hacia las alturas mientras la cámara de televisión captaba a Karajan en espectaculares big close up de su rostro: ojos cerrados, gesto hierático, manos juntas, como meditando mientras dirigía.

De hecho, Karajan dirigía para la cámara de televisión y para los micrófonos de grabación. Sabía, al igual que lo supo Glenn Gould en su momento, que la posteridad radicaba en los documentos fonográficos y audiovisuales.

Para grabar el opus sinfónico entero de Bruckner, Karajan recurrió a las fuentes canónicas: las versiones del también austriaco Robert Haas (1886-1960) elaboradas por encargo de la Sociedad Bruckner a partir de los manuscritos que el sinfonista legó a la Biblioteca de Hofburg de Viena.

Pero el tal Haas era un pillo. Enseguida fue acusado de hacer cambios a los manuscritos ‘‘más allá de los límites de la responsabilidad académica”.

Y es que la música de Bruckner es sumamente delicada, frágil, vulnerable. Amerita un entendimiento cabal, puro, una entrega absoluta de parte del intérprete y del escucha.

Hizo varias versiones de todas sus sinfonías, supuestamente obligado por sus detractores, quienes se hacían pasar por sus amigos. El hecho es que nadie quería interpretar su música. No la comprendían. Pide mucho al intérprete, decían. Y sí que lo pide.

De hecho, Bruckner invirtió su sala-rio de todo un año como maestro rural para contratar a la Filarmónica de Viena y lograr el estreno de su Tercera Sinfonía, así como lo había hecho con las dos primeras.

De su Octava Sinfonía, por ejemplo, existen tres versiones: el manuscrito original de 1887, un manuscrito revisado de 1890 que incorporaba sugerencias de Franz Schalk, Arthur Nikisch y otros. Y la tercera versión, que se publicó en 1892, que iba más allá en los cambios sugeridos por sus amigos.

Volvamos a Robert Haas para volver a Karajan: hizo una edición basada en el manuscrito de 1890 pero añadiendo pasajes de la edición de 1887, y escribió él mismo un pasaje. Es decir, se trata de una versión no autorizada por Bruckner. Lo mismo hizo Haas con la Segunda Sinfonía.

Las intenciones de Robert Haas eran oscuras: al escribir sobre los originales de Buckner, buscaba quedarse con los derechos de autor. Además, se hizo nazi. Presentaba a Bruckner como ‘‘un alma campesina y pura, corrompida por fuerzas cosmopolitas y judías”.

A la derrota del nazismo siguió que la Sociedad Bruckner corriera al tal Haas y en su lugar puso a otro para salir de Guatemala y entrar a Guatepeor: Leopold Nowak (1904-1991), menos creativo que Haas pero que también se dedicó a alterar los manuscritos de Bruckner.

Herbert von Karajan recurrió a versiones de ambos. Para grabar la Segunda Sinfonía, utilizó una combinación de las versiones de Nowak y Haas, aunque para la Tercera Sinfonía se decantó por Nowak y en general su fuente es Robert Haas.

Las versiones de Herbert von Karajan son un dechado de virtudes, empero. Es de lo más logrado en toda su carrera.

He ahí la contundencia, la escritura de Bruckner en su sencillez apabullante al mismo tiempo que complicada en extremo. Su summun es un elemento técnico que se conoce como acorde: consiste en un conjunto de notas que suenan simultáneamente o en sucesión y constituyen una unidad armónica. Una poética de lo sublime, lo orgiástico.

Vasto voltaico oleaje.

Un fuego transfigurado.

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