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México D.F. Viernes 1 de agosto de 2003

Horacio Labastida

26 de julio en Cuba: mensaje de redención

El largo proceso que desde la segunda mitad del siglo xvii hasta el presente ha impulsado el desarrollo de una burguesía, que primero purgó al régimen de la aristocracia y los reyes absolutos y después estableció el sistema de explotación y opresión que le ha permitido existir por cerca de 300 años, es bien conocido ahora. El capitalismo no puede ser sin generar utilidades que garanticen la acumulación que condiciona su existencia; es decir, sin ganancias y acumulación del capital, el capitalismo se desvanecería, las clases burguesas vendrían a menos y los gobiernos que las representan convertiríanse en instituciones decadentes e inútiles; y precisamente para evitar esta caída escandalosa y definitiva, cada vez que en la contabilidad de las utilidades se registran disminuciones apreciables, que los economistas nombran recesiones y que en verdad son crisis, los expertos de inmediato buscan formas de reducir costos y recobrar el nivel de ganancias que es necesario para apuntalar la continuidad en sus indispensables aprovechamientos. La manera de recuperar las ganancias y superar las crisis son muy variadas, aunque en el capitalismo histórico, según la expresión que gusta utilizar Immanuel Wallerstein para referirse al capitalismo tal como se da en el espacio y en el tiempo, los importantes pasos que se han dado en los momentos de las agonías capitalistas son bien definidos.

A la prístina competencia del capitalismo, que redujo precios y casi llevó a cero la acumulación del capital, siguió la etapa de concentración de la riqueza en un capitalismo monopólico capaz de eliminar caída de precios y elevar ganancias. Sin embargo, las cosas no fueron satisfactorias. El defecto del capital competitivo fue la reducción de los precios, y la consecuencia del monopólico, el angostamiento del ingreso de la población por el uso de nuevas técnicas de productividad que no hallara comprador para lo elaborado. El ejemplo de esta situación es la Gran Depresión (1929) y sus negativas consecuencias hasta 1934. Los fabricantes quebraron, los bancos cerraron sus cajas y el desempleo crecía. Nadie podía hacer nada y las altas burocracias al lado de una elite privilegiada contemplaban cómo el planeta se desvencijaba en el centro de una repugnante miseria.

Las decepciones generadas por la Gran Depresión eran más profundas porque atrás se hallaban el escenario de la Primera Guerra Mundial (1914-18) y sus millones de muertos, heridos y mutilados, y también un sistema no capitalista, socialista, marginado hasta cierto punto de los efectos de la crisis general y severamente crítico del comportamiento capitalista: era la época de Lenin y de la construcción de lo que fue la esperanzadora URSS.

Quizá en los instantes más agudos de la Gran Depresión -muchos pensaban que no tenían curación posible- el New Deal de Franklin D. Roosevelt, presidente estadunidense entre 1933 y 1945, abrió las puertas esperadas por las clases capitalistas. Simplemente se estimuló la demanda haciendo llegar salarios a las masas en la era del Estado de Bienestar, o sea, olvidar los sofismas del mercado libre y aplicar la intervención de la autoridad en la economía, buscando aumentar consumos que se equilibraran con la producción, recobrar ganancias y afirmar la acumulación capitalista, despejando así las tinieblas de la Gran Depresión para hacer descender pronto nuevas tinieblas en la globalización contemporánea.

La demanda agregada por el New Deal para sacar adelante las congojas monopólicas no eliminó ni las luchas intermonopólicas que se escenificaron en la Segunda Guerra Mundial (1939-45) ni la urgencia que agobiaba a la alta burguesía de disminuir costos y aumentar ganancias. Fue indispensable derramar las inversiones por todas partes, a fin de conseguir materias primas y mano de obra baratas y ensanchar mercados de colocación de bienes. Siguiendo antecedentes explorados y categorías experimentadas, el capitalismo logró dimensiones globales a partir de la estrepitosa caída del socialismo real en la Unión Soviética, con Mijail Gorbachov y su tambaleante secretaría del Partido Comunista.

El teatro del capitalismo descrito en las anteriores líneas no oculta el angustioso y fundamental problema filosófico de nuestro tiempo. La reafirmación e imposición del capitalismo supone no sólo una depredadora expoliación del trabajo social, hecho en sí mismo muy grave, sino algo más aniquilante: la conversión del hombre en cosa en la medida en que sus valores espirituales son mercantilizados conforme a las leyes de la oferta y la demanda. El hombre mercancía es el hombre unidimensional que mostró Herbert Marcuse (1898-1979) en sus célebres ensayos críticos. Cosificar al hombre, aseveró Jean Paul Sartre (1905-1980), connota extrañarlo de la libertad y dejarlo en el reino de la necesidad, o sea, arrebatarle su esencial capacidad de hacer de la sociedad una colectividad justa.

En ese panorama hay que entender el mensaje que Cuba da al mundo desde que en el amanecer del 26 de julio de 1953 un grupo de jóvenes, presidido por Fidel Castro, decidió derrotar a los enemigos del hombre y señalar senderos de liberación. El ataque al cuartel Moncada en Santiago de Cuba y al cuartel Céspedes en Bayamo, en el oriente de la Perla del Caribe, junto con el triunfo del pueblo en 1959 al ser abatidos Batista y el imperialismo yanqui que lo apuntalaba, evidencian que el hombre negado por el capitalismo es redimible al unir razón y bien, ciencia y moral.

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