a afición de la escritura no es excepcional entre los pintores. Algunos de éstos parecen, incluso, mejor dotados en el arte de escribir que muchos narradores o poetas. He tenido la suerte de leer textos de Antonio Saura o de Roland Topor, que son a la vez visuales, sugerentes y sugestivos, chispeantes de humor, profundos y, desde luego, con un buen dejo de espiritualidad. La lectura de un pequeño volumen titulado El Vizcacha (Ediciones du Canoê) me hizo disfrutar de la prosa original, tan coloquial como universal, del pintor Julio Le Parc.
Este artista de origen argentino reside en París desde 1958, ciudad adonde llegó a sus 30 años gracias a una beca del gobierno francés. Cambia su perspectiva artística y da un vuelco hacia la luz, el movimiento y el color que lo hace girar hacia el arte perceptual
y la consecuente creación de objetos cinéticos, productos de una corriente artística que propone obras cuya estructura contiene partes en movimiento. Su obra se expone en ciudades de Europa y América.
En mayo de 1968, su participación activa en los talleres de personas
lo conduce a su expulsión de Francia, medida que dura cinco meses y termina con su retorno a París gracias a las protestas de intelectuales y artistas. La monumental obra de Julio Le Parc se halla presente en las colecciones de museos internacionales como el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Centro Pompidou o el Tate Modern de Londres.
Siempre curioso e inquieto, Julio Le Parc nos muestra otra faz de su creatividad y de su traviesa imaginación con El Vizcacha, un cuento que ofrece distintas lecturas, e incluso la de continuarla; es decir, seguir escribiendo la narración de la cual podemos asumir el capricho de formar parte como un personaje más.
El Vizcacha, apodo del personaje central, un marginal de pasado entre vago y legendario, es el nombre quechua de un roedor, de la familia de los chinchíllidos, parecido al conejo. Este pequeño animal habita en montañas y planicies de América del Sur.
Al enterarse de un concurso de cuento, un niño se propone escribir uno. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Lineal, de suspenso? ¿Como lo que cuentan las abuelas o hermético? ¿Con cuántos personajes? ¿Con muertos? ¿Campirano o citadino? ¿Relatado en primera persona o con la voz de un narrador? Todas estas cuestiones que se plantea con Pedrito, su amigo y cómplice, lo deciden a pedir consejo a un marginal a quien todo mundo conoce como El Vizcacha. Se sabe que en alguna época de su pasado, este hombre fue vendedor ambulante y, entre otros oficios, escribía cartas, sobre todo de amor.
Durante sus visitas a El Vizcacha, quien les cuenta que fue titiritero, los niños roban unos cuadernos cuya lectura va a perturbarlos y a estremecerlos de miedo, pues lo que leen en ellos es su vida. Una vida de la que el manuscrito revela sus secretos más ocultos. Ambos niños tienen la misma pesadilla donde son los títeres de El Vizcacha. ¿Cómo escaparán a su embrujo? Acaso escribiendo un cuento donde El Vizcacha sea sólo un personaje secundario.
Si el cuento de Julio posee el encanto del enigma, el prefacio de Olivier Salon, de quien uno se pregunta si no es también una creatura más de Le Parc, forma parte de este juego de personajes y autores que se intercalan entre ellos siendo unos los otros y los otros los unos.
La edición de este enigmático cuento tiene la cualidad de ser bilingüe, lo cual permite saborear el español de Le Parc a quienes conocen esta lengua, aunque leerlo en francés no arrebata nada de su encanto a un cuento donde lo maravilloso se impone en estas dos riquísimas lenguas.
Maravilloso, del latín mirabilia (lo asombroso, o admirable), se asocia en los escritos medievales con el viaje de un hombre que atraviesa un bosque lleno de misterios y creaturas sobrenaturales.
Los personajes de Le Parc atraviesan sueños y pesadillas misteriosos de la mano de un ser sobrenatural.