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¿La fiesta en paz?

Del desperdicio como otro rasgo de la idiosincrasia mexicana

D

esperdicio es derroche de un patrimonio o de otra cosa, aquello que no se puede o no se sabe aprovechar y que se deja perder por descuido, en tanto que idiosincrasia es el carácter y temperamento peculiar de cada individuo o de una colectividad, los rasgos de comportamiento que la distinguen de otras. Así, desde tiempo inmemorial el desaprovechamiento de recursos humanos y naturales es uno de los rasgos que caracterizan a la sociedad mexicana, con graves y crecientes consecuencias medioambientales, económicas, sociales y culturales.

En este desperdicio de recursos humanos no podían quedar exentos los toreros, sean novilleros o matadores, quienes han visto pasar el tiempo sin que la estructura del negocio muestre corrección de criterios ni propósitos de enmienda, y en las pasadas décadas instalado en una autorregulación irresponsable que no admite acotamiento alguno por parte de las autoridades, omisas o cómplices, en lo que se refiere a la adecuada y oportuna regulación del espectáculo, sujeto a una normativa específica que debe velar por la esencia de esa fiesta y por los intereses del público que paga, no sólo de quien hace el negocio. El resto de los sectores taurinos y la crítica se pliegan a las decisiones del monopolio, por contraproducentes que sean.

De pamplinada fue calificado por aficionados pensantes el intento de la empresa de la Plaza México de efectuar el sábado pasado una carrera al estilo Pamplona, convocando a más de 300 participantes para que, mediante el pago de 500 pesos, pudieran correr delante del encierro de novillos que se lidiaría horas después. Pero las tradiciones no se improvisan y aquella puesta en escena resultó una descoordinada caricatura, tanto por la inexperiencia de los corredores como por la escasa bravura de los astados. En este reciente ejemplo de desperdicio se conjuntaron empresa, ganadero y autoridad, la primera por no valorar la importancia de una novillada inaugural, la segunda por enviar un encierro para Angangueo o Penjamillo, no para la que se sueña la plaza más importante del Continente, y la tercera al aprobar, juez y veterinarios, un encierro impresentable.

Pero el desaprovechamiento habitual de recursos toreros y ganaderos en nuestro país no empezó con los autorregulados irresponsables y el neoliberalismo nefasto sino con la falta de un profesionalismo honesto en los sectores involucrados. ¿Quién apoderó a Carmelo Pérez que no pudo impedir que la empresa de El Toreo de la Condesa lo pusiera con una dura corrida de San Diego de los Padres en sus prometedores comienzos? ¿Quién decidió que toreros con una personalidad tan acusada como Fernando de los Reyes El Callao, Amado Ramírez El Loco o el mismo Óscar Realme no se convirtieran en diestros consentidos de la afición? ¿Por qué motivos la sensacional pareja novilleril Villanueva-Ponce de León no cuajó tras su alternativa? ¿A quién se le ocurrió vetar a Rodolfo Rodríguez El Pana después de haber llenado la Plaza México? ¿Quiénes desahuciaron al sensacional novillero José Rubén Arroyo que luego de perder un ojo mejor estudió leyes? ¿Con qué pretextos no se contrata al fino Pepe Murillo? La lista de casos es interminable y tan conmovedora como la pasividad de los públicos, incapaces de exigir toreros que los sepan reflejar. A ver si no le hacen lo mismo al sensacional César Ruiz, que con dos novilladas en el año llegó a la México y triunfó. Los productos no se recomiendan, se hacen. Mientras sigan contratando sólo figuras con toros de la ilusión y diestros apadrinados, la fiesta de toros no repuntará.