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Pánico a las urnas
T

odos los ejercicios demoscópicos serios y profesionales coinciden en otorgar a Claudia Sheinbaum, candidata presidencial de la coalición Sigamos Haciendo Historia, una abrumadora ventaja sobre la aspirante presidencial del Prian, Xóchitl Gálvez, en la intención de voto para las elecciones del próximo 2 de junio. En términos de cálculo probabilístico, las posibilidades de una victoria de la segunda son casi iguales a cero. En la capital de la República, Clara Brugada tiene un margen consistente sobre Santiago Taboada, de quien, sin violentar el principio de presunción de inocencia, se puede afirmar que está situado en el centro de una constelación de delincuentes, imputados y prófugos. Es previsible, además, que Morena y sus aliados, el Partido del Trabajo y el Verde Ecologista, cosecharán unas cuantas gubernaturas adicionales a las 22 que ya tienen. La gran incógnita es si la Cuarta Transformación logrará, como es deseable y necesario, hacerse con la mayoría calificada en el Congreso de la Unión y en dos tercios de los legislativos estatales para realizar las modificaciones constitucionales que su proyecto de nación requiere.

Resulta impostergable, en efecto, modificar la Carta Magna a fin de sanear, democratizar y poner al servicio de la población al Poder Judicial y los organismos electorales, que hoy son trincheras de la oposición retardataria y oligárquica, y desde los cuales se ha venido boicoteando de manera sistemática las políticas públicas y las acciones gubernamentales, especialmente las que apuntan a impulsar el desarrollo social, fortalecer la soberanía, combatir la delincuencia de cuello blanco, recuperar la seguridad y avanzar en el establecimiento de la democracia participativa. Se hará posible, además, rediseñar, ajustar o desaparecer organismos supuestamente autónomos que hoy en día gozan de facultades desmesuradas e irracionales, de administraciones opacas y de presupuestos injustificables. Para lograrlo se necesita convertir en votos el respaldo mayoritario a lo ya realizado desde la Presidencia por Andrés Manuel López Obrador y a la continuidad y profundización de las líneas fundamentales de gobierno que ha propuesto Claudia Sheinbaum.

Toda elección tiene un grado de incertidumbre previa, pero la de junio próximo ocurrirá en condiciones sumamente favorables para la 4T, por más que el Prian se empeñe en desconocerlo. Hasta los comentócratas más fieles a la causa de la reacción y la restauración oligárquica dan por perdidos esos comicios. En ellos cosecharán su segunda derrota al hilo después de la de 2018 y será, probablemente, más devastadora. Si las tendencias del momento se mantienen –y no hay razón a la vista para que se alteren–, el PRI y el PAN perderán su razón de ser (el PRD la perdió desde hace tiempo) y el bando oligárquico se quedará sin representaciones partidistas. Ello deberá llevar a una reorganización general de las derechas en el país y, sobre todo, a un severo ejercicio de autocrítica y al reconocimiento del daño que sus políticas causaron a México hasta 2018, más el que ha venido provocando desde entonces la falta de ellas; es decir, su incapacidad o falta de voluntad para sentarse a concebir un proyecto de nación distinto al que está en construcción, pero distante también del neoliberalismo salvaje y corrupto que impusieron al país durante más de tres décadas.

En tales circunstancias, es entendible que en las filas de la oposición reaccionaria cunda el pánico al ejercicio ciudadano, democrático y pacífico en el cual se dirime una disputa al que esa oposición acude desprovista del armamento principal: un programa coherente de gobierno. A falta de eso, Xóchitl Gálvez y sus vocerías han enunciado un manojo de ocurrencias, propuestas regresivas y hasta plagios al prontuario obradorista. Pero la reacción ha entendido ya que con eso no va a lograr ningún resultado electoral favorable y en consecuencia ha recurrido a la insidia, la calumnia abierta, la desinformación, las campañas de miedo y la invención, siembra y magnificación de problemas. Ha dibujado una descripción desfigurada del gobierno de López Obrador y ha tratado de colgarle los atributos propios de sí misma cuando tuvo en sus manos el poder presidencial: corrupción, autoritarismo, violencia, ineptitud, derroche, represión, fraude electoral y hasta sumisión ante el extranjero. El retrato así compuesto es, en realidad, un autorretrato.

Es inocultable que la reacción opositora le tiene pavor al contenido real de esas palabras que ha venido enarbolando como si fueran sus causas: libertad, democracia, legalidad, verdad. Pero previsiblemente serán esos principios los que saldrán triunfantes de los comicios próximos y hoy es necesario hacer todos los esfuerzos por lograr que ese triunfo sea lo más grande y rotundo. Hay que quitarle a la transformación las anclas y las rémoras que los opositores llaman contrapesos y que no son sino obstáculos al cumplimiento de la voluntad popular.

Y ya falta poco.

X: @PM_Navegaciones