Número 185 Suplemento Informativo de La Jornada Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payán Velver
Miscelánea
Niños náayeri. Idalia Hernández

De Nayarit a Tamaulipas.Jóvenes indígenas en el sicariato

Idalia Hernández Hernández  

El año pasado tuve la oportunidad de realizar trabajo de campo en Tamaulipas. Lo primero que me sorprendió fue la red de poder, casi absoluta, que mantiene el crimen organizado en el estado. Lo segundo, las pláticas, comunes, acerca de secuestros, levantones, retenes, halcones y sicarios de “la maña”, como le llaman a los que participan en este tipo de grupos (incluso mi trabajo de campo estuvo vigilado siempre por uno de ellos). Así pues, al concluir el mismo me pregunté: ¿quiénes son los jóvenes que trabajan para los cárteles como halcones o sicarios? ¿tienen familia? ¿saben lo que hacen? ¿por qué deciden hacer un trabajo de alto riesgo? No me imaginé que tan solo un mes después obtendría respuestas.

Hace siete años que visito las localidades náayeri, conozco su cosmovisión, ritualidad y problemáticas sociales. En este tenor, en octubre del 2022 retomé el trabajo de campo en Jesús María, Nayarit, después de que mi labor fuera interrumpida por la pandemia. A mi regreso encontré varios cambios sociales: ya se cuenta con internet gratuito en la plaza pública y en las escuelas, hay médicos cubanos atendiendo en el hospital mixto de la localidad, se han pavimentado nuevos caminos y se expusieron las necesidades de los náayeri en un Plan de Justicia entregado al presidente de la República. No obstante, de dichos avances, encontré un ambiente inseguro: camionetas con civiles armados patrullaban los caminos de la sierra, la gente me decía que tuviera cuidado al andar de noche por las calles, que había retenes de gente armada en la carretera, que al de la tiendita de enfrente de la casa donde me hospedaba lo habían levantado y se rumoraba que, desde entonces, pagaba “piso de plaza”.

La noticia que más me sorprendió fue que había un nuevo “trabajo” para los jóvenes, ser halcones o sicarios para los cárteles de Tamaulipas. Como nunca había escuchado sobre este fenómeno en la zona, empecé a indagar con mis contactos de confianza. De acuerdo con lo que escuché, se trata de adolescentes o jóvenes indígenas que han trabajado el campo, hablan o entienden su lengua, abandonaron sus estudios de preparatoria y algunos de ellos ya tienen familia. Desean ser independientes, ayudar a sus padres, tener una casa con piso de loseta y no de adobe. Están dispuestos a todo con tal de salir de la pobreza.

Algunos testimonios que escuché fueron: “mi esposo me decía que quería entrar a trabajar con ellos, que así construiríamos una casa más rápido; yo le dije que no”; “aquí muchos muchachos se han ido, la otra vez escuché que hubo una balacera en Tamaulipas y aquí llegaron cuatro cuerpos, estos se repartieron en las rancherías”; “yo quería entrar a trabajar ahí, me gustan las armas pero decidí entrar al ejército”; “a mi sobrino lo querían llevar, yo vi sus mensajes en donde sus amigos lo estaban convenciendo, que ahí ganaban mucha lana, que se fuera a trabajar allá, que sólo había que matar gente”; “a los halcones les pagan 10 ó 12 mil pesos; a los sicarios,18 mil mensuales, dicen que la mafia de Tamaulipas es la que mejor paga”; “mi hermano se fue para allá, se le hizo fácil, que sólo tenía que estar cuidando y nada más… desde hace cuatro años no sabemos nada de él”; “mi hijo está trabajando allá, con eso mantiene a sus hijos y está construyendo su casa, yo le dije: ahí lo único seguro que tienes es la cárcel o la muerte”.

No es secreto ni rumor que los habitantes de esta región se han dedicado a la siembra de mariguana y amapola durante décadas; sin embargo, a diferencia de aquella vida lujosa de los narcotraficantes representados en las narcoseries, los campesinos apenas alcanzan a cubrir algunas necesidades básicas con su paga por esta labor. Ya sea construir un cuarto en obra negra, comprar un refrigerador, una estufa, una camioneta o, incluso, contribuir a los gastos que conllevan sus usos y costumbres. En un principio, los campesinos eran los dueños de su siembra y libres de comercializar su producto. Luego el Cártel de Sinaloa se apoderó de la producción de estupefacientes de la región. Actualmente este trabajo ha sido interrumpido. Desde mediados de 2018 el Cártel de Jalisco Nueva Generación impuso un nuevo precio para el kilo de goma de amapola, de 20 mil pesos bajó a 5 mil… y eso, a tratar: “ya no es negocio, estábamos mejor con el Chapo”, mencionan algunos. Año y medio después de la incursión del nuevo cártel comenzó la pandemia y, aunque por fortuna no afectó tanto a esta población, sí impactó la economía de las familias, su movilidad y la continuidad en los estudios de los jóvenes. De acuerdo con mis interlocutores, fue en esta temporada en la que se incrementó la plantilla de jóvenes halcones o sicarios de los cárteles de Tamaulipas.

El contexto de la sierra nayarita bien se enmarca en lo que Sayak Valencia llama Capitalismo gore y necropolítica, en donde se conjugan la precarización económica, la lógica capitalista de hiperconsumo y el crimen organizado. Lejos de una condena moral, para entender esta realidad habría que hacer un rastreo histórico de las intervenciones políticas, económicas y sociales que convergen en un territorio y que producen cierto tipo de sujetos. No es mi intención justificar los actos de estos jóvenes, sí lo es comprender quiénes son, de dónde vienen y por qué sus vidas y la vida de cualquiera de nosotros puede valer 10, 12 ó 18 mil pesos. •

Ritualidad náayeri. Idalia Hernández