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Mar de historias

Nueve almas

Q

uerido amigo:

Saber de ti, de tus cosas y también contarte por teléfono o por mensajes todo lo que está sucediendo me representa un gran desahogo, pero no sabes lo que daría por hablarte en persona. En estos momentos no puedo hacerlo y quién sabe por cuánto tiempo más seguirá igual la situación.

Rosina y Natalia, que como te dije se quedaron conmigo a hacer guardia, están de acuerdo en que mientras el semáforo siga en rojo, no salgamos ni a la esquina. Es imposible dejar solas a nuestras residentes. Eran catorce. Quedan sólo nueve: las que no tienen parientes que puedan alojarlas. Hoy más que nunca, la Residencia es su casa y nosotras su familia.

II

Por más que tratamos de impedirlo, nuestras huéspedes se enteraron de que Clara había muerto en el hospital. No es difícil imaginar su final y te juro que me duele terriblemente. Aquí era una persona muy querida y, desde luego, la noticia deprimió mucho a las residentes, al punto de que perdieron interés en todo. Nos costaba trabajo lograr que se levantaran de la cama o convencerlas de que fueran al comedor. Tuvimos miedo de que enfermaran porque, en estos momentos, ¿te imaginas? Gracias a Dios no fue así. Todas están bien, aunque nerviosas y preocupadas, pero sobre todo muy irritables. Lo que nunca había sucedido, a cada rato, por cualquier cosita, discuten y se pelean. Atribuyo ese cambio de actitud al confinamiento.

Para distraerse un poco, a ellas les gustaba salir a hacer sus compras en las tiendas de por aquí cerca, pero hace más de dos meses que no van y tampoco las hemos sacado a sus paseos. Te he dicho que las monjas que atienden el internado de San Bernardino nos prestan su autobús escolar para que las llevemos al parque o a las colonias bonitas.

III

Al ver el entusiasmo con que abordaban el camión, el júbilo con que se ponían a cantar y la malicia infantil con que bromeaban, me venían a la memoria las excursiones de fin de año de mi escuela. Te confieso que para mí era más emocionante el trayecto que la llegada al sitio a donde íbamos –casi siempre a Xochimilco, Chapultepec o a Las Estacas–, porque allí todo el tiempo oíamos las advertencias de la prefecta: No se acerquen a la orilla... No se alejen... No se suban... ¡Bonito paseo!

Marcela y yo –fue mi compañera durante toda la primaria, creo que te he hablado de ella– nos hacíamos las ilusiones de que íbamos en un avión, según yo rumbo a Panamá. Ese destino era mi predilecto porque el máximo anhelo de mi hermano mayor, Arnaldo, era vivir allá: a su parecer el sitio más remoto del mundo y en el que, por lo tanto, estaría a salvo de la severidad de nuestro padre. Mi pregunta invariable: Arnaldo, ¿podría irme contigo? Su respuesta: un rotundo no que me arrancaba lágrimas. De ese rechazo me compensé muchas veces en aquellas inolvidables excursiones escolares.

III

Debí haberme disculpado antes por no haberte escrito. Hoy puedo hacerlo gracias a que es cumpleaños de Danila. Mis compañeras le organizaron un festejo en el jardín –con cubrebocas y a distancia–, así que las residentes están muy entretenidas. La verdad es que la situación se ha ido complicando mucho. Lo atribuyo, entre otras cosas, al confinamiento y al temor de enfermarse. El doctor Calvo sólo ha venido una vez porque en el hospital donde trabaja lo necesitan más que nunca. Me lo dijo el sábado que me llamó: por su tono de voz noté que estaba agotadísimo y, sin embargo, me aseguró que en cuanto tuviera tiempo vendría. Por lo pronto aconsejó que, aunque no hayan tenido contacto con nadie, las internas sigan en confinamiento y que respeten la sana distancia.

Algo también recomendable para que las internas se sientan bien, me dijo el doctor Calvo, es que mantengamos sus rutinas. Seguimos su consejo. A las ocho entran en el comedor. A las once comienzan su terapia de ejercicios. Después de la comida pasean media hora por el jardín. Rosina las acompaña y les pide que respeten su distancia. Cuando la oigo se me figura una maestra que alecciona a niñitos de escuela. Luego descansan un rato en sus cuartos y como a las seis de la tarde se van a la sala de visitas a ver televisión, jugar a la sopa de letras o, si prefieren, memorama: un muy buen ejercicio mental para personas mayores.

IV

Los domingos en la nochecita las internas organizan tandas de lotería. Apuestan con frijoles. Entusiasmadas, imaginan perder o ganar fortunas. Se divierten mucho, pero a veces, sin que haya motivo, unas a otras se acusan de haber hecho trampa. Se forman bandos y salen a relucir viejos rencores.

El domingo pasado tuvimos una situación así. Danila, muy descompuesta y temblando de furia, acusó a Guadalupe de haberle ganado con trampas y ésta, que no sabe quedarse callada, le respondió con insultos y le dijo hasta de lo que se iba a morir. Mi compañera Natalia, que es muy hábil para calmar los ánimos, las hizo ver que no valía la pena pelearse por un simple juego. Además, les recordó que no hay fortuna –en caso de que los frijoles con que apuestan lo fuera– que tenga el valor de una amistad. La escena terminó en disculpas y abrazos. Danila se veía realmente arrepentida y Guadalupe le prometió que en su cumpleaños iba a regalarle... Oigo gritos en el jardín. Rosina y Natalia me piden que vaya corriendo. Tengo que ir a ver qué sucede. Después sigo escribiéndote.