Opinión
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Mar de historias

Amarillo pálido

En memoria de Rina Lazo

E

l señor Monjes viene cada ocho días a visitar a su esposa, pero nada más el 2 de noviembre le trae un ramo de flores atadas con un moño, también amarillo. Él es la única persona que llega de traje y corbata, perfumado, como si fuera a una fiesta o a una cita de amor. Camina directo a la tumba. Se sienta a un ladito y se queda allí un buen rato, hablando muy bajo. Parece que reza. Luego me llama para que meta los cempasúchiles en el florero y limpie el predio 721.

La sepultura es muy sencilla. En su lápida, a causa de los terremotos del 85, se formó una grieta. Con el tiempo se ha hecho más profunda. Una vez le dije al señor Monjes que mi marido, como es lapidario, podía resanarla. Me dijo que no. Esperaba convencerlo aclarándole que Benito haría la reparación a buen precio. Volvió a decirme que no y me explicó el por qué de su negativa.

La fisura cruza el nombre de su esposa –Eloína– y allí brotan, sobre todo en época de lluvias, unas florecitas silvestres, como tréboles, que casi ni se ven. Para él son muy importantes porque adornan la tumba. Eloína. l947-2000. Para ti todo, menos el olvido. Cuando escuché esa explicación pensé en que la difunta seguía siendo una mujer afortunada.

II

Antes trabajábamos en el panteón, aparte de los camposanteros, seis aguadores. Quedamos sólo tres: Tobías, Raciel y yo. Los entierros han escaseado mucho porque los deudos prefieren incinerar a sus difuntos. También el número de visitantes ha disminuido bastante.

Cuando empecé a trabajar aquí, los fines de semana esto era una romería. Desde tempano iban llegando familias completas con sus portaviandas y sus refrescos. A ciertas horas se escuchaba la música de los tríos y los conjuntos norteños que iban tocando las canciones predilectas de los finados. Como en los programas de complacencias musicales, dice Raciel cuando nos ponemos a recordar aquellos tiempos.

También nos acordamos de Jade, una muchacha que trabajaba en la marmolería que está atravesando la calle. En cuanto llegaba la camioneta de los músicos venía para oírlos en vivo.Algunas veces, como tiene una voz muy bonita, llegó a cantar al estilo de Lucha Reyes y de Lola Beltrán. Le aplaudían con ganas y le daban sus propinitas. Cuando su abuela murió, Jade tuvo que devolverse a su pueblo para atender a un hermano impedido del que antes se ocupaba la abuela. Ojalá que un día regrese. Extrañamos su forma de cantar.

III

A como van las cosas, temo que pronto el único visitante del camposanto será el señor Monjes. Llevo años de conocerlo y todavía no sé su nombre. Siempre digo que voy a preguntárselo pero no lo hago: no quiero mostrarle demasiado interés, que por eso él desconfíe de mí y deje de platicar conmigo. Lo hace como si se hubiera pasado la semana completa sin decir palabra. No es así. Le quedan dos hijos –el mayor murió joven, de diabetes– y cinco nietos, pero sin su mujer, siente como si viviera solo.

Lo entiendo: cantidad de veces me he sentido así, aunque tenga familia y a mi esposo. Benito es muy buena gente, pero también muy seco y reservado, igualito que su madre. Aunque se lo pregunte, nunca me dice qué le pasa o por qué está triste: creo que le da vergüenza. Rara vez habla de nosotros, de nuestras cosas íntimas y no es tierno conmigo. Digamos que no es el tipo de hombre que se emociona viendo crecer flores silvestres en la grieta de una lápida. Si lo hace, lo calla.

IV

A muchos de mis familiares les parece raro que trabaje en un cementerio. Me preguntan si no me da miedo estar rodeada de tantísimos muertos: más de mil, sin contar a los que descansan en la fosa común. Ellos me dan mucha pena. Ha de haber sido espantoso morir solos, sin un adiós ni nada. La verdad es que no siento temores de ninguna especie. La vez que Honorio, el velador, tuvo que faltar al trabajo me pidió que lo sustituyera. Lo hice, aunque a Benito le pareció mal.

Como a las seis de la tarde, luego de que se fueron los últimos visitantes, me acomodé en su cuarto, que también es bodega de herramientas, y me puse a ver la tele como si estuviera en mi casa, pero con la ventaja de que Benito no estaría pidiéndome a cada rato que cambiara de canal. Esa ocurrencia me causó mucha risa y, no sé por qué, pensé en contársela al señor Monjes durante su siguiente visita.

Antes de dormirme hice el primer rondín. Caminé por todos los senderos y llegué hasta la fosa común. Allí crecen unos pastos altísimos. Cuando el viento los mueve hacen un ruido como el de las hojas secas cuando uno las pisa. Había oído ese rumor infinidad de veces, pero nunca me pareció tan bonito como aquella noche. ¿Por qué? Tal vez me lo explique el señor Monjes cuando lo vea –pensé.

El último rondín lo hice en la madrugada. Jamás había despertado en el panteón y no sabía que visto desde allí, el amanecer pudiera verse tan hermoso. Grises, azules, rojo. Casi al mismo tiempo empecé a oír el revoloteo y los cantos de los pájaros que anidan en los árboles. Aquello era un concierto muy precioso, lástima que las ánimas que descansan aquí ya no pudieran escucharlo. Eso es la muerte.

Por la mañana, cuando llegué a la casa, no le dije a Benito nada de eso, como tampoco le he dicho por qué para el señor Monjes son tan importantes las flores silvestres que brotan en la fisura de una tumba. Eloína. l947-2000. Para ti todo, menos el olvido.