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Ante el Presidente, familiares de las víctimas demandan resultados
 
Periódico La Jornada
Martes 25 de junio de 2019, p. 5

Lo pensó por varios minutos. El miedo la hacía dudar, pero los años de impunidad y la larga ausencia de su hijo le dieron las agallas. Doña María Isela Valdez rompió el protocolo. Se acercó hasta el presídium y, frente al presidente Andrés Manuel López Obrador, se arrodilló. Fue el símbolo de su desesperación y la de miles de madres más.

Desde hace cinco años busca a su hijo Roberto, secuestrado por el cártel del Golfo en Reynosa, Tamaulipas, el 10 de marzo de 2014. El llanto no le impidió expresarse: En Tamaulipas me persiguen (ha sido amenazada), tengo miedo. ¿Cómo seguir buscando a mi hijo si ya no puedo estar allá? (fue desplazada) Ayúdeme, señor Presidente, suplicó ante el jefe del Ejecutivo federal.

El mandatario la miró desencajado, le dijo varias palabras al oído –promesas que le dan confianza, diría ella en entrevista minutos después–, la sujetó de la mano y tras casi dos minutos a sus pies, la ayudó a levantarse. Con el semblante adusto, la miró a los ojos y trató darle algo de consuelo, mientras le tomaba el rostro entre las manos.

Junto a ella, también llegó hasta el Presidente otra madre, con la misma historia: un hijo ausente desde septiembre de 2015, impunidad, dolor, largas jornadas de insomnio y desesperación.

María de Jesús López le entregó un resumen de su caso, en el que narra cómo los responsables de la desaparición de su hijo Carlos David están obteniendo la libertad, por un mal trabajo de la Fiscalía General de Justicia de Veracruz, aseguró

Hizo firmar de recibido al mandatario. Esa firma vale, y mucho. Empeña la palabra del Presidente para que en el caso de su hijo haya justicia y no impunidad, afirmó doña María de Jesús.

El trámite del primer informe del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas no fue terso. La paciencia se agota entre las familias de los miles de desaparecidos del país. Fue escenario para la expresión de decenas de mujeres, madres sobre todo, que alzaron la voz en pleno salón Tesorería de Palacio Nacional ante el mandatario y sus funcionarios, a quienes desde el presídium se les veía incómodos y descompuestos de testificar la escenificación del dolor.

La voz al micrófono del maestro de ceremonias fue superada por los gritos y las consignas de las familias invitadas al acto. Vivos se los llevaron, vivos los queremos, ¿Dónde están, nuestros hijos dónde están?, se escuchaba al tiempo que levantaban mantas o carteles con las fotografías de sus seres queridos ausentes. Era la voz de esas mujeres que han salido al terreno a buscar ellas mismas a sus hijos, hijas, esposos, hermanos.

Cuando el subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas, concluyó su participación (fue el primero en hablar), una mujer alzó la voz entre el auditorio: Encinas, estás hablando de fosas y de buscar cuerpos. Búsquenlos vivos. A mi hija se la llevaron el 11 de abril. Más de dos meses, señor Presidente, y ¿dónde se encuentra?

Esa sería la tesitura de toda la ceremonia. Cada que alguno de los funcionarios terminaba de hablar, los reclamos se expresaban. Correspondió al Presidente ser el último orador. Las familias lo interrumpieron hasta en cinco ocasiones y le aplaudieron otras tres, sobre todo cuando aseguró que él no daría la orden de reprimir a la gente.