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México D.F. Miércoles 10 de noviembre de 2004

Carlos Martínez García

Bush y la derecha evangélica

En la victoria electoral de George Bush la diferencia a favor del triunfador la hicieron combativas agrupaciones conservadoras, varias de corte religioso fundamentalista. La mayor participación de votantes no significó, como normalmente sucede, inclinación de los sufragantes hacia la oposición, sino que el conservadurismo tuvo más éxito en movilizar a sus fuerzas, contando en su favor ese sentimiento del miedo exacerbado ante el terrorismo que una muy amplia franja del pueblo estadunidense anida en sus entrañas.

La cosecha de sufragios que levantó Bush en la Norteamérica más estrechamente ligada a la herencia WASP (White Anglo Saxon and Protestant), inclinó de manera determinante la balanza electoral. Pero no nada más fue esa herencia identitaria el factor principal en esa región, sino los cauces que dicha religiosidad protestante ha ido tomando en las décadas finales del siglo XX y los años que van del XXI.

Se trata de un fenómeno asociado con el conservadurismo evangélico encaramado en los medios masivos de comunicación, particularmente en los llamados televangelistas. A todo esto debe agregarse que las redes religiosas conservadoras son posdenominacionales, es decir, trascienden las adscripciones religiosas de la amplia variedad que compone el protestantismo. Así tenemos que existen alianzas conservadoras en las que coinciden protestantes y católicos, en cuyas agendas tiene prioridad lo que llaman recuperación moral de Estados Unidos. Para lograrlo buscan que se conviertan en políticas públicas sus particulares convicciones sobre educación, familia, sexualidad y salud pública. Están empeñados en revertir el Estado laico y poner en el centro de las tareas gubernamentales los valores de lo que entienden por moralidad cristiana, y para lograrlo quieren resucitar la espada de Constantino.

En toda la intrincada red conservadora que se movilizó para relegir a Bush hay tejidos que, aunque son antiprotestantes, hacen a un lado su aversión, porque los puntos concidentes son más fuertes, así como el enemigo que los une: la disolvente sociedad contemporánea y su diversidad ética. Por esto, a pesar de que el catolicismo conservador, con Juan Pablo II a la cabeza, tiene diferencias con el presidente estadunidense, en lo que respecta a los valores y prácticas morales que deben regir en las sociedades existe profunda coincidencia.

No hay que confundirse y diagnosticar el triunfo de Bush únicamente como producto de la resurrección WASP, del resurgimiento de la Norteamérica profunda, como quiere Samuel P. Huntington, sino también analizarlo teniendo en cuenta la colaboración de los otros conservadurismos que no son de corte evangélico.

Si, como muestran los sondeos, el voto duro evangélico conservador parece haber actuado de manera más decidida a favor de Bush, esto no puede leerse como una relación mecánica entre pertenencia a una adscripción religiosa y apoyo a determinado proyecto político. En primer lugar porque el evangelicalismo estadunidense, pese a todo, es ampliamente diverso y una muestra de ello es que la mayor oposición a sus políticas revestidas de lenguaje religioso la ha encontrado Bush entre el liderazgo y feligresía de la denominación evangélico/protestante a la que pertenece.

La corriente conformada por denominaciones y agrupaciones evangélicas que históricamente se han opuesto a las aventuras militares de los sucesivos gobiernos estadunidenses, sobre todo a partir de la guerra de Vietnam, fue especialmente activa en promover el voto contra la relección de Bush y denunció reiteradamente la simbiosis religioso-política que hace el presidente como artimaña para defender principios que consideraron anticristianos.

Además hay que tener en cuenta que entre quienes se declararon católicos y emitieron su voto, 50 por ciento dijeron haberlo depositado a favor de Kerry, mientras que 49 lo hicieron por Bush (datos publicados en Beliefnet). A nivel nacional entre los católicos practicantes 53 por ciento favorecieron a Kerry, en tanto 45 por ciento a Bush.

Un factor que no ha sido bien incorporado al análisis del triunfo electoral de George Bush es la aparición televisiva de Osama Bin Laden unos días antes de las votaciones. Por los resultados, favoreció a Bush, porque el mensaje del líder musulmán reforzó en millones de estadunidenses la idea de que solamente el político texano tiene la suficiente decisión pare enfrentar el reto del terrorismo. Para los integristas negociar es ya en sí una claudicación, y tanto Bush como Bin Laden son integristas. De la misma manera que lo son millones de sufragantes incapaces de distinguir la gama de colores que componen una sociedad, y todo lo reducen a dos fuerzas: la suya, la del supremo bien, y la otra, la del maligno, a quien es necesario someter sin miramientos.

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