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México D.F. Miércoles 25 de junio de 2003

Luis Linares Zapata

El reciclable Guillermo

El PAN, con el empuje de Felipe Calderón, sentenció al actual director del Banco de México al ostracismo cuando era flamante secretario de Hacienda de la administración de Ernesto Zedillo, su amigo íntimo, protector y compañero de muchas desventuras financieras. Sólidas razones asistían al, en ese entonces, coordinador de la bancada panista en la Cámara de Diputados, para anunciar su malquerencia. Ortiz había sido el personaje central en el drama que siguió a la terrible devaluación del 95 con su desenlace en el llamado rescate bancario y cuyo producto final fue el malhadado Fobaproa. Un verdadero engendro legal que extendió su manto protector, plagado de complicidades e ilícitos, al sistema de pagos del país. Se trataba, por cualquier medio, de ponerlo a salvo de la catástrofe que siguió a la masiva insolvencia de los deudores de la banca, profundizada, qué duda cabe, por los garrafales manejos de sus accionistas, directores operativos que corrieron al parejo de la omisa y permisiva vigilancia de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores. Los programas de compra de cartera ejecutados bajo el mando último de Ortiz, con sus enormes boquetes de irregularidades (eufemismo encubridor de variados delitos) que hoy se intenta revisar, fueron el detonante para imposibilitarlo, con el auxilio de la bancada del PRD, como participante en el organismo creado por una ley precisa, la que dio lugar al IPAB, institución a cuyo consejo no puede asistir Ortiz. Muy a pesar de hacerse acreedor a tal incapacidad y que muchos pensaron lo obligaría a renunciar, éste siguió, orondo y campante, desempeñando sus funciones hasta el día de hoy.

Dejando aquella ríspida desavenencia, que duró largo tiempo yendo y viniendo por las entrañas del panismo con agudos síntomas de frustración, el presidente Fox ha propuesto reciclar a don Guillermo en su actual chamba. Un apetecible puesto que mucho recibe y requiere de los efluvios y simpatías del mundo globalizado y a los que Fox es tan vulnerable. Sobre todo si ellos provienen de los organismos multilaterales (FMI, BM), de los grandes organismos acreedores de Estados Unidos, de los grupos de presión internos y, muy especialmente, de las autoridades financieras estadunidenses, en especial los que se originen en la oficina del secretario del Tesoro. Algunos de estos personajes estuvieron presentes en Los Pinos cuando Fox dio su aval para la renovación, por otros largos y cruciales siete años, a este conspicuo e injustamente (en opinión de sus apoyadores) enjuiciado funcionario por las huestes del blanquiazul.

No cabe duda de que Ortiz está bien enchufado con ciertos políticos de elite, esos que imprimen y otorgan avales voluminosos por medio de jugosos contratos masivos, y con aquellos otros que habitan y comparten el exquisito mundo de los megaintereses, así como con sus contrapartes incrustadas en la burocracia hacendaria. Tan relucientes credenciales parecen suficientes para empujarlo a la continuidad. Para nada importa que subsista toda una parvada de panistas todavía resentidos por su pleito con el banquero central. Al parecer sólo les quedará constatar la inutilidad con que ha sido oída su airada crítica contra el que ahora aparece como inmune banquero central. Pero, para infortunio de las imágenes y las proyecciones políticas que va destilando la administración de Fox, Ortiz representa la más rancia continuidad de un grupo incrustado en los mandos públicos, el sumo sacerdote a cargo de las políticas de contención económica y los controles macro que han dado estabilidad, sí, pero a costa de la postración de la fábrica nacional. Nocivo efecto que tanto habrá de impactar a los votantes mexicanos. Y muy a pesar de la violenta campaña de propaganda que han puesto el PAN y la Presidencia en movimiento, ésta parecen alejar a los ciudadanos de las intenciones de voto, por sus posturas y postulantes.

Este hombre de las finanzas representa una manera de actuar y pensar por completo ajena a la promesa del cambio entrevista por la sociedad mexicana y tan patrocinada, aunque fuera en sus inicios, por el presidente Fox. Ortiz abreva, sin filtros ni dudas, tanto en las escuelas estadunidenses de economía como en los centros financieros de ese país. Actitudes y visiones por cierto sometidas a los mandatos que impone el gran capital amontonado en Wall Street, el real núcleo del poder metropolitano. Es Ortiz la más expuesta y conocida figura que garantiza enfoques de total reserva para los asuntos públicos. Reserva propiciadora de tersuras y que evite manoseos innecesarios por aquellos que serán afectados por las dolorosas decisiones bajo su mando o autoridad. Los resultados que Ortiz ha ofrecido a la presente administración no hablan de una buena conducción bancaria, sino que patentizan la voluntad inercial de políticas que profundizan las desigualdades e impiden la democratización que exige la sociedad. Pero, de manera especial, Ortiz tiene que prestar todo su concurso, conocimiento y habilidades para dejar los -por lo menos- sospechosos desaguisados cometidos por los antiguos banqueros de Banamex, Bancomer, Bital, y los que pudieron llevar a cabo los directivos de Banorte, a completo resguardo de los molestos auditores que ordenó la Auditoría Superior de la Federación enviar a esos bancos. Sin embargo, la enorme fuerza concentrada en torno de los intereses que se acomodan en el ralo mundo de las altas finanzas, donde todos se conocen y protegen sus interconexiones, con seguridad prevalecerá por sobre las normas e instituciones diseñadas para controlarlos y someterlos al interés nacional. La sociedad entonces seguirá pagando, con enormes sacrificios, los platos rotos de esos renombrados gandallas a los que Guillermo Ortiz ayudó desde un inicio y que, en su reciclado puesto, si el Senado da su aprobación, seguirá protegiendo.

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