Las obras del distribuidor vial le trajeron
prosperidad
Hasta los ingenieros acuden a comer tacos de guisados
con doña Lourdes
MIRNA SERVIN VEGA
Un empleo generó otro y acabó con uno más
en torno del distribuidor vial San Antonio. Algunos nunca imaginaron que
en poco más de seis meses pudieran incluso ahorrar, gracias a las
ganancias que deja la venta de tortas de tamal y el atole, los tacos de
guisados, las quesadillas y los dulces. Para muchos otros era imprevisible
que ni la pintura nueva en la fachada de sus negocios y las ofertas de
hasta 70 por ciento de descuento salvarían la caída de sus
ventas.
Doña
Lourdes sabe que su puesto bajo el puente de concreto aún fresco
es temporal y que levantarse a las cinco de la mañana para llenar
sus cazuelas con guisados se terminará en poco más de un
mes.
Les fía a los trabajadores los tacos de arroz,
frijoles con huevo, chicharrón en salsa verde, rajas con papas y
cebolla,"porque la crema está muy cara", tinga y algunas veces de
chile relleno. Pero la doña, como la conocen ya sus comensales,
ha reunido el dinero que "nunca antes había tenido junto".
Es apenas lo de las compras diarias para surtir su cocina,
para disminuir el adeudo de renta de mil cien pesos, y dejar 100 pesos
cada semana guardados como ahorro para una apuesta más grande: tener
un lugar fijo dónde trabajar.
Doña Lourdes aún no sabe que tendrá
que tramitar un permiso en la delegación donde se instale, si es
posible. Que para vender comida necesitará un par de licencias,
ganarse un lugar entre los demás comerciantes, pagar luz y agua
-aunque su puesto esté en la calle- y obtener un nuevo público,
al que no le podrá fiar.
No lo sabe porque desde noviembre le basta un mantel,
varios recipientes de plástico y llevar las tortillas calientes
después de mediodía para alimentar a más de 30 trabajadores
que acuden usualmente a su lugar.
Ella no era comerciante; es la mamá de Leonardo,
ayudante de albañil que llegó desde el inicio de la construcción
del distribuidor vial, en octubre. "El se quedaba sin comer al principio,
porque el sueldo no le alcanzaba para las cosas que venden por aquí.
Puras tortas y quesadillas". Por eso doña Lourdes lo enviaba con
sus topers, y luego pensó en venir también. Ella se
quedó.
Después se le sumó Laura, su hija menor,
porque su clientela ha aumentado. "Hasta los ingenieros vienen a echarse
un taco por aquí". Laura limpia pronto los platos, saca servilletas
y pone más chiles en vinagre en la losa que sirve como mesa.
A sus 48 años, a doña Lourdes aún
se le va "la liebre": "Ya van varios que se me van sin pagar, porque muchos
se van pronto, aunque llegan otros nuevos".
Los albañiles poco a poco regresan a sus puestos
a martillar, doblar o colar. Doña Lourdes junta sus trastes en dos
bolsas de mandado y se va. Atrás, un anuncio de más de dos
metros de altura, de una tienda de ropa importada de mujer, ofrece: "Por
reinauguración, 70 por ciento de descuento. Pase y pregunte".
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