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Los nuevos lectores de las viejas historias
¿C

ómo leerán los jóvenes de ahora novelas como Lolita, de Vladimir Nabokov, y A sangre fría, de Truman Capote? Ambas fueron publicadas hace más de medio siglo y lograron cimbrar a los lectores de su tiempo, pero la sociedad de ahora ya tiene otros códigos sociales y otros miradores de la condición humana.

Buena parte de los jóvenes católicos de ahora, por ejemplo, aceptan el uso de la píldora anticonceptiva, están en favor del aborto y de los matrimonios homosexuales. No todos, claro, pero sí la mayoría. Hace medio siglo esa mayoría representaba una minoría estigmatizada. Pero ya en 2007, 81.4 por ciento de las mujeres que abortaron en la Ciudad de México eran católicas con una pareja estable, y en 2022, 92 por ciento de las mujeres creyentes estaban en favor del aborto. Aunque los católicos de hace medio siglo y los de ahora comparten la misma fe, las formas en que lo manifiestan difieren.

En 2022 la escritora Laura Freixas publicó un libro que levantó una polvareda en la geografía literaria. Su título fue toda una provocación: ¿Qué hacemos con Lolita? Argumentos y batallas en torno a las mujeres y la cultura. Se refería por supuesto a la Lolita, de Nabokov. Mario Vargas Llosa le entró al asunto y puntualizó que el feminismo es el más resuelto enemigo de la literatura, por su afán de descontaminarla de machismo. Freixas está cierta de que esa literatura refuerza la desigualdad y legitima el patriarcado, aunque aclara que siempre que se critica una obra nos atribuyen la intención de censurar. No censura, dice, hay que leer Lolita porque es una gran novela, y después criticarla, pues la actitud ante la cultura no debe ser la adoración. Si censurar es en su primera acepción criticar y, en su segunda, corregir o reprobar, sin duda censura.

Como sea, las grandes obras han sobrevivido a viejas y nuevas lecturas. El amor romántico seguirá abrevando en Romeo y Julieta como hacen reiteradamente las telenovelas. Y en cualquier obra donde aparezcan los celos, ese monstruo que se engendra y nace de sí mismo, podremos ver los desorbitados ojos de Otelo, el moro de Venecia.

El pasado 29 de octubre escribí en estas páginas que la población lectora en México descendió casi 15 puntos porcentuales, y también que la inteligencia artificial generativa con sus recursos podría ser un factor para desalentar la lectura como plataforma de conocimiento o de ocio. Cada vez más las plataformas que leen por nosotros y hacen resúmenes en nuestro nombre se multiplican. Pareciera que los libros están dejando de ser el objeto cultural de referencia; pareciera que ya no son indispensables para conocer y, desde hace tiempo, para ejercer nuestro tiempo libre leyendo.

¿Para qué leer A sangre fría, de Truman Capote, si las plataformas digitales dan cuenta en tiempo real del mundo criminal? ¿Por qué leer sobre el escalofriante asesinato de la familia Clutter llevado a cabo por dos ex convictos la mañana del 15 de noviembre de 1959? Capote tardó seis años en escribir el libro, y los nuevos documentalistas hasta le han generado ganancias a asesinos seriales como El monstruo de Ecatepec.

¿Para qué leer entonces si tenemos tan a la mano documentales descosidos, pero morbosos o ficciones en serie como Adolescencia, que, por lo demás, es un estupendo desplante de técnica al manejar sus cuatro capítulos en un plano secuencia? Pero la pedacería audiovisual de nota roja o la ficción que retrata nuestro peligroso aislamiento provocado por las redes sociales comparten una tradición que es el olvido.

Si el libro es memoria y portal para la imaginación, seguiremos leyendo. Los libros son nuestro disco duro, nuestra memoria extendida, la interfaz que nos une con lo que pensaron, imaginaron o descubrieron los mejores de nosotros. También en las librerías y bibliotecas se barre la basura y permanecen sólo las mejores conversaciones. Las que dan cuenta, por ejemplo, del primer Otelo, el celópata por excelencia; o de los consejos del buen gobierno que dio don Qujote a Sancho Panza, como refiere el capítulo 42 de la segunda parte y que todo gobernante debería practicar; o como aquellos versos del desasosiego que refiere Pessoa en el poema Tabaquería o los de la protofeminista Sor Juana que se adelantó a cualquier MeToo, con su soneto sobre los hombres necios, con ese cadencioso rumor de sílabas que no hacen sino tatuarse en cualquier lector. Sólo un distópico apagón digital imaginado por Phillip Dick nos haría voltear a ver de manera masiva a los libros. Pero, aunque no ocurra, tal vez sepamos, sin darnos cuenta, que el libro sigue siendo el mejor dispositivo para llevar a cualquier lado memoria e imaginación. No importa en realidad cómo se lea hoy A sangre fría o Lolita, lo realmente importante es que se siguen leyendo.