¿Quién paga los aranceles?
os impuestos no crean riqueza alguna; simplemente redistribuyen los ingresos entre gobierno y particulares. La creación de todo bien o servicio se reparte entre distintos actores, entre los que destacan los trabajadores, que reciben un salario; los empresarios, que obtienen utilidades, y el gobierno, que se queda con los impuestos.
Pero por más altas que sean las cargas fiscales, la riqueza de la sociedad no aumenta; lo único que sucede en esos casos es que los gobernantes expropian una parte mayor del producto al resto de la sociedad.
Un impuesto particular es el arancel, el cual es el cobro que se realiza por la importación de mercancías. Si un bien o servicio que se produce en el extranjero vale 100 dólares y al importarlo se cobra 25 por ciento del valor del producto, no aumenta la riqueza ni disminuyen los ingresos del productor. Este último recibirá sus 100 dólares y el gobierno recibirá 25 dólares. El problema es que los 25 dólares del arancel salen de algún lado, no se crean por arte de magia y quien paga el sobreprecio es el consumidor final.
La intención de Trump al cobrar más aranceles puede parecer genial: sustituir importaciones para que todo bien y servicio se genere en Estados Unidos. En este proceso se generará más riqueza en el país, se crearán más empleos y se frenará la salida de dólares a otros países que abusan
de los estadunidenses al quitarles
su dinero.
Pero las naciones modernas no funcionan en la autarquía. Los productores de cada nación generan los bienes y servicios en los que son más competitivos. Si una mercancía se produce a menor costo o con mayor calidad en una nación frente a otra, lo lógico es que la exporte al país menos productivo. En caso contrario, el consumidor gasta más, lo que afecta su calidad de vida.
La estrategia arancelaria de Trump afectará a sus conciudadanos doblemente: primero, al tener que pagar más por las importaciones que realicen, y segundo, al consumir productos locales de mayor precio o de menor calidad.
De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno y eso es lo que pasa con la estrategia de Donald Trump. Los consumidores no olvidarán el próximo 2 de abril.