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Eduardo Verástegui y las contradicciones de la ultraderecha
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ebrero de 2025 fue un mes clave para Eduardo Verástegui: obtuvo el registro ante el INE para su nuevo partido, Movimiento Viva México, y en el marco de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) en Maryland, el 21 del mismo mes cerró su intervención con el saludo nazi.

Verástegui es polifacético: actor, cantante, director de cine y activista de la ultraderecha mexicana. Políticamente es ahijado del presidente Donald Trump, a quien ha apoyado en sus campañas y ha sido asesor en temas de latinos. Estimulado por el fenómeno Javier Milei y el ascenso en el mundo de la ultraderecha, Verástegui se arroja a experimentar en la arena política para incrustar una oferta ultraconservadora.

Es cierto que hay muchas ultraderechas en el mundo. Las características son muy distintas en el nuevo universo ultraconservador que se expande en especial en Estados Unidos y Europa. La de Verástegui es el ofrecimiento de una ultraderecha católica, con larga huella en América Latina. En México se remonta al siglo XIX. El ultraconservadurismo católico pretende instaurar el reino de Dios en la Tierra. En realidad, es una interpretación ideológica, tortuosa del evangelio para justificar una delirante militancia que busca someter los principios católicos al conjunto la sociedad moderna. Una especie de talibanes cristeros que exaltan la familia y rechazan el nuevo rol de la mujer. Se oponen al aborto, a los homosexuales, a los matrimonios igualitarios y un largo etcétera. Dicha derecha radical es heredera de lo que el sociólogo francés Émile Poulat denominó catolicismo social intransigente. Un catolicismo que no cede ni un centímetro en sus principios, no negocia nada y sólo impone sus valores.

En ese sentido, Verástegui en un video de 2023 sostuvo: Yo sueño un México que le permita a Dios ser el centro de nuestra nación. En otras palabras, aspira un país en que la sociedad y el Estado se conduzcan bajo a los designios divinos. Es una afirmación teocrática que prevaleció en la Edad Media. Es una afirmación provocadora porque transgrede el carácter laico del Estado mexicano. Desde el siglo XIX el país ha luchado por que prevalezca la separación entre el Estado y las iglesias. Dicha separación histórica ha costado guerras y mucha sangre derramada a lo largo de nuestra historia. El ultraderechista de un plumazo nos regresa a la Colonia, donde la Iglesia era central y determinante, ya que Dios era la fuente de legitimidad del poder y no el voto popular de la ciudadanía.

Como todos notamos, Verástegui presenta fisuras y muchas contradicciones en su propuesta personal y de partido. Defiende la mexicanidad, costumbres y reivindica a la Virgen de Guadalupe como madre de los mexicanos, y se contradice, pues su principal aliado es Donald Trump, el presidente estadunidense más antimexicano en los últimos años. Pregona y defiende la familia tradicional y a sus 51 años no ha construido una ni se le conoce pareja ni tiene hijos. Se proclama católico y recibe dinero evangélico. Se define antigay, los ridiculiza y sostiene un discurso homófobo cuando en su pasado inmediato sostuvo relaciones homosexuales; así lo afirman sus colegas de la farándula, quienes lo han balconeado. Verástegui proclama el amor cristiano, pero difunde un discurso de odio, de intimidación y antiderechos. Defiende el derecho a la vida mientras aplaude la política de seguridad del salvadoreño Nayib Bukele, criticado precisamente por vulnerar la dignidad humana con los delincuentes en las cárceles.

Sin duda, está apalancado por numerosos obispos, organizaciones de la sociedad civil y decenas de páginas digitales. Ha despertado simpatías entre empresarios como Ricardo Salinas Pliego, de políticos como la estridente Lilly Téllez. Aprovecha la crisis del PAN y anhela una fuga masiva de ese partido a su favor. Esta nueva ultraderecha se beneficia de la gran decepción de los partidos tradicionales, de las conexiones conservadoras internacionales que propagan una visión pesimista del futuro. Verástegui aspira a una ultraderecha populista con propuestas simplistas ante problemas complejos, es decir, llama a reconstruir un pasado idílico como un lugar seguro y de certezas. Promete soluciones radicales de un neopatrioterismo conservador. Además de reivindicar la familia tradicional, impugna con ferocidad las teorías de género; repudia las minorías indígenas y sexuales, así como rechaza el lenguaje inclusivo. Sin embargo, Verástegui no ha logrado cuajar una alianza estratégica con el Yunque, que tiene una base social y cientos de militantes incrustados en las cañerías del poder público, en los partidos políticos, en las universidades, en la sociedad civil y páginas web. Verátegui es el nuevo rostro del tradicionalismo católico. Los adustos y desgastados activistas de la ultraderecha tradicional, como Bernardo Ardavín, Guillermo Velasco Arzac y José de Jesús Castellanos, Guillermo Bustamante, Alberto Cárdenas, Ana Teresa Aranda y Cecilia Romero, aún se resisten a la emergencia de una nueva generación política. Es cuestión de tiempo.

Hace años escribí un artículo titulado Cuando la ultraderecha nos alcance. Muchos analistas y políticos desdeñan la opción de la ultraderecha. Es una postura arriesgada porque el Vox español sorprendió electoralmente a todos en España y ante el hartazgo por la clase política, Javier Milei salió de la nada en Argentina.

Por más que nos parezca grotesco y fachoso, Verástegui es una regresión, una amenaza para la democracia mexicana.