rancisco López Sacha pasó los últimos días de su vida tumbado en la cama esperando mansamente a la muerte. Se negó a comer, a tomar agua, a caminar, cuando supo que tenía una enfermedad que lo llevaría a extremos sufrimientos. A sus 74 años, había decidido dimitir de la vida. Una renuncia que se hizo efectiva el pasado domingo 16 de febrero y ha conmovido a la intelectualidad cubana, porque era quizás el más unánimemente querido y admirado de los escritores cubanos.
Nació en Manzanillo, oriente de Cuba, el 28 de febrero de 1950 como Francisco López Álvarez. El Sacha de su segundo apellido –como todos lo llamábamos– fue adquirido en el preuniversitario, cuando uno de sus amigos empezó a nombrarlo así por su supuesto parecido con Sacha Distel, el jazzista francés, aunque la semejanza era menos física que espiritual. Escribió su primer poema a los nueve años, pero amó la música casi tanto como a la literatura. Tenía buena voz, soñaba con ser cantante de rock and roll y grabar, aunque sólo fuera una canción, pero la vida no le dio esa oportunidad.
Su obra, que incluye cuentos, novelas, ensayos y textos críticos, es reconocida como uno de los pilares de la narrativa cubana de todos los tiempos, con títulos imprescindibles como El cumpleaños del fuego, Descubrimiento del azul, El más suave de todos los veranos, Prisionero del rock and roll y Voy a escribir la eternidad , su más reciente novela autobiográfica. La Editorial Letras Cubanas prepara la publicación de su novela inédita Licor diabólico.
Estaba muy orgulloso de la última novela, Voy a escribir la eternidad (2023), ganadora del prestigioso Premio Alejo Carpentier, que es una obra airosamente contada con una voz coral, saltos temporales y una tesis fascinante: la eternidad es aquello que vivimos una sola vez. Por eso cada ser humano es eterno, decía Sacha. Allí el Manzanillo cubano –como el Dublín de James Joyce– es la ciudad irrepetible cuya banda sonora remite a toda la música de su generación, desde la trova tradicional hasta los Beatles. Manzanillo es, también, la intrahistoria de la revolución cubana, a la que no llega despolitizando hechos, ocultando sentidos, mutilando identidades, condenando a los vivos, mitificando a los muertos, sino a través de una peculiar mezcla de memoria, historia y autobiografía, de un yo colectivo puesto en función de la intensa e íntima relación del escritor con la vida de su país.
El recorrido a través de la ciudad, el tiempo y la memoria sirvieron a la literatura de Sacha para hacer indagaciones como la del peso y trascendencia de la niñez en la definición de la vida del hombre o descubrimientos como el del amor (o el desamor), valoraciones sobre la música y la experiencia, revelaciones dedicadas al hallazgo de las posibilidades literarias de la ciudad. Hay que contar para recordar y hay que contar para comprender, decía.
Gran contador de historias, Sacha sabía encontrar nuevas maneras de narrarlas una y otra vez en su literatura y en el aula. Sólo para escucharlo yo misma asistí varias veces a su Taller de Técnicas Literarias en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana, que impartió cada año durante casi dos décadas y en los que renovaba sus sorprendentes monólogos. Era fascinante escucharle explicar por qué hay una literatura retrospectiva hecha de tiempo, y hay otra no menos valiosa que brota de la instantaneidad, sin mediación ni distancia alguna, sin las ventajas de la perspectiva, aunque también sin los engaños y las vaguedades de la memoria. Él nunca dejó de ser un charlista
, como lo llamaban cuando alfabetizó a campesinos de la Sierra Maestra siendo apenas un niño. Su cultura y su don de la oralidad asombraban a todos, lo hacían capaz de componer un ensayo en una improvisación. Y jamás dejó de agradecer que su vida transcurriera en Cuba.
En una de sus últimas entrevistas, cuando ya estaba herido de muerte y no lo sabía, dijo al diario Granma que era un hombre muy afortunado: Porque tengo personas que me quieren y a quienes quiero, porque siento que mi trabajo no ha sido inútil. Porque soy cubano y me siento orgulloso de serlo. Porque he tenido el privilegio de tener, entre mis compañeros de generación, gente muy valiosa, y el de vivir en la época de la revolución cubana; también el de conocer, gracias a la propia revolución, las raíces de la historia de mi país. Y porque me siento vinculado históricamente a Cuba, y siento que, si soy cubano y tengo un dolor, ese dolor puede ser compartido, así como puedo compartir mi alegría, porque formo parte de un pueblo
.
Los afortunados fuimos nosotros, aquellos que lo conocimos. Adiós y un hasta siempre, querido Sacha.