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Sacrilegio en el colegio
D

espués de cantar muy lindo decidimos portarnos mal. Entiéndase, teníamos 11 años y una imprecisa noción de los límites. Debíamos ser un desafío para Contreras, nuestro profesor de quinto, y en respuesta él incurría en actos de violencia pedagógica que hoy serían motivo de denuncia judicial pero entonces cabían dentro de la norma. Nuestros padres podían ser peores. Y la verdad, nos pasábamos de lanza. Lo que tenía Contreras es que, además de reglazos y borradorzazos, pellizcaba de cierta manera la patilla que el dolor te paralizaba a gritos. El castigo, por supuesto, era parte del desmadre, todo el salón lo festejaba y el torturado ganaba popularidad por unos días.

El hecho es que varios, sobre todo Edgardo, éramos víctimas recurrentes de tales prácticas docentes, y es que él era el rey del relajo. Un tipo carismático, divertido, superabusado. Hijo de un político priísta de trayectoria sindical, nada parecía darle miedo, o confiaba mucho en sus redes protectoras. Un benjamín con hermanos adultos, sospecho que nadie lo supervisaba. Su chofer era su valedor. Sí, tenía chofer. Vivía en Las Lomas. Etc. Ese año fue mi mejor amigo y mi peor influencia. Hasta me sacó una credencial (inválida) del PRI; su papá andaba en la campaña de Díaz Ordaz.

Una tarde del 64, Edgardo, Jaziel y yo salimos de un ensayo del coro del colegio bajo la docta dirección de don Carlos Greull Anders y al órgano el entonces joven Víctor Urbán, músico titular del templo. Edgardo y yo éramos solistas, aunque yo cantaba más quedito. En vez de retirarnos, nos escondimos en la penumbra.

Con Jaziel la cosa era distinta. Sus padres y los míos, del movimiento familiar cristiano, habían tratado de hacernos amigos por años, recurriendo al car-pool, invitaciones a merendar y pretextos parroquiales. Aunque vivíamos en la misma colonia, la verdad yo nunca lo buscaba. Sus padres, bastante mayores y aburridísimos, eran tan anticuados como su carro, una reliquia modelo americano de los tempranos 1940. La madre, con la falda hasta el suelo. El señor, siempre de traje y corbata de moño. No recuerdo por qué se unió Jaziel a nosotros para causar destrozos en esa tarde febril, si lo invitamos o se nos pegó.

Atardecía. La iglesia desierta y el coro en lo alto apagaron sus luces. Cerraron las puertas, con candado las salidas a la calle. En la sacristía ni un alma. Nos quedamos adentro deliberadamente. No había plan. Las bodegas recorrían un largo pasillo amurallado, por tramos a la intemperie, tan largo como el templo mismo. Cirios usados en grandes cantidades, candelabros, armazones de coronas, flores secas amontonadas, botes grandes, bancas y reclinatorios rotos, maderos de distintos tamaños, un taller de carpintería y herrería, grandes incensarios de latón abollados. Avanzamos por una sucesión de cortinas de manta y lona que había que ir apartando, como en una obra de teatro participativo. Un rayo crepuscular iluminó de amarillo unas palomas blancas que se alejaron con el sonido de un aleteo fantasmal.

No sólo atravesábamos la bodega, traspatio y tiradero, sino que íbamos haciendo destrozos, pateando vasos de veladora y floreros de latón, tumbando tablones, jugando a la rueda con las coronas de los muertos. No recuerdo haber visto ratas, pero sí lagartijas y gatos. Tumbamos a medias el armazón del arco que se decoraba con flores para ocasiones especiales. Por fortuna no se nos ocurrió prender fuego, en esos años yo era un pirómano. O quizá por eso. La piromanía te enseña a conocer los límites del juego, y ya había provocado incendios. También era monaguillo, me sabía los vericuetos de la iglesia, supongo que exploré el terreno con antelación.

De pronto se encendieron las luces. Gritos de quiénandahi. El sacristán venía tras nosotros. Salimos al atrio casi de noche aflojando las cadenas de la reja. Cruzamos la explanada, saltamos el portón sin que nadie nos viera y corrimos en distintas direcciones, igual que delincuentes.

No hubiéramos sido descubiertos si Jaziel, en un arranque de pánico ante el tribunal de sus padres por llegar tarde a la casa, no hubiera rajado, y de ahí al prefecto Arellano. Como Edgardo era medio ateo, evitaba ir a misa y el sacramento de la confesión se le resbalaba. A mí Arellano me emboscó en el confesionario y exigió que admitiera que participé en los desmanes, y que me arrepintiera. Abandoné abruptamente el confesionario dejando a mis espaldas la absolución del prefecto, lo cual además me costó caro en la esfera familiar, pero esa es otra historia, que no recuerdo en absoluto. Quizá me salvó ser congregante de los del padre Justiniano.

El trío de malhechores se desbarató. Edgardo dejó de jugar beisbol con los de la clase y, en consecuencia, nosotros también, pues él ponía la mitad de las manoplas, el bate y las pelotas. Pronto desapareció, se rumoraba que en un internado. En esos años era la amenaza máxima de los padres y las madres, te vamos a meter a un internado, o la militarizada. De grande se hizo famoso dirigiendo sinfonías. En cuanto a Jaziel, no quise saber más. Lo borró mi memoria.