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La destrucción del arte y la inteligencia artificial
¿P

ara qué servirá el arte cuando nos hayamos ido? No para lo que lo ha hecho hasta ahora que es sólo de la especie humana, a la cual proporciona toda clase de emociones y placeres. Nos encontramos apenas en los albores de la inteligencia artificial (IA) y ya nos juega bromas cada día más pesadas. El debate es temprano y ya torrencial, todas las artes están bajo el asedio de esta nueva fuerza de la naturaleza tecnológica. A nuestras ideas corrientes del Apocalipsis debemos agregar un nuevo horizonte: el del exceso, la proliferación (que algún día se saldrá de control) de obras de arte que en sentido estricto no lo son.

El poco respeto que muchos jóvenes y sobre todo jóvenas muestran por el arte formal adelanta la que será tal vez nuestra relación futura con el arte en sí. Para protestar contra el cambio climático se agrede a Van Gogh. Para protestar en la escuela de Artes Plásticas de la UNAM, unos estudiantes derriban una copia de la Victoria de Samotracia y, lo más relevante, la tildan con espray de mierda blanca occidental. El 8 de marzo, durante la marcha de las mujeres en Cuernavaca, unas de ellas se dieron a la tarea de destrozar el Centro Morelense de las Artes y su biblioteca, e intervenir con mano pesada una muestra de ocho artistas, también mujeres, inaugurada allí menos de 24 horas antes: Habitar. Los ejemplos se multiplican.

Nada nuevo bajo el Sol, diríase. La demolición y la ruptura han sido parte del proyecto moderno en las artes. Véase la autodestrucción creativa de las vanguardias durante los pasados cien años. Sin forma, sin motivos, desechable, ready made, intervenido: el arte ya pasó por todas las demoliciones posibles. Del dadá a la abstracción al pop al trash al computer art. Del atonalismo a los ruidos mecánicos al silencio de los aeropuertos y al reguetón la música muere sin cesar. La literatura se autoaniquila, fiel hasta la ignominia a su abundante basura.

La pionera de la novela apocalíptica, Mary Shelley, se imagina al último hombre, una vez aniquilada la humanidad por una pandemia, recorriendo las joyas del arte antiguo y clásico del Mediterráneo que ya nadie más puede apreciar. Después de él serán simple materia inerte, cosas entre la vegetación, el polvo y la fauna indiferente.

Es memorable el episodio en Los hijos del hombre, el “ thriller del futuro” de P. D. James, más explícito en la versión fílmica de Alfonso Cuarón, donde Theo, el protagonista, visita a su poderosísimo primo, guardián de Inglaterra, en un mundo donde ya nadie nace y sólo queda morir. En un acto postrero de colonialismo, el primo acapara las obras más emblemáticas de arte mundial, el David de Miguel Ángel, Guernica y demás en su palacete londinense, con el sobrecogedor fondo musical de The Court of the Crimson King.

Pero también ese futuro se hizo pasado. No previó que la IA produciría tantas falsas obras de arte, reales y torrenciales, indistinguibles de lo auténtico, banales aunque bellas. ¿Quién querrá coleccionarlas? Habrá que reimaginar el último museo de la humanidad en un mundo de pantallas encendidas o apagadas, da igual, ya nadie podrá verlas.

Algún día la IA tomará decisiones por nosotros. Ya lo hace. Redacta notas periodísticas, informes económicos, controla complejos de máquinas y armas (¿pum?). La manipulación dejará de existir, no harán falta manos ni para ejecutar el photoshop.

Recientemente, un conocido retratista en la red Instagram que durante un año impresionó a su público con expresivos e impresionantes retratos, admitió que todo era obra de una inteligencia artificial a su servicio. Sus modelos no existen. Estos casos pronto dejarán de sorprendernos. Como escribe la crítica Jessica Stewart, las piezas de Joe Avery acentúan el borramiento de las fronteras entre la fotografía y las imágenes generadas por la IA. Avery ni siquiera usó una cámara. Bueno, él ya no engaña a su público, pero cuántos más sí lo harán.

Los experimentos se multiplican, el juguete nuevo ya trae de encargo a Rembrandt, Picasso y Vermeer. El cielo es el límite en un tiempo en que el arte plástico, como el dinero, ya no necesita ser material. Tampoco tener autor real. Se dirá que estos efectos de la IA son menores respecto a lo mucho que esta novedad hipertencológica podrá realizar en el inminente futuro.

Ciertos estudios y estadísticas sugieren que el IQ humano de la nueva generación actual dejó de crecer por primera vez desde que se lleva registro. Habría que ver. Ciertamente se nos van atrofiando ciertas funciones sensoriales, mecánicas, intelectuales y neurológicas gracias a las herramientas digitales y la conexión a Internet. Pronto nuestra pobre inteligencia será innecesaria. La inteligencia autónoma creada por nuestra inteligencia científica pensará por nosotros. Con tiempo libre para ser turistas o ir al gimnasio, la inteligencia alternativa se encargará de nuestra seguridad, nuestra economía, nuestra imaginación y nuestros razonamientos. La humanidad se podrá tomar unas vacaciones permanentes. Si no la bomba o la hambruna, la matará el tedio.