Opinión
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Vigencia del periodismo de Elena Poniatowska
“E

n la ciudad el crecimiento de las fábricas ha corrompido el aire; ya no es el aire transparente que pintó José María Velasco. Por el contrario, un reciente trabajo de técnicos de la Unesco colocó a México entre los países que más padecen la llamada ‘niebla industrial’. Afecta los ojos, la respiración de los hombres y el crecimiento de las plantas.”

El párrafo anterior es parte de El almuerzo de los obreros de La Viga, texto en el que Elena Poniatowska describe las inhumanas condiciones de quienes laboraban en la fábrica de productos químicos de ese nombre. Allí se procesaban cientos de toneladas de huesos para obtener grenetina, utilizada en diversas preparaciones gastronómicas: gelatinas, gomitas, confitería, postres, caldos, salsas. La grenetina de La Viga era para la fábrica de jabón Palmolive. También refiere la elevada contaminación que padecían habitantes y transeúntes.

Esa crónica y 53 más se publicaron a fines de los años 50 del siglo pasado en el suplemento dominical México en la Cultura, que dirigía Fernando Benítez en el diario Novedades. Las ilustró el pintor, grabador, dibujante y caricaturista Alberto Beltrán (1923-2002).

En compañía de Beltrán, que nació en Tepito y conocía la capital al detalle, Elenita visitó los lugares emblemáticos para la población: Chapultepec, la Villa, las Pirámides, los mercados, Xochimilco, las funciones de cine, el Viernes Santo en Iztapalapa, los balnearios, el aeropuerto, la Alameda, la Torre Latinoamericana. Hasta la cárcel de Lecumberri, donde visitó a los presos políticos de la huelga ferrocarrilera y magisterial; al escritor Álvaro Mutis y a David Alfaro Siqueiros; a los líderes del movimiento estudiantil de 1968; a Elí de Gortari, José Revueltas, Heberto Castillo y Manuel Marcué Pardinas.

En 1963, esos materiales se reunieron en el libro Todo empezó el domingo. Lo publicó el Fondo de Cultura Económica. Existe una edición espléndida de Mapas-Travesías, que dirigen Antonio García y Guillermo Osorno. La enriquecieron con un merecido homenaje a Beltrán y fotos de Graciela Iturbide. Vale la pena una edición al alcance de los lectores con menos poder adquisitivo, pues esas crónicas despiertan más indignación que nostalgia.

Las crónicas de Elena permiten comprobar cómo las políticas gubernamentales, unidas a los pulpos inmobiliarios y del trans­porte, sepultaron la que para don Al­fonso Reyes era la región más transparente del aire. Una mancha de asfalto cubrió en pocas décadas zonas agrícolas y forestales, cañadas y cerros. Hasta el basurero de Santa Fe.

Esa mancha impide que el agua de lluvia sirva para recargar el acuífero del que se obtiene la mayor parte del líquido que consumen millones de personas. Además, está sobrexplotado, lo que ocasiona el hundimiento de la ciudad y daños cuando hay sismos.

Las zonas agrícolas y forestales que rodeaban a la capital son ahora populosos conglomerados humanos: Chalco, Ecatepec, Neza, Los Reyes-La Paz, Cuautitlán, Chilmalhuacán… A ellas llegaron en busca de mejor vida millones de campesinos. Muchísimos no la encontraron.

Mientras otras ciudades del mundo conservan sus ríos, aquí los gobernantes entubaron 43 de los 45 que tenía la Gran Tenoch­titlan. Le quitaron así humedad, belleza, agua limpia. Ahora son avenidas saturadas por el lento desplazamiento de millones de vehículos contaminantes: Viaducto, Periférico, Churubusco, La Piedad... Apenas dos ríos se libran del asfalto: el Santo Desierto y el Magdalena, contaminado.

En las entrevistas que Elenita ha hecho durante 70 años, ofrece una imagen singular, a veces oculta al público, de las figuras destacadas de las letras y la ciencia, de los ídolos populares. También da voz a las mujeres víctimas de la violencia, las madres de los desaparecidos; a campesinos y a los migrantes. A la gente humilde.

El jueves próximo Elenita cumple 90 años, gozando de prodigiosa memoria y capacidad de trabajo; escribiendo espléndida y valientemente. Me precio de ser su devoto admirador desde tiempos del célebre suplemento de Novedades. Allí conocí a los que serían mis amigos entrañables: Carlos Monsiváis, Vicente Rojo, José Emilio Pacheco, Fernando Benítez, Lya y Luis Cardoza y Aragón, Fernando Canales y José Luis Cuevas, entre otros. Larga vida, con mucha salud, para la Princesita.