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De regreso a la sala Neza
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▲ Ensayo de la Ofunam para la primera temporada pospandémica de conciertos presenciales.Foto Música UNAM
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n semanas recientes, la Orquesta Filarmónica de la UNAM regresó a la sala Nezahualcóyotl para ofrecer una primera temporada pospandemia de conciertos presenciales. Diecinueve meses de inactividad pública pesan, y se notan, y en el primer par de programas fue evidente que la orquesta estaba fría y falta de coordinación. Por otra parte, la programación propuesta dadas las limitaciones de dotación instrumental propias de estos tiempos, tiene indudables atractivos. En el primer programa, obras de Ana Lara, Dmitri Shostakovich y Aaron Copland; en el segundo, una muy interesante versión de cámara de la Primera sinfonía de Gustav Mahler que no terminó de cuajar precisamente por diversos problemas de ensamble y de coherencia en el concepto. Sin duda, la actuación deslucida de los respectivos directores huéspedes fue factor importante en el resultado.

En el cuarto programa el panorama mejoró sustancialmente, sobre todo porque se trató de un repertorio mexicano inaudito. En vez de los complacientes caramelitos de siempre, el director Ludwig Carrasco propuso sendas obras de Salvador Contreras, Daniel Ayala y Jacobo Kostakowsky que dormían el sueño de los justos arrumbadas en polvosos y silenciosos archivos. En las cuatro danzas que conforman las Provincianas (1950) de Salvador Contreras se escucha con claridad la influencia combinada de Revueltas y Ponce y, en ciertos puntos de la obra, la estilizada presencia del son de mariachi. Hay en esta sencilla partitura de Contreras un claro sabor local que, venturosamente, no ha sido modernizado en el feísmo al que han sido tan proclives tantos compositores mexicanos. A ello hay que añadir una apreciable combinación de claridad y frescura, cualidades todas que resaltaron en la conducción precisa y bien matizada de Ludwig Carrasco.

La Ofunam interpretó luego La gruta diabólica (1940), del yucateco Daniel Ayala, designada como “suite fantasía ballet sobre una leyenda maya”. Si se considera que prácticamente el único antecedente audible que los melómanos tenemos de la música de Ayala es la viejísima grabación de su poema sinfónico Tribu con la Sinfónica Nacional, sorprendió la ausencia casi total del elemento indigenista que suele caracterizar a muchas de sus obras. En cambio, las paredes de esta Gruta diabólica están decoradas con pinceladas impresionistas que se alternan con una expresión de cierto dramatismo narrativo. Si bien hay en la obra una clara vocación neorromántica, Ayala desliza fugaces momentos de color étnico en el tercer movimiento de la suite y, a lo largo de toda la obra, apuntes estilísticos de diverso grado de modernidad.

El programa concluyó con la presencia realmente insólita de una obra de Jacobo Kostakowsky, músico originario de Odesa que hizo lo importante de su carrera en México, y que es uno de tantos compositores arrinconados y pasados por alto en nuestro ámbito musical, no siempre por razones estéticas. Su Serenata mexicana (ca. 1940) es una obra en la que el compositor demuestra haber asimilado con soltura los gestos y elementos básicos de la música nacional mexicana de su tiempo; sin embargo, Kostakowsky emplea con sabiduría ciertos recursos armónicos modernos para quitarle lo dulce a la música, y el resultado final es ciertamente atractivo. En el tercer movimiento de su Serenata mexicana el compositor desata un sabroso jolgorio en el que se alcanza a sentir la presencia de las fiestas sonoras de Silvestre Revueltas. En este cuarto programa de la serie, el rendimiento de los músicos de la Ofunam mejoró notablemente, debido a un mejor trabajo de preparación, ensamble y conducción de Ludwig Carrasco.

En suma, un programa mexicano insólito, interesante, ajeno al lugar común y que, por ello mismo convocó una pobre asistencia a la sala Nezahualcóyotl. Es evidente que, mayoritariamente, el público mexicano sigue viviendo en la prehistoria y el conformismo, y se rehusa a escuchar ninguna cosa que salga de su huapanguera zona de confort. Nunca habrá curiosidad por otras músicas (o danzas, o filmes, o piezas teatrales, u obras plásticas) mientras no se rompa el venenoso ciclo de la paupérrima educación que aquí se imparte en general y, muy en particular, en el ámbito de lo artístico y cultural.