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Despertar
A

nte el cese al fuego en la franja de Gaza en Medio Oriente y los muertos en la República Mexicana en los meses recientes, ilusoriamente busco una salida en la poesía y canto con Antonio Machado:

“¡Ah, volver a nacer, y andar camino, / ya recobrada la perdida / senda! / y volver a sentir en nuestra / mano / aquel latido de la mano / buena / de nuestra madre… / Y caminar en sueños / por amor de la mano que nos / lleva”.

Heidegger, como Machado, expresa que es junto a la nada como se revela la trascendencia del ser, el dramático impulso hacia el otro, al más allá, que no encuentra su meta. Los que buscamos en la metafísica una cura de eternidad, de actividad lógica al margen del tiempo, vivimos metafísicamente cercados por el tiempo. “Se ha hablado del ‘temporalismo’ de Antonio Machado y se ha insinuado que en esto consiste verdaderamente el parecido entre él y Heidegger”.

El poeta no hace ningún análisis metódico del Dasein y de la temporalidad reconcentrada en esencia de ese análisis. Heidegger descubre el sentido del ser al ente que llamamos Dasein. Es más simple la temporalidad a la que Machado se refiere al hablar de poesía (Sánchez Barbudo en Estudio sobre Galdós, Unamuno y Machado, Editorial Lumen, 1959).

La lírica dentro del tiempo o el tiempo atemporal dentro de la lírica, dice Machado y canta: Todo se mueve, fluye, / discurre corre o gira; / cambian la mar, el monte y el / ojo que los mira.

La filósofa María Zambrano, lectora de Freud, tenía entre sus inquietudes más acendradas el estudio de la razón y la verdad entreveradas con la fascinación, luz y sombra, la realidad, el sueño y ficción en la naturaleza humana. Este aspecto de su quehacer sicológico filosófico se ve nítida y bellamente expresado en su libro España: sueño y verdad y Los sueños y el tiempo (ver el capítulo La atemporalidad, Ediciones Siruela).

Zambrano vivencia tan íntimamente la poesía que recuerda las palabras de Octavio Paz: La poesía es celebración de la vida. Muy cercana a creadores de la jerarquía de Sigmund Freud y la relación a inquietudes e intereses. Tomaron como derrotero (aunque con diferentes finalidades) sondear las profundidades del alma humana. Desconfiaron de verdades absolutas y cuestionaron el ámbito de la razón. El sueño fue la vía regia para adentrarse en lo íntimo y auténtico del ser humano. Reconocieron el valor de la poesía y la literatura e ir más allá de las verdades científicas.

Asumieron el amplio y complejo terreno del deseo y oscuridades y sombras que habitan al ser humano. Pensadores intempestivos lucharon contra la rigidez y estrechez de algunos sectores de la época que les tocó vivir. Adelantados a su tiempo, Freud, Zambrano y Machado conocieron sangrientas conflagraciones que los condujeron al exilio. Y supieron del exilio interior que requiere cultivarse al gestar la obra y no sólo de disciplina, sino un amor irrenunciable a la creación que emerge entre placer y dolor. Obras que dejan huella duradera. Es la herencia que nos dejan espíritus libres como el de María Zambrano o Sigmund Freud; Antonio Machado y Martin Heidegger.

De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños. Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar.