Opinión
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Aprender a morir

Hay tanto que cambiar

E

n la columna pasada, el filósofo e historiador Jesús Flores Olague (Zacatecas, 1947) señalaba que el pensamiento posmoderno elude revisar e instaurar nuevos paradigmas de crecimiento, precisamente por la insuficiente conciencia, tanto de las estructuras de poder como de lo que las sostiene: la población humana. “Es muy difícil, pero no imposible, empezar a pensar libremente y con más claridad, es decir, a descreer del terrorismo verbal empleado para asustar e inmovilizar, no para abrirnos los ojos. Pero la realidad es que si no tenemos un sentido más amplio de la existencia que recupere lo esencial del espíritu humano individual y colectivo, seguiremos siendo manejados a voluntad de los dueños del poder.

“¿Qué cambiar? En principio, esa milenaria explicación mágico-religiosa que no ha contribuido a la evolución del ser humano ni de la sociedad ni de la realidad del mundo, sino que permanece como otro medio de control de las masas, sea del signo que sea esa explicación. Eso habría que modificarlo a fondo si no es que desarraigarlo de la sociedad, hoy más cínica que nunca, invocando valores morales, como en el caso de Estados Unidos, por poner un mal ejemplo, y muchos de sus seguidores. “A lo anterior hay que agregar otros grandes actos de fe falsos como el economicismo, el mercado, el consumismo contaminador, la ganancia como único sentido de vida, la depredación sistemática. Ese sistema que hemos conocido tiene sus días contados para que sobrevenga el colapso, con unas nuevas generaciones en garras de una escala de valores gravemente limitada, sostenida en la competitividad, la ganancia y el arribismo. La ley de la selva como concepto único de desarrollo y civilización.

Con o sin pandemias, tendríamos que recuperar el sentido espiritual de la muerte, pues el sistema busca omitir ésta como algo humano y complementario de la vida, entendiéndola, todavía, como castigo del cielo o enemiga de la ciencia y visibilizándola como película, serie o epidemia mortal. Vida y muerte digna son disfrazadas por el sistema, que eventualmente se preocupa de salvar vidas aunque las estorbe a diario diciendo: se mueren los que no hacen caso y los que no se asustaron lo suficiente. La apuesta del poder por el no-pensamiento vuelve remoto todo intento por alcanzar la libertad y felicidad auténticas. Por lo pronto, la responsabilidad tendrá que ser individual para aspirar a una mayor comprensión de los demás.