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Deuda: bomba heredada // Ni un peso para rescates

C

on la novedad, mexicanos pagadores, que la deuda del sector público mexicano, sin considerar la asumida por el Estado para los rescates de la banca (1995) y de las carreteras concesionadas (1997), creció a más del doble en la última década (supera ya los 11 billones de pesos) y el pago para cubrir los intereses generados por ese pasivo consume hoy más recursos que los destinados al sistema de salud público federal o a la inversión productiva del gobierno ( La Jornada, Roberto González Amador).

Se trata de la deuda eterna heredada (e incrementada) sexenio tras sexenio neoliberal (y fueron seis al hilo), con la promesa (obviamente incumplida) de que tales recursos se destinarían al progreso de México, cuando en realidad se canalizó al cada día más abultado pago de intereses del propio débito (el viejo y el nuevo) y a rescatar, en automático, a los grandes corporativos de siempre, quienes al primer síntoma de desajuste económico –o de pérdida de utilidades– de inmediato estiraban la mano para que el gobierno les sacara las castañas del fuego.

Se trata de los mismos grupos empresariales (los históricos beneficiarios de la devolución de impuestos, las exenciones fiscales, los rescates y demás gracias a las que los gobiernos neoliberales los acostumbraron) que hoy chillan, chantajean y se retuercen, porque López Obrador ya les dijo que ni un solo peso adicional de deuda y menos para los fines exigidos por los barones, en el entendido de que ellos no piensan sacrificar un solo centavo de sus haberes para sacar a flote a sus corporativos.

Es necesario recordar que, en tiempos de la crisis de 1982, esos barones –ahora acostumbrados a las gracias descritas– ácidamente reclamaban por el inconmensurable avance de la deuda pública que sólo sirvió –decían– para hundir al país. Pero la práctica neoliberal fue idéntica, aunque en los tiempos modernos los dineros del débito se utilizaron para beneficiar a esos mismo señorones que otrora aborrecían esas prácticas, por tratarse de un Estado obeso.

Y de pilón, también es necesaria otra cápsula de memoria: los citados rescates bancario y carretero, multimillonarios y eternos, fueron cortesía de Ernesto Zedillo, quien alegremente dejó la deuda para los mexicanos, salvó a los amigos del régimen y entregó, limpios de polvo y paja, los bancos a los extranjeros. Se trata del mismo cínico que ahora reclama (junto con un grupo de fétidos personajes de la ultraderecha, como José María Aznar y Álvaro Uribe) por el resurgimiento del estatismo, el intervencionismo y el populismo, con un ímpetu que hace pensar en un cambio de modelo alejado de la democracia liberal y la economía de mercado.

En fin, la información de La Jornada detalla que “el costo a pagar en intereses por el pasivo contratado por administraciones recientes ha ido en aumento este año, en momentos en que desde diversos ámbitos de los sectores privado, académico y político se hacen llamados para que la administración federal contrate nueva deuda para enfrentar la caída de la actividad económica derivada de las medidas para afrontar la epidemia de coronavirus.

Los pasivos del sector público federal crecieron tanto en monto como respecto del tamaño de la economía, la manera en que, de acuerdo con comparativos internacionales, debe ser medida la capacidad de endeudamiento de un país. En diciembre de 2019 ese débito sumó 11 billones 27 mil 500 millones de pesos, de acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda, cantidad superior en 166 por ciento a la registrada al cierre de 2010, cuando el endeudamiento del sector público federal fue de 4 billones 213 mil 878 millones de pesos.

Las rebanadas del pastel

Como en México la memoria es un artículo de lujo, es necesario insistir: sólo con Fox, Calderón y Peña Nieto (demócratas liberales y antiestatistas, según Zedillo), la deuda pública se multiplicó por cinco y el país permaneció en la lona, pero, eso sí, con barones cada día más ricos.