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Steiner: el crítico como intérprete
G

eorge Steiner todas las mañanas traducía un fragmento a cuatro idiomas. Pretendía estar en forma. También mientras leía algunos versos los memorizaba porque era un fiel creyente de la memoria como forma de aprendizaje. La poesía por su capacidad de concentrar la luz del sol en un rayo, le ayudaba a visualizar los temas de manera precisa. Era un poeta que no se reconocía como tal, habitado por otras vidas, por otros mundos. Sus mañanas estaban habitadas por los presocráticos griegos y por los poetas antiguos.

Steiner ejerció durante años en diversas publicaciones la crítica como creación. Como un compromiso con el lector. Para él la crítica era labor de mensajero, pero también de puente, de trabajo de desciframiento, de interpretación. El crítico para él interpretaba, traducía un lenguaje, le daba vida, lo hacia inteligible. Un violinista, apuntó en uno de sus libros, ‘‘interpreta” una partita de Bach y un actor a Agamenón.

Steiner fue uno de nuestros mejores críticos pues nos hizo ver con otros ojos a no pocos autores que para muchos parecían sepultados por los años. Para él la novedad de los libros no se encontraba en las producciones recientes, sino con mucha frecuencia en un poeta de la antigüedad griega.

A Steiner no se le leía impunemente. En 2007 escribió un ensayo que irritó profundamente a Mario Vargas Llosa porque decía, palabras más, palabras menos, que la literatura vivía una especie de decadencia y que medios como el cine, la televisión, las nuevas tecnologías iban a remplazar la función de la literatura.

Me parece que Vargas Llosa mal leyó a Steiner porque el crítico, colaborador habitual de The New Yorker, creía que la poesía había encontrado un creciente interés entre los jóvenes.

A diferencia de la crítica tradicional, Steiner no hacía una distinción tajante entre alta cultura y cultura popular. Todo estaba en todo. Para él Shakespeare ‘‘habría adorado la televisión’’. Habría escrito para ella. Más aún: Muhammad Alí también se había convertido, según sus palabras, en un fenómeno estético: ‘‘era como un dios griego. Homero lo habría entendido a la perfección’’.

Para el autor de Nostalgia del absoluto, las grandes obras del pasado son como fuerzas de la naturaleza. Pasan por nosotros ‘‘como vientos de tormenta’’ abriéndonos nuevas formas de percepción pues presionan la arquitectura misma de nuestras creencias. El auténtico crítico pretende compartir la fuerza de esa experiencia y, en ese intento, ‘‘se originan las verdades más profundas que la crítica pude proponer’’.

Ahora que George Steiner ha cambiado de costumbres nos quedan varios libros que dan cuenta de sus curiosidades artísticas e intelectuales. Sólo nombro algunos: Después de Babel, Tolstoi o Dostoyevski, La muerte de la tragedia, El silencio de los libros. Los libros fueron para él el mejor antídoto contra las emanaciones del aburrimiento y lo banal. Con los que escribió podremos seguir conversando.