Opinión
Ver día anteriorJueves 30 de enero de 2020Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ciudad perdida

Fuga: tras corruptos y corruptores

A

penas pasaba la medianoche y por la puerta de entrada tres vehículos abandonaban el Reclusorio Sur. En ellos se fugaban tres reos de alta peligrosidad. La cárcel estaba quieta, el sigilo se montaba sobre las actividades normales de esas primeras horas de la madrugada y las hacía perezosas. Los sentidos del personal de vigilancia perdieron entonces su afán primero: impedir una fuga.

Muchos miraban, pero nadie veía; muchos sabían, pero nadie informaba. Siete horas después la fuga era un hecho consumado. Doscientos empleados del reclusorio rendían declaración y luego de horas y horas de interrogatorios, investigaciones y confesiones, la evasión, sólo ese hecho, es decir, la salida del reclusorio, era un asunto casi resuelto.

No obstante, entre las horas que pasaron y el aviso de la fuga los delincuentes pudieron aprovechar el tiempo y la posibilidad de recapturarlos se ve muy difícil para los mandos policiacos, quienes también analizan todos los videos tanto del reclusorio como de las calles, para tratar de dar con el paradero de los delincuentes.

Corrupción es la constante en las indagatorias, y hasta donde se sabe la orden del gobierno de la ciudad es llegar hasta donde sea necesario para aclarar quiénes son los corruptores y quien es el cerebro atrás de esta fuga.

Después de enterarnos de la evasión y de experimentar esa sensación que avisa que esta ciudad se parece cada vez más a otras dominadas por la fuerza de la delincuencia, los focos de alarma se encienden porque los datos que documentan la pudrición en el sistema judicial, local y nacional, empiezan a generar un clima de intranquilidad muy peligroso.

Jueces como Jesús Delgadillo Padierna –el que llevó el caso Rosario Robles–, Marcos Vargas, Elena Cardona y Alejandro Villar han dejado en cárceles de esta ciudad –que no cuentan con los mecanismos de control y vigilancia que se tienen en las que purgan condena los reos de alta peligrosidad– a delincuentes reclamados por la justicia de Estados Unidos, es decir, sujetos con tal poder económico que doblan barrotes y voluntades.

No parece, por tanto, un descuido de los juzgadores que cierto tipo de reos con las características que señalamos sean enviados a reclusorios donde se convierten en un poder invencible y donde encuentran a la mano las formas de evadirse, sobre todo si pesa sobre ellos la posibilidad de purgar sus fechorías en un reclusorio de alta seguridad, pero en Estados Unidos.

No obstante, las judicaturas, sus jueces, se han convertido en el símbolo más oprobioso de la impunidad: han hecho de la ley su patrimonio y la juegan a su antojo. No, no es fácil fugarse de una cárcel, pero es más fácil desde un reclusorio local que desde uno especializado en castigar los delitos más graves en contra de la sociedad. Eso lo saben, y muy bien, los jueces.

Es urgente que se empiece a diseñar un sistema que impida a los juzgadores ser parte de una mafia de toga y birrete y tan poderosa como la que más. No estaría nada mal que para empezar se sacudiera el árbol de la judicatura de esta ciudad, y bajo el análisis de los hechos mirar de cerca a quiénes sí tienen capacidad profesional y moral para impartir justicia

De otra forma, lo que sucederá es que las anomalías en las decisiones se seguirán dando en perjuicio de la sociedad que se busca proteger con la impartición de una justicia que si no perfecta, tal vez algo justa.

De pasadita

Y como para confirmar la inconformidad de la secretaria de Gobierno de la ciudad, Rosa Icela Rodríguez, que puso de manifiesto el peligro que encierra mandar a delincuentes de muy alta peligrosidad a reclusorios que no cuentan con los sistemas que requieren ese perfil, ayer por la noche arribó al reclusorio norte el sobrino de Rafael Caro Quintero, Ismael. Allí lo mandó un juez. La pregunta es: ¿Cuando se fugará?