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Vox Libris
El juramento
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▲ Ignacio Solares, el miércoles 8 de enero.Foto Cristina Rodríguez
Periódico La Jornada
Domingo 12 de enero de 2020, p. a12

En la cuarta de forros se anuncia como la novela más intensa del autor. ‘‘Narradores que describen con asombro el combate entre los ideales más altos y los placeres terrenales. Un impaciente joven norteño, bueno para dar golpes y malo para soportar injusticias, debe decidir qué hará con su vida antes de terminar el angustioso final de la preparatoria”. Con autorización del autor, ofrecemos el arranque de este libro, a manera de adelanto. El lector tiene en este momento la opción de ir a la página 2a de este ejemplar de La Jornada y leer la entrevista con Ignacio Solares a propósito de su nueva novela, que está a la venta en la librería de La Jornada (avenida Cuauhtémoc 1236, colonia Santa Cruz Atoyac).

Creo que Cristo es Dios. No creo que Cristo sea Dios. Creo que Cristo es Dios.No creo que Cristo sea Dios. Estudiaba en el Instituto Regional, en Chihuahua, de jesuitas, donde terminé el último año de preparatoria, que entonces era de sólo dos. Estábamos en vacaciones y teníamos que decidir qué carrera seguir.

Yo tenía dieciocho años, casi diecinueve, porque venía atrasado desde la primaria. Mi mamá se resistía a que entrara antes al Regional: ‘‘cómo vas a meter a una escuela de grandulones bárba-ros a un niño tan dulce y sensible”. Algo que, creo, sigue creyendo de mí.

Mi mamá es también sensible y llorona, pero cuando alza la voz y toma una decisión, hasta mi papá se pone a temblar y se doblega.

Era yo amigo del padre Jesús Blanco, quien además de ser el profesor de Filosofía era una especie de guía espiritual, y yo diría que hasta amigo de muchos nosotros, pero particularmente mío.

Con sus gruesos lentes de aro de metal que escondían unos ojitos escrutadores y pugnaces, casi podía asegurarse que podía ver a través de las cosas. Sabía que yo tenía intenciones de entrar al noviciado, aunque un día me atreví a confesarle la verdad.

–No puedo creer en un Dios personal, es idolatría. Todo en el Universo es impersonal. Queremos darle una facultad divina a una persona como nosotros, de carne y hueso… Pero, le repito, el Universo es impersonal.

–¿Y cuando morimos qué sucede?

–Supongo que primero nos vamos al Inconsciente Colectivo y ahí hacemos un juicio de nosotros mismos; si queremos, andamos como fantasmas errantes en la tierra o si queremos podemos reencarnar o, lo más difícil porque implica un gran desprendimiento del ‘‘yo” mientras vivimos, podemos integrarnos a la Clara Luz del Vacío, en donde se pierde definitivamente nuestro yo y nos integramos al Todo.

–Ya suponía una respuesta semejante por tus ideas y tu gusto por la filosofía hindú.

–Amo a Cristo como hombre. Incluso como un hombre especial, por sus enseñanzas y su capacidad de comprensión y de perdón, únicos en la historia de la humanidad. Yo creo que Cristo descubrió el amor para los hombres. Le puedo rezar como a un dios, un dios más. Pero no como al hijo de un Dios único.

–Qué complicado. Debe ser frustrante creer eso si vas a entrar al noviciado.

–No puedo evitarlo. Es cierto que me ha influido la filosofía hindú, y mis lecturas del Aldous Huxley y Willigis Jäger. Pero sobre todo Thomas Merton y su acercamiento a la filosofía hindú…

–Merton, a pesar del acercamiento a la filosofía hindú, era sacerdote y no dejó de creer nunca en Cristo como hijo de Dios.

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–Doy mi vida por yo también lograrlo.

–¿Por qué insistes en querer ser jesuita si piensas así?

–Porque amo a Cristo como fundador de la religión más humana que hayamos podido concebir, y porque no entiendo mi vida sin Él y en otro lugar. No me interesa el matrimonio, no me interesa hacer dinero, no me interesa tener hijos e integrarme a una sociedad que repudio. Quiero llevar la vida de un jesuitay dedicarme a ayudar a mis hermanos,a los tarahumaras. Además le repito que, al margen de mis ideas, porque amo a Cristo como hombre y sus enseñanzas, puedo comulgar y el día de mañanaimpartir misa.

–Qué complicado.

El padre Blanco abrió la ventana de su cubículo, dando paso a un viento cortante y seco, como es el de Chihuahua. Más allá se extendía la Sierra Tarahumara, determinante en mi vocación de entrar al noviciado y convertirme en sacerdote… Aunque no lograra creer en un Dios personal, presentía que terminaría por encontrarlo.

La Sierra Tarahumara me ayudaría. Como la ayuda que le llevábamos a los tarahumaras todos los fines de semana. Comida, medicinas, hasta de médico le hacíamos. Yo llegué a coser la herida de una india en una pierna.

Recuerdo la primera vez que estuve en la sierra: cómo me impresionó. Soplaba un viento gris y rasgado, muy frío, que levantaba una tierra suelta que la luz tornasolaba.

Por el camino que tomamos, a la izquierda se extendía una larga meseta animada por brillos acuosos: tal vez a causa de un riachuelo escondido entre el mezquital, como un espejismo alentador. A la derecha en cambio había altas rocas filudas o dentadas, algunas con sus capuchones de nieve maciza y solitarias bajo el cielo.

Caminábamos entre una vegetación hostil. Malezas, espinos retorciéndose. Pero la tierra suelta era la peor. Por momentos se arrinconaba y se endurecía y podía divisarse en lo alto como una deslumbrante coraza.

Conforme avanzaba el día empezaba a bajar en forma de lluvia seca y fina como un polvillo de madera que no cesaba hasta el alba y acribillaba los ojos y escocía la piel. Y si se nos ocurría acelerar el paso era peor porque entonces se enfrentaban la fuerza personal y la del viento y del golpe siempre salía mal librado el rostro, que terminaba por envolverse en la nube y tragarse todo el polvo, transformándose en una masa lívida.

Luego, de pronto como en esos sueños en que se va de un paisaje sin continuidad en el tiempo, aparecía otro río entre los pinos.

Así es la Sierra. El río, como la Sierra misma, se hace y se deshace, aparece y desaparece, se dispersa en infinidad de arroyos que se juntan en los barrancos, alisando las rocas, labrando cauces de granito o lamiendo los troncos de los pinos, llenándolo todo con su murmullo cantarino, su grito ronco o su prolongado alarido al caer –como una serpenti-na de plata– en forma de cascada.

Pero cuando llegábamos a acampar…, esas noches fueron en las que más cerca me sentí de Dios. En las tinieblas heladas, bajo las estrellas (que ahí parecen a la altura de la mano) entre las moles de los cerros y de los barrancones, no podía menos que revivirse la fe que hay en mí, por más que a veces dudara de mi vocación sacerdotal, y también dudara de la existencia de un Dios personal. (‘‘¿Sabes que la Iglesia es el cuerpo de Dios en la Tierra y los sacerdotes los ministros de Jesucristo? ¿Lo crees sin una gota de duda en ti?”)