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Entre el cabo Hitler y el capitán Bolsonaro
C

uando el primero de enero el capitán (r) Jair Bolsonaro asumió la presidencia de Brasil, tres libros reposaban sobre su escritorio: la Biblia, la Constitución y O minimo que vocé precisa saber para nao ser um idiota, una compilación de textos del youtuber Olavo de Carvalho.

Tres meses después, el gobernante visitó Jerusalén, y al salir del museo de la Memoria Yad Vashem, manifestó: no hay duda de que el nazismo fue un movimiento de izquierda. Una afirmación que el propio centro de investigación del museo, refuta en su página web:

“Hitler y el Partido Nazi llegaron al poder debido a circunstancias sociales que caracterizaron el periodo de entreguerras en Alemania. Muchos alemanes no podían admitir la derrota de su país en la Primera Guerra Mundial y… esa frustración junto con la resistencia intransigente y las alertas sobre la creciente amenaza del comunismo, creó un terreno fértil para el crecimiento de grupos radicales de derecha en Alemania, lo que generó entidades como el Partido Nazi”.

El supuesto de que el fascismo y el nazismo fueron movimientos de izquierda, seduce a los que adhieren al centrismo, y a ciertas expresiones neo o post derechistas. Olavo de Carvalho, por ejemplo, cree que el socialismo tiene tres ejes: el fabiano (que niega la lucha de clases), el marxista y el nacional socialista.

El periodista Pablo Stefanoni explica que el fabianismo sería una especie de cofradía mundial poderosa que incluye de Barak Obama hasta los militares desarrollistas de la dictadura militar brasileña (1964-85), mientras que nazis y marxistas están más interesados en debilitar el capitalismo. Stefanoni, por ejemplo, agrega que la idea de que el fascismo y el nazismo son de izquierda fue una fake news para refutar que el ex capitán Bolsonaro fuera fascista.

Se torna necesario, entonces, recordar también que el movimiento nazifascista tuvo fuerte apoyo popular en Italia y Alemania, y que en ambas sociedades su conducción política estuvo regida por los sectores más retrógrados, oscurantistas y conservadores.

Benito Mussolini, socialista, traicionó los ideales de su partido y se identificó con el Partido Nacionalista y el futurismo, movimiento liderado por los poetas Gabrielle D’Annunzio y Filippo Marinetti. El origen ideal del fascismo se encuentra en el futurismo, escribió Benedettto Croce en 1924.

Adolfo Hitler, cabo condecorado y pintor de brocha gorda, empezó su carrera política como vulgar soplón del Ejército alemán. En 1919, Hitler ingresó al mi­núsculo Partido Obrero Alemán (POA) dirigido por el ingeniero Gottfried Feder, quien aseguraba que el capital productor era propio de la raza aria, en oposición al capital especulativo de los judíos.

En el POA, Hitler leyó el folleto titulado Mi despertar político, de Anton Drexler, un antiguo cerrajero íntimamente ligado a Feder, del que puede decirse que fue el verdadero fundador del nacionalsocialismo.

El hecho es que Hitler se convirtió en el séptimo miembro del Comité directivo del POA, agrupación que contaba con 60 adherentes. Pero en pocos años, mientras los comunistas calificaban a los socialdemócratas de enemigo principal, el Partido Nazi sumaba 13 millones de militantes, colaboradores y simpatizantes.

Ahí estaban Ernst Roehm y Dietrich Eckart. El primero era capitán del Estado Mayor en Munich y fue el organizador de las tropas de asalto (SA o camisas pardas), mientras el periodista Eckart (fundador espiritual del nacionalsocialismo), profundamente antijudío, puso en contacto a Hitler con Alfred Rosenberg (intelectual nacido en Rusia, de ascendencia alemana) y Rudolf Hess (el verdadero redactor de Mi lucha). Luego llegó Herman Goering, héroe de la aviación de la Primera Guerra.

En cambio, el capitán Bolsonaro se alió con Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal (neopentecostal) y coautor del libro Plano do poder (2018), que para el periodista brasileño Kiko Nogueira es “…casi un Mein Kampf en cuanto a sinceridad, falta de pudor, ambición, fanatismo religioso y locura. El crecimiento de los evangelistas es considerado algo establecido en la misma Biblia […] un libro que sugiere la resistencia y la toma del poder”.

Durante un encuentro con pastores evangélicos, Bolsonaro dijo que los crímenes del Holocausto pueden ser perdonados. Aunque en esta ocasión, y a diferencia del primer caso (cuando ningún funcionario de Tel Aviv cuestionó a su gran aliado de América del Sur), sólo Reuven Rivlin salió al frente:

“Siempre nos opondremos –dijo Rivlin– a aquellos que niegan la verdad o a aquellos que desean borrar nuestra memoria. […] Los historiadores describen el pasado e investigan lo ocurrido. Ninguno debe entrar al terreno del otro [sic]”.

¡Qué cosa! Rivlin preside la entidad neocolonial que desde 1948 ha entrado en el terreno del otro, empecinándose en negar y borrar la memoria del pueblo palestino.