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MIRARALSUR Se cedió para evitar una catástrofe La manera como México acaba de negociar con Estados Unidos los términos del intercambio comercial en materia de edulcorantes, que resultó vergonzosa y lesiva para los agricultores y los industriales del ramo, es una señal más del rumbo nefasto que previsiblemente tomará la inminente discusión tripartita sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Entonces, más que concentrarnos en aspectos puntuales de una renegociación impuesta por Trump y en la que estaremos representados por un gobierno claudicante, de modo que hagamos lo que hagamos de antemano sabemos que el resultado será regresivo y antinacional, puede ser útil reflexionar sobre las posibles salidas al entrampamiento –no sólo comercial– en el que desde hace rato estamos los mexicanos y que se agrava con el viraje en el gobierno de Estados Unidos. México es un fósil, una pieza de museo; un país que se quedó pasmado en el neoliberalismo clásico mientras los demás lo desertan. Lo inauguró Carlos Salinas, del PRI, lo prolongó Ernesto Zedillo, lo continuaron Vicente Fox y Felipe Calderón, del PAN, y el gobierno de la restauración que es el de Peña Nieto lo retoma con un entusiasmo tal, que pareciera que el neoliberalismo fuese un modelo del año cuando es una carcacha desbielada. El discurso neoliberal y sus promesas de que la riqueza gotearía hasta los más pobres, comenzaron a pasar aceite desde fines del XX. Y pronto a la crítica de los conceptos siguió lo más importante: la crítica en los hechos, la crítica práctica. Sobre todo en Nuestramérica, una región donde los daños del capitalismo canalla y desmecatado habían sido mayores. Primero fue el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela, un gobierno que de arranque tomó distancia de Estados Unidos y se desmarcó del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Y a Venezuela siguieron Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Nicaragua… países en los que la izquierda ganó las elecciones y donde se establecieron gobiernos progresistas. Y desde entonces los mexicanos más o menos avispados miramos hacia el sur. Observamos con atención lo que ocurre en un subcontinente donde en algo más de tres lustros se reinventó la manera de hacer la revolución. Un modo que venía desde la francesa de 1798 y que, pasando por la rusa de 1917 y las que en el siglo XX le siguieron, había cristalizado en un paradigma subversivo consistente en el derrocamiento violento del gobierno conservador, ejecuciones sumarias, expropiaciones, desquiciamiento de la economía, hambruna y en lo político dictadura revolucionaria. Lo ocurrido en el Cono Sur en los años recientes demuestra que se puede cambiar sustancialmente el rumbo de un país mediante una combinación de movimientos sociales y triunfos electorales, es decir ganando la calle y ganando en las urnas: creando poder abajo y al mismo tiempo poder arriba. Y se ha visto, también, que mediante la recuperación por el Estado del control sobre los recursos naturales y de una parte mayor de las rentas que generan, se puede mejorar rápidamente la situación de la gente por medio de la generación de empleos, salarios más altos y gasto social. Redistribución justiciera del ingreso que define a las conosureñas como revoluciones de bienestar. Por último hay que decir que las revoluciones del subcontinente han sido hasta ahora notablemente incruentas y por lo general respetuosas del pluralismo político electoral. Lo que es notable sobre todo si las comparamos con las sangrientas, dolorosas y autoritarias revoluciones del siglo pasado. Y en eso estábamos, mirando al Sur, cuando el resultado de las elecciones en Estados Unidos nos obligó a voltear al Norte. Porque lo que ahí ocurrió fue inesperado. Los verdaderos protagonistas de los últimos comicios fueron Donald Trump, un outsider del Partido Republicano, y Bernie Sanders, un outsider del Demócrata, mientras que Hillary Clinton, que representaba la continuidad del establishment fue no sólo derrotada sino marginada. La confrontación ideológica significativa ocurrió, entonces, entre dos discursos antineoliberales, uno de derecha y otro de izquierda. Y ganó el de derecha. Ganó Trump. De los dichos y hechos de Trump como presidente se desprende, sin lugar a dudas, que pese a su parloteo anti establishment y anti libre comercio, el showman de la Casa Blanca no ofrece una real salida al neoliberalismo. Al contrario, el suyo es un discurso capitalista tan canalla como el anterior pero con proteccionismo. Proteccionismo del peor, que es el avasallante proteccionismo de gran potencia. Y si el neoliberalismo clásico era predador de la naturaleza, pero la presión social lo había obligado a establecer ciertos candados ambientales, Trump simplemente niega el cambio climático y en la lógica de crecimiento a toda costa está decidido a desregular. Lo que tendrá un impacto global enorme, pues si en suelo estadounidense las empresas pueden contaminar libremente, la competencia obligará a otros Estados a hacer más laxas sus regulaciones ambientales. Y de ahí al fin del mundo… Por lo demás Trump es más intervencionista, más belicista, más racista y más sexista que los peores neoliberales. Conforme vamos viendo el comportamiento de Trump, nos va quedando claro que el antineoliberalismo de derecha no es más que un recurso de las corrientes políticas más conservadoras para capitalizar el descontento de los pobres y las capas medias con el polarizador modelo imperante desde los años 80’s. Discurso demagógico que, paradójicamente, al llevarse a la práctica desquicia el de por sí precario orden económico y político establecido en las décadas recientes. Un sistema ciertamente injusto y disfuncional, pero que al desestabilizarse catastróficamente conduce no a la justicia y la armonía sino al caos, a la ley de la selva en medio de la ley de la selva. Las críticas al sistema desde lo peor del sistema –que son las que esgrime la nueva derecha no sólo en Estados Unidos sino también en Europa– se parecen mucho las del nacionalsocialismo hitleriano de modo que no resulta forzado calificar de neonazis a Trump, Le Pen y otros de su misma calaña. Estacionados en el neoliberalismo más rancio y ramplón, que es el del gobierno de Peña, los mexicanos debemos optar entre el emergente antineoliberalismo fascistoide del Norte y el antineoliberalismo progresista que sigue vivo en el Sur. Aunque trate de aparentar lo contrario, lo cierto es que Peña Nieto ya eligió llevarla bien con Trump, pues en verdad a los intereses y al sistema que representa no les queda de otra. En cambio los demás, las mayorías, el pueblo pues… debiéramos volver de nuevo la vista al Sur. Una región donde por la vía del posneoliberalismo progresista se empieza a vislumbrar un inédito poscapitalismo en la línea de lo que algunos llaman socialismo comunitario y otros sociedades del buen vivir. Y quien diga que en el Cono Sur el sueño ha terminado, pues se perdieron Argentina y Brasil mientras que Venezuela está contra las cuerdas, no entiende nada. En revoluciones con pluralismo político la izquierda puede perder elecciones o sufrir golpes parlamentarios sin que esto signifique forzosamente que se canceló el proceso transformador… La condición es que los pueblos se hayan apropiado de sus nuevos derechos, es decir que los ejes del proyecto posneoliberal se hayan vuelto sentido común. Y esto es lo que estamos viendo en Argentina y Brasil, donde la gente está en las calles defendiendo lo ganado en los años anteriores. De modo que los ultraderechistas Macri y Temer tienen el gobierno pero no tienen el poder y no es fácil que puedan imponer todas sus contrarreformas. Si las cosas siguen por ese camino y si en 2018 la izquierda gana las elecciones en México –y quizá en Colombia–, sin duda el llamado ciclo progresista cobrará nuevo vigor. Y posiblemente las transformaciones hasta ahora posneoliberales entrarán en una fase algo más poscapitalista. Porque la profundidad de las mudanzas no depende tanto de las ganas como de la correlación de fuerzas. Pero para que esto suceda no estaría de más recuperar algunos aprendizajes conosureños:
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