Usted está aquí: jueves 26 de junio de 2008 Mundo Las tempranas alamedas de Allende (1908-2008)

Las tempranas alamedas de Allende (1908-2008)

Fue un político pragmático que enseñó dejando aprender

José Steinsleger

Volteriano de alma, masón de cuna, marxista convencido, político pragmático, Salvador Allende nació en el puerto de Valparaíso el 26 de junio de 1908. Estudió medicina en la Universidad de Chile, fue vicepresidente de la Federación de Estudiantes y participó activamente contra la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-31).

En junio de 1932, mientras se hallaba terminando su carrera, el coronel Marmaduque Grove (jefe de la recién creada fuerza aérea que, con propósitos golpistas, había alcanzado fama sobrevolando la ciudad de Concepción en un avión pintado de rojo), dio otro golpe de mano y proclamó la singular y efímera “república socialista” que apenas duró catorce días.

El gobierno que le sucedió desató la represión. Allende fue encarcelado junto con otros jóvenes. Al año siguiente se recibió de médico, participó en la fundación del Partido Socialista de Chile (PSCh) con Eugenio Matte Hurtado, Oscar Schnake, Eugenio González, Marmaduque Grove, y en 1936 impulsó la creación del Frente Popular (FP, coalición de comunistas, socialistas y radicales).

En los comicios presidenciales de 1938, el FP logró el triunfo del radical y masón Pedro Aguirre Cerda. Designado a los 31 años ministro de Salud del gobierno de Aguirre Cerda, Allende ya proyectaba el temple síquico y la muñeca política que 31 años después lo convertirían en el primer presidente marxista elegido de la historia política mundial.

Reformismo o revolución

En El Estado y la Revolución, libro que entre febrero y octubre de 1917 Lenin escribió en Finlandia para “desembrollar las cosas” con el “renegado” Kautsky, leemos que la revolución no puede restringirse a la “toma del poder” sino que “…la vieja maquinaria del Estado habrá de subsistir, o ser destruida”.

El Estado y la Revolución es la Biblia contra el “reformismo” del Estado capitalista burgués. Así es que, posiblemente, cuando el joven Allende leyó el texto del jefe de la revolución bolchevique, bien pudo preguntarse qué analogía válida podía ser establecida entre el creciente gasto social del Estado chileno, y el Estado de Nicolás II, zar de todas las Rusias.

El politólogo chileno Darío Salinas Figueredo escribe en su estudio Vicisitudes de la democracia: “Lo que se registra especialmente desde 1938 en adelante fue una dinámica en la estructuración de las alianzas en el gobierno, el cual tuvo su reflejo en la compleja combinación de las políticas económicas con medidas favorables para una progresiva democratización social” (pp.88-89, Plaza y Valdés, México 2007).

Marxista con vuelo propio, Allende optó por aplicar el “materialismo histórico” en su propia realidad. No andaba mal encaminado. Sin contexto, la opción “reformismo o revolución” carece de sentido. En lo suyo, Lenin había acertado. Pero Chile, país que Allende insertaba en el “pueblo-continente”, existían cuentas pendientes con las oligarquías nativas ligadas al imperialismo yanqui.

Para Allende, el reformismo no representaba, necesariamente, lo opuesto a la revolución. La izquierda radical no compartía su opinión. Y así, tras gobernar mil días en un país que “nunca fue más democrático y soberano (Salinas, p.174), murió con casco de combate y arma en mano, disparando desde el Palacio de La Moneda contra los que desde siempre tuvieron claro la película.

Héroe de la democracia

Me cuesta escribir sobre Salvador Allende sin estremecerme. Cedo entonces la palabra a un clásico texto de John Donne: “Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; todo hombre es un fragmento del continente, una parte de un conjunto…; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por tanto, nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti” (1624).

¿Por qué vemos en Allende a un héroe de la democracia? El marxista inglés Malcolm Caldwell decía que aun cuando altera el mundo, el héroe parece no darse cuenta de lo que hace, pero en el fondo sabe qué hacer. El héroe se adhiere a la significación social de sus actos. Sus deseos emanan del movimiento de relaciones sociales, y el mismo movimiento es la fuerza que ellos manejan.

Caldwell sostenía que no sólo se conoce a los héroes por el poder que ejercen sobre los hombres, sino por el que ejercen sobre los acontecimientos, sobre la realidad exterior… Puede que el héroe, muera antes de verse justificado, pero sus enseñanzas perviven.

Salvador Allende luchó por relaciones sociales más amplias, desprovistas de la mezquindad y comercialización del capitalismo, hastiado de un mundo que sólo asigna valor al dinero. Sin embargo, los abanderados del socialismo tienen que estar igualmente libres del mito y la ilusión.

Allende jamás imaginó que su partido acabaría en manos de los siúticos policy-makers con low profile que chupan la sangre de los outsiders chilenos. En la novela realista Martín Rivas (1862), Alberto Blest usa el término “siútico” (chilenismo que alude a la “persona que presume de fina y elegante, o que procura imitar en sus modales a las clases altas”) para referirse a un personaje “…sin un adarme de juicio en el cerebro”.

De familia acomodada, Allende conocía bien a los siúticos de izquierda. Quizá porque a él mismo, a raíz de la primera derrota política y electoral del PS (1946), algunos coidearios lo calificaron de dirigente “relamido y perfumado”.

Chile en tinieblas

Nada queda de aquellas valoraciones. Al contrario. El PS de hoy asegura que admira y respeta a tal grado la memoria de Allende que en la Plaza de la Constitución, frente al Palacio de la Moneda, le han erigido hermoso monumento.

¿Qué más da? A fuerza de repetir “más vale un comunista en Mercedes Benz que un fascista en tanque”, la “izquierda moderna” de Chile circula hoy por las calles que les abrieron los tanques.

Aunque algo (finalmente…), se mueve en las filas del PS. En días pasados, un grupo de estudiantes de la Universidad de Chile (nacidos a finales del decenio de 1980, cuando el tirano rayó la cancha de la “concertación”), ocuparon en Santiago la sede del PS y se manifestaron en contra de “…este modelo de violencia, exclusión y desigualdad”.

Dijeron: “La represión de los movimientos sociales, asumida como práctica habitual por este gobierno, es un vano intento de defensa de los privilegios aberrantes de unos pocos…”. En tanto, la presidenta Michelle Bachelet, mujer “práctica” que ya dejó de sentir y temblar, permanecía inmutable frente a la carga de las Fuerzas Especiales de Carabineros contra miles de estudiantes y profesores en el centro de la capital.

Los siúticos de La Moneda aullaron: “¡Desórdenes públicos!” En consecuencia, mano dura contra los chicos, profesores y deudores hipotecarios que los acompañaban en protesta contra la nueva Ley de Educación (que con fines de lucro pretende acabar con los restos de la educación pública), y mano blanda frente al paro de camioneros y dueños del transporte que obstruían las principales carreteras públicas del país.

Los estudiantes que se tomaron las instalaciones del PS, añadieron: “…el legado histórico que tenemos con nuestro pueblo… ha sido olvidado por la dirigencia del Partido Socialista, que ha cambiado la defensa de los derechos de los ciudadanos, por la defensa de los grandes empresarios…”

Poco después de su último mensaje por las ondas de Radio Corporación (“Sepan ustedes que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas…”), Allende manifestó a su equipo de colaboradores: “Yo no me voy a rendir, pero no quiero que el de ustedes sea un sacrificio inútil. Ellos tienen la fuerza. Las revoluciones no se hacen con cobardes a la cabeza; por eso me quedo. Los demás deben irse. Yo no voy a renunciar”.

Así vivió el hombre que gobernó el país solidario que el 11 de septiembre de 1973 murió con él. Honor y gloria a Salvador Allende. Sus valores, perdidos para el mundo burgués, representaron la esencia del honor comunista.

 
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