Usted está aquí: domingo 4 de mayo de 2008 Espectáculos Monsiváis, el cinéfilo

Carlos Bonfil
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Monsiváis, el cinéfilo

M, el cinéfilo. Entre los múltiples intereses que abarca la curiosidad infatigable de Carlos Monsiváis destaca, en un sitio muy especial, su afición por el cine. A su trabajo de cronista y explorador de la cultura popular en México se añade, desde hace casi cinco décadas, su registro puntual de la actualidad fílmica en nuestro país y en el extranjero, desde las emisiones en Radio Universidad, El cine y la crítica, en los años 60, hasta un número muy nutrido de ensayos y artículos sobre los rostros y las mitologías del cine nacional. A excepción de A través del espejo: el cine mexicano y su público, el escritor no ha recopilado sus ensayos sobre cine en uno o varios volúmenes (una posibilidad estimulante), ni tampoco agregado a su trabajo literario reflexiones sobre el cine, sus géneros y sus autores, como lo hiciera un antiguo compañero cinéfilo suyo, el cubano G. Cabrera Infante (Un oficio del siglo XX, Arcadia todas las noches, Cine o sardina). Lo que sí ha hecho, y generosamente, es transmitir a varias generaciones de amigos y lectores su entusiasmo de cinéfilo y su prodigiosa retención mnemotécnica; su gusto por la comedia musical, por el western y el film noir; por las trayectorias de Marlene Dietrich o Gary Cooper, de Greta Garbo o Marlon Brando, de Joaquín Pardavé o Pedro Infante; su valoración de actores y actrices, y de modo especial de algunas entrañables segundas figuras.

Las anécdotas abundan, y una de ellas consigna su manera de responder a un reto escribiendo en la servilleta de un café los créditos casi completos de una de sus cintas favoritas, Lo que el viento se llevó. A un periodista le confiesa su empecinado gusto por la trivia y su capacidad de evocar la filmografía de Marta Roth, que también pudiera ser la de Conchita Gentil Arcos, Danielle Darrieux o Elisha Cook Jr. Carlos Monsiváis, capital de la memoria; my kingdom for a quiz.

En México en la cultura, suplemento cultural de la revista Siempre!, el escritor difunde los ensayos de Susan Sontag, Norman Mailer, Truman Capote, Pauline Kael, o su análisis del cine de John Ford, uno de sus cineastas predilectos. Por esos mismos años 70, la revista Él recoge sus frases concisas, a menudo lapidarias, sobre las cintas presentadas en la reseña anual del desaparecido cine Roble. Algunos escritores intentan reproducir su ingenio verbal –entre ellos, Carlos Fuentes–; ninguno lo iguala, todos lo celebran. Su trato supone la cercanía virtual con celebridades de otro modo inaccesibles (Dolores del Río, María Félix), y allegarse una información variada y siempre novedosa. A diferencia de aquellos especialistas de cine enfrascados en eldesciframiento semántico de sus propios entusiasmos, Monsiváis comparte con amigos y lectores su goce del cine, la vinculación de sus cintas favoritas con la literatura y con el teatro, con la realidad política y con el espectáculo que puntualmente dan de sí mismos los políticos; también señala las numerosas posibilidades de comprender y gozar una película mediante el humor y la parodia, sin olvidar el recelo saludable del espectador hacia sus propias certidumbres. La imaginación fílmica del escritor le permite imaginar una ciudad de México con vocación de catástrofe, como una cinta de horror de Lon Chaney, y las pretensiones culturales de la burguesía local como variantes de alguna comedia mordaz de Ernst Lubitsch.

Su gusto en cine es tan diverso y estricto como sus pasiones literarias, y el mismo afán de coleccionista que le lleva a acumular un acervo notable de emblemas de la cultura popular mexicana, lo manifiesta en su acopio infatigable de clásicos de cine en devedé, de películas clave en la cinematografía contemporánea, de cintas independientes sobre temas de diversidad sexual, poniéndose siempre al día en avances tecnológicos, refugiándose en su casa por rechazo a lo impersonal y frívolo de las salas comerciales, enriqueciendo día a día su videoteca íntima, incalculable aún debido a sus continuos hallazgos y mudanzas. ¿Arcadia todas las noches? Sin duda alguna. A los 70 años, el ejercicio siempre feliz de la cinefilia.

 
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