Usted está aquí: sábado 19 de enero de 2008 Cultura Abbado analiza a Mahler

Disquero

Abbado analiza a Mahler

Pablo Espinosa ([email protected])

En los estantes de novedades discográficas coinciden dos devedés íntimamente ligados mediante un prodigioso sistema de vasos comunicantes. Ambos filmes son editados por el sello EuroArts, con definición de imagen asombrosa y sonido dts, por sus siglas: Digital Theater Sound, un sistema de audio con seis canales independientes que reproducen una gran aproximación al sonido de la sala de conciertos (aunque el Disquero bromista opina que es tan chingonométrica y potente la calidad de este sonido que las siglas di-ti-es significan Díyital Tímpani Shingueishion, je).

El contenido intercomunicante es insuperable: dos sinfonías de Gustav Mahler, autor que se ha convertido en la especialidad más cara al genio del director de orquesta italiano Claudio Abbado, grabadas en ocasiones diferentes: la Novena Sinfonía durante un concierto en vivo con la Gustav Mahler Jugendorchester en la Accademia Nazionale di Santa Cecilia, en Roma, el 14 de abril de 2004, y la Séptima Sinfonía, con la Lucerne Festival Orchestra en una de las mejores salas de conciertos del planeta: la Sala de Conciertos del Centro de Convenciones y Cultura de Lucerna, Suiza, las noches del 17 y el 18 de agosto de 2005.

Dos conciertos cuya hondura, vastedad apoteósica, trascendencia y calidad interpretativa los hacen inenarrables, y es ahí donde entra la bendición de la tecnología, pues si no tuvimos ocasión de viajar en esas fechas a esas mecas musicales, no hay problema, pues he aquí dos filmaciones de especialistas que recuperan la vida de esas experiencias, por supuesto teniendo en cuenta que ni siquiera la tecnología más avanzada alcanzará jamás la intensidad de un concierto en vivo, en carne y en sangre.

De manera que estas, digámoslo así, fotografías animadas de esos conciertos, o bien, estas tremendas aproximaciones a aquella realidad pretérita, aparecen como joyas de vida.

La correspondiente a la Sinfonía Siete de Mahler es un tesoro, porque documenta una de las versiones más intensas, arriesgadas, personales, originalísimas de la sinfonía menos tocada de entre las nueve que compuso el maestro austriaco. La sublime intensidad del adagio inicial, la gracia del allegro risoluto, la magia del par de músicas nocturnas (la efervescencia soterrada del allegro moderato y la poesía infinita del andante amoroso) y la brutal potencia del rondó final, la monumental fuerza anímica, alegría extraordinaria del movimiento conclusivo que Mahler indicó como “allegro ordinario”, aparecen como uno de los más grandes acontecimientos que el melómano mahleriano y el amante de la belleza puedan disfrutar.

Además de la elevadísima sabiduría que ha alcanzado Abbado en la interpretación de la obra de Mahler, la calidad de los músicos es también fuera de serie. Al ser una orquesta de verano, reúne en esa bella ciudad a los mejores músicos de Europa que siguen, en un acto de amor, a su dilecto maestro, con quien entablaron relación perecedera cuando ocupó la dirección de las mejores orquestas de ese continente, la última de las cuales fue la Filarmónica de Berlín, y podemos distinguir en el filme a sus primeros atrilistas en acción.

Otro de los elementos fundamentales de esta grabación suprema es la sala de conciertos donde se realizaron estas jornadas. La construyó Jean Nouvel, quien obedeció las instrucciones de sus contratantes, quienes le pagaron por una sala de conciertos que semejara un barco atracado a orillas del lago. Una vez dentro, uno se percata que está en el vientre de un violín, inclusive la madera que utilizó Nouvel para los interiores es la misma que se utiliza para construir violines, y bien sabemos que las salas de conciertos son en realidad instrumentos musicales, que se afinan con el tiempo, como sucede con nuestra Sala Nezahualcóyotl, que se construyó siguiendo el modelo de la casa de la Filarmónica de Berlín, el cual lleva a su perfección Nouvel en su actual proyecto, una sala de conciertos en París, con el público rodeando a los músicos y cuya maqueta interior mostramos en la foto de aquí abajo, mientras que en la del centro está el “barco” que pidieron los banqueros suizos y a la izquierda el violín que les hizo el maestro.

La grabación de la Novena de Mahler fue realizada en otra hermosa sala, que está en Roma. En el último movimiento se apagan las luces de la sala y termina la obra en penumbras y la mano izquierda de Abbado hace la última señal con un abrazo a su propio corazón. Los músicos son jóvenes europeos y la orquesta se espejea con la venezolana que dirige Gustavo Dudamel.

Por cierto, entre el público el Disquero descubrió a Rafael Tovar y de Teresa y a Jorge Volpi, en un gesto de familiaridad que confirma que el amor por la belleza, es decir, el arte supremo que es la música, vuelve al mundo muy pequeño y el alma gigantesca.

Que disfrute usted estas sublimes sinfonías, estas bellas salas de conciertos, esta poesía volcada en imágenes y sonidos.

 
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