Usted está aquí: domingo 5 de marzo de 2006 Opinión La gira antichina de Bush el asiático

Guillermo Almeyra

La gira antichina de Bush el asiático

El presidente estadunidense, George W. Bush, firmó un importante acuerdo nuclear con India, país que perdió anteriormente en el Himalaya una guerra contra China y que está en una situación de guerra larvada con Pakistán, el cual es un bastión musulmán. Durante la guerra fría, se recordará, cuando la URSS se oponía a Washington y a Beijing, Estados Unidos armaba y apoyaba a Pakistán, y Moscú, a su vez, sostenía y armaba a India contra el poder estadunidense y contra el de China. India, por tanto, conseguía sus armas y su tecnología nuclear en Moscú, y Pakistán lo hacía en Washington. Al mismo tiempo, Moscú presionaba sobre Pakistán desde Afganistán (que entonces ocupaba), Washington hacía de todo para expulsar a los soviéticos de ese país, con los talibanes y los Bin Laden, y China sostenía a Pakistán para contrarrestar a la URSS y a India en la región, que es vital para todo el sudeste asiático.

Tras el derrumbe de la URSS, Rusia siguió vendiendo a India armas y tecnología nuclear... que también vende ahora a China. En eso reside el gran cambio, pues Rusia, China y los países de Asia central ex integrantes de la URSS (que Estados Unidos intentó controlar desde su base actual en Afganistán) constituyen ahora una alianza militar defensiva cuyo adversario, de hecho, es Estados Unidos. Por eso la gira de Bush busca que India corte sus lazos con Rusia y dependa de la tecnología militar atómica de Washington, siempre en clave antichina y antirrusa.

Sin embargo, la alianza de Estados Unidos con Pakistán peligra, pues Islamabad no puede tolerar un reforzamiento de India, con la cual mantiene el conflicto sangriento de Cachemira, y tampoco puede hacer tragar a su pueblo (que es islámico) la ocupación estadunidense de Afganistán y la preparación de una guerra contra Irán, también musulmán, sin hablar de las matanzas en Irak y de la alianza estrecha, incluso en el campo nuclear, entre Washington y esa potencia atómica terrorista y antislámica que es Israel. De modo que Pakistán casi seguramente buscará mejorar sus viejos lazos con China, bajo cuerda o abiertamente, y tender puentes hacia Moscú.

Rusia, por su parte, tiene importantes acuerdos con Irán, incluso en el campo nuclear, y no puede ver con buenos ojos la preparación abierta de la invasión yanqui a ese país, entre otras cosas porque la misma aseguraría a Estados Unidos el control de las inmensas reservas de gas y de petróleo iraníes (además de las iraquíes), cuando Rusia es un gran exportador de gas y de petróleo y todo lo que atañe a esos productos es estratégico para ella. El acuerdo entre Washington y Nueva Delhi, entonces, tenderá a reforzar los lazos ya importantes que existen entre Moscú y Teherán (y también entre Beijing y esa capital), no sólo porque es intolerable que Estados Unidos pretenda tener el monopolio mundial de la tecnología nuclear (sobre todo militar) y decidir quién puede tener armas nucleares, sino también porque la maniobra de George W el asiático forja un eslabón más en la diplomacia estadunidense antichina y antirrusa tendiente a recolonizar toda Asia y a eliminar, preventivamente y por todos los medios, cualquier futuro desafío a la hegemonía de Estados Unidos.

En el campo de lo simbólico, que es vital en política, los musulmanes de todo el Oriente y extremo Oriente asiático y del mundo, incluidos los cientos de millones residentes en India, sentirán que el acuerdo entre Bush y los nacionalistas indios es un ataque directo contra los países islámicos y, en consecuencia, que sus aliados son los adversarios de Washington, o sea Moscú y Beijing. Resultaría así más difícil -para la CIA y otras agencias estadunidenses- seguir financiando y alentar el terrorismo checheno contra Rusia o el de los musulmanes uigures chinos, y en los países islámicos de Asia central ex soviética la influencia rusa ganaría puntos a pesar de la torpeza y las vacilaciones del gobierno de Moscú.

Francia también ha vendido armas y tecnología nuclear a India (y en eso comparte la política de Washington), pero también lo ha hecho a China y tiene dependencia del petróleo ruso, además de sus intereses en el cercano Oriente (particularmente en Líbano y Siria, pero también en Irak e Irán, países que no se resigna a ver totalmente en manos de Estados Unidos). De modo que la gira de Baby Bush el asiático también podría provocar reacciones en la Unión Europea y no solamente en Rusia, China y los pueblos islámicos de Asia oriental.

Estados Unidos, sin duda, sigue siendo la potencia militar hegemónica y también lo es en el campo de las tecnologías de punta. Pero su hegemonía sólo podrá mantenerse a condición de que sus competidores -europeos y chinos, sobre todo- no estén unidos y no desarrollen un poder militar que pueda llegar a hacerle frente. Ahora bien, la brutalidad de Washington impulsa a sus adversarios a establecer alianzas defensivas que muy bien podrían reforzarse, y a comprender que, en el juego mundializado del ajedrez político-económico actual, una potencia meramente económica (como la Unión Europea y la misma China) no puede tener peso político si no tiene garras y dientes. Pero éstos, hoy, sólo pueden ser atómicos. De ahí el aventurerismo implícito en el desenfado y la brutalidad del Pentágono y del Departamento de Estado.

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