Usted está aquí: lunes 22 de agosto de 2005 Cultura La del estribo

Hermann Bellinghausen

La del estribo

Entró al bar con la inquietud escalofriante de traer una noche a cuestas que contarnos, extensa y llena de murmullos animales y también arrabaleros. Cuando el tamborilear de la pachanga urbana se funde con las castañuelas automáticas de los sapos que croan a campo traviesa.

No me estoy explicando bien. (Sucede). Lo que trato de decir es que la noche que Belarmino relató fue una memorable, en la floresta. Y ahora caía en otra, una de ciudad, en un rumbo populoso y muy de a tiro, de los barrios que sus propios habitantes no recomiendan a la gente decente, siendo ellos en general de su- yo decentes, aunque pobres. Y bueno, si "arrabal" no suena elegante, tampoco los charcos y vados donde te bates de lodo.

"Peligro" no fue la palabra que empleó Belarmino, ni hubiera recurrido a ella en este caso, pues nadie había tenido tiempo de espantarse.

El escalofrío tenía algo de metafísico, dijo.

Lo miramos todos. ¿Belarmino hablando de metafísica? Ya no le sirvan más. O mejor, sírvanle otra, a ver si se le pasa.

Pérense, dijo Belarmino. Güey, estoy hablando en serio.

Se hizo el silencio. Lo habíamos ofendido. Anda, sigue contando, le dijo Sergio, que cuando no viene con sus primos es bastante tranquilo.

Hasta Serrano, el pianista, que casi no abre el pico, nomás chupa, se ríe con nosotros y escucha, alcanzó a suplicarle a Belarmino: no mames, sigue contando.

Tras una pausa, el aludido pidió disculpas por deslizar el vocablo "metafísica". Admito el error, la retiro. Ya. Puro materialismo histórico, ¿okey?

Asentimos. Prosiguió Belarmino, saboreando el triunfo de poder hablar, carajo.

Apolinar es un cantinero muy entendido. Se encargó de traernos las ostras sin necesidad de que ordenáramos. Y ya nadie interrupió a Belarmino.

"Miren que me llevaron a rastras. Llegaron por mí en la combi camper y hasta el saco de dormir me iban a prestar. Que me iba a hacer bien respirar aire limpio y cambiar de panorama. Enfilaron al sur y allí vamos, oyendo a Pink Floyd a todo volumen. Los niños de Pereda y Sonia venían nerviosos, me pareció, y conforme avanzó el viaje se pusieron peor.

"No me pregunten dónde fuimos porque ni me enteré. Un día de carreteras sin fondo hasta que cayó la noche, abusiva y oscura. Torcimos a la izquierda en una terracería, seguimos de largo, Pereda conocía, y a eso de las once y media se ponchó una llanta. Pereda encendió la luz del carro y dijo, Belarmino, te necesito para la talacha. Con lo que odio cambiar llantas. Llovía, por supuesto.

"Los niños, nada más eso faltaba, se pusieron a llorar. Y grueso. Como si los estuvieran degollando. Sonia tuvo que ponerse enérgica, y a cambio de su silencio, a gritos, les ofreció yogurt.

"Frío no hacía, pero cómo soplaba el puto viento. Acallado el motor y sobornados los niños, el sensoround de la naturaleza nos invadió mientras escampaba y las chicharras salieron a secarse con tanto entusiasmo que opacaron el meritorio escándalo de los sapos y, sospecho, uno que otro pato.

"Al caminar sobre el lodo topé con un sapo así de grande, como un puño un poco abierto. Un sapote. Lo tomé como presagio. Me miraba fijo.

"Entonces fue que nos dimos cuenta. A medias de apretar los birlos, el gato puesto, yo con la lámpara y Pereda con la llave de cruz por toda agarradera, oímos venir un estruendo espantoso. Pícale, dijo, y corrió a coger el volante. Yo todavía volteé con la linterna y apunté a la negrura, que con negrura me respondió. Los sapos callaron. Ahora entiendo que agarraban aire.

"Pícale, gritó Pineda y por fin salté a la combi y sin bajar el gato salimos de un tirón, patinando. Poco más y nos alcanza la creciente. Troncos y tres súbitos metros de altura del río. Nos hubiera arrastrado como sapos.

Un runrún como el temblor del 85, pero sin casas de por medio. Nos pasó cerquita. Hasta los niños, esos idiotas, se dieron cuenta y mantuvieron una actitud reverente y sensata mientras Sonia les confeccionaba un sandwich de crema de cacahuate con la condición de que se durmieran de una buena vez.

"Cuando uno la ve tan cerca, hasta el más pintado se pone metafísico, a poco no. Chin, ya lo volví a decir".

Sí, Belarmino, sí. Y Apolinar, que apenas se instaló en el DF y no piensa volver al trópico, le caminó directo y le reclamó en su cara que hablara tan feo de unos niños, y Belarmino, encabronado, reviró un débil "es que no los conoces", Apolinar lo miró más gacho aún. Belarmino aguantó, dijo está bueno, perdón, y todos en paz seguimos bebiendo otro rato.

 
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