Usted está aquí: jueves 18 de agosto de 2005 Política Medios ricos, pobres políticos

Adolfo Sánchez Rebolledo

Medios ricos, pobres políticos

Falta poco para el informe presidencial y ya se dejan sentir los autoelogios acostumbrados. En lugar de buscar formas más eficaces de rendir cuentas, los anuncios del Ejecutivo donde él mismo se presenta como el más demócrata de los demócratas están hechos de cartón, no convencen ni a sus fieles partidarios, no dejan de ser "comerciales", espots fabricados por los genios creativos de alguna agencia.

La incorporación de los medios a la política nos condena, no ya al uso racional de esa extraordinaria plataforma de comunicación sino a la sumisión de sus contenidos a la lógica comercial del entretenimiento. Con dinero público se compran los "tiempos" en los medios, pero las ganancias y, por así decir, el "espíritu" que anima esa apertura, son meramente privados, comerciales. Los temas propios del debate político se tamizan hasta evaporarse en imágenes triviales; las ideas o, incluso, las consignas son resumidas en fotos de la sonrisa posada del "producto" en venta. La propaganda política, indispensable en la sociedad de masas, se convierte en un accidente de la industria del entretenimiento. La política, materia de los mensajes, se mediatiza, es decir, se transforma en un producto destinado al "mercado", donde ninguno se diferencia de los demás.

Los partidos existen en la medida que dan "nota", sobre todo si de por medio existen videos comprometedores, pero su paso por las pantallas suele ser efímero y culposo. Las grandes cadenas actúan como si fueran neutrales ante la competencia política, como si sus propios intereses corporativos no existieran o pudieran pasarse sin crear lazos más profundos con el poder. En vez de que los medios se comprometan amplia y abiertamente con la democracia, lo que hacen es mantener todas sus reservas hacia "los políticos", con lo cual no sólo critican justificadamente sus excesos, que son muchos, sino que favorecen la desconfianza y el desencanto... y el negocio. No obstante, bajo la bandera blanca del apoliticismo suelen arroparse intereses que se niegan a reconocerse como tales, impulsos "antipartido" que no se atreven a decir claramente cuáles son sus objetivos políticos. Tenemos, en efecto, más información "política", pero aún prevalece entre los comunicadores una aura de sospecha, la duda de raíz "apolítica" que sólo ve los gatos pardos.

Pero en este, como en otros campos vitales para el futuro, nos encontramos en un círculo vicioso. Por un lado, es urgente pasar una reforma que racionalice los gastos de los partidos en las campañas. No sólo se trata de asegurar la equidad, que hoy deja mucho que desear, sino de reducir categóricamente el acceso pagado a los medios. Si los partidos son, como dice la ley, entidades de interés público, y los medios un servicio público, ¿no es hora de darle a la presencia de los partidos en los medios una dimensión más equilibrada, menos onerosa y estupidizante? Si eso no se ha hecho hasta ahora, no obstante la multitud de estudios aconsejando una mayor austeridad, ello se debe a que nunca como ahora los partidos se han hecho dependientes de los favores de las empresas de comunicación de masas que, gracias a tantas omisiones, devienen por sí mismas fuentes de poder, protagonistas activos y no sólo informadores de la vida pública.

Pero los partidos, verdaderos sujetos de la política contemporánea, no parecen dispuestos a mover un dedo para hacer las reformas que faltan. Cada vez gastan más y cada vez les resulta menos lo que reciben. Hay que parar. Ese modelo ya está en crisis. Si de verdad queremos un régimen de partidos hay que romper con el modelo actual: reducir los costos de campañas, regular la compra de la publicidad en los medios y, sobre todo, crear condiciones para que la sociedad pueda crear nuevos partidos.

 
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