Usted está aquí: jueves 28 de julio de 2005 Cultura La luna. 100 watts

Olga Harmony

La luna. 100 watts

A iniciativa de dos jóvenes dramaturgos, Edgar Chías y Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, y con el apoyo del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (Coneculta), coordinado por el Lic. Manuel Naredo Naredo, la Muestra Nacional de Jóvenes Dramaturgos llega a su III edición en la ciudad de Santiago de Querétaro. La Muestra ofrece lecturas de textos de nuevos dramaturgos y talleres que en esta ocasión fueron impartidos por Nicolás Núñez, Curso de actuación; Luis Mario Moncada y Edgar Chías, Curso de narración escénica; Christian Drutt, Teatro y teatralidades; Fernando de Ita, Análisis del drama y la escena contemporánea, y Otto Minera, Curso de traducción de textos teatrales. En el marco de la Muestra se estrenó la obra ganadora del 6º concurso Manuel Herrera Castañeda, patrocinado por Coneculta -así como la misma escenificación-, La luna: 100 watts de Luis Ayhllón, dirigida por Martín Acosta con una actriz y un actor locales y una actriz y un actor radicados en el DF.

El texto de Ayhllón, que lleva como subtítulo La historia del ser que imaginó un amuleto bajo tierra, es muy sugerente, un tanto críptica por estar plena de entresijos y estructurada a base de dos parejas que al principio aparecen como independientes, pero que tienen un entramado en base a una historia inconclusa y un amuleto. José es un sangriento asesino, pero también fue una sombra que acosó a Emma, el comprador de historias, pero también puede ser, junto con Ana, el personaje que ideó Iván. Emma es la prostituta a la que robó el amuleto José -la figura clave- y la única que no llega a tener delirios, como José, como Iván, como la secuestrada Ana. Casi desenlace, la escena de comedia musical entre Ana y José, no obvia la atmósfera artificial en que vive esta pareja, en un cuarto con vista a un mar inventado y una luna que es un foco de 100 watts. Violenta y dura, la historia se muestra fragmentada y tiene un final que la anuda en su brutalidad.

Al artificio que propone el texto, corresponde el artificio de su escenificación. En un espacio del Centro Cultural Manuel Gómez Morín, edificado en lo que fue la terminal de autobuses y que no cuenta con un escenario teatral a pesar de sus dimensiones (parece ser que siguiendo nuestras costumbres faltó presupuesto para terminar el proyecto original), Martín Acosta y el escenógrafo queretano Fernando Flores Trejo tomaron la mitad de una galería, que contiene en el centro una escalera de caracol, muy bien aprovechada para ser el límite de la escenografía construida en esa mitad, que consta de un espacio aparentemente abierto pero enmarcado en sus fronteras, con una alberquita de plástico duro, algunas sillas giratorias en un piso de arena que tiene un promontorio en lo que vendría a ser proscenio y una ventanita en el centro. Este espacio único se vuelve el sórdido hogar del escritor Iván y su compañera Emma y el cuarto de Ana en donde recibe a José, amén de una calle al final.

Martín Acosta logra que imaginemos los lugares pedidos por el autor sin hacer ningún hincapié en ellos, a base de respetar el texto y conducir la acción de manera que las contaminaciones subyacentes se nos van revelando, con los personajes que a veces aparecen juntos en escena, aunque ambas parejas no se lleguen a ver. El espacio neutro imaginado sirve para este propósito, con el agua -casi una constante en la trayectoria del director- y la arena que simbolizan ese mar que el padre de Ana está dispuesto a recrear en la puerta de acceso a un exterior que no se rebasa, excepto a veces por José, y que está dado por la escalera de caracol y por algunas salidas junto a ella. El trazo es muy fluido y da el gran espacio de atrás del escenario y la parte contigua a la escalera, para la pareja del asesino y su amante y el de la alberca y el promontorio de arena, para la pareja del escritor y la prostituta, aunque en algún momento se intercambien.

Acosta también dirige con acuciosidad a sus actores en todas las transiciones de sus personajes, muy bien los queretanos Manuel Rodríguez como Iván y Mariana Hartasánchez como Emma y nuestros excelentes conocidos Mariana Giménez como Ana y Rodrigo Vázquez como José en este montaje y con este texto tan sólidos en su, por otra parte, elusiva realidad.

 
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