Metinides
y el
desastre
capturado
Gustavo
Kafú
A Epigmenio León
y Gerardo Sifuentes,
presos injustamente
en el Reclusorio Norte
Siempre
he tenido miedo de morir quemado", dice Enrique Metinides en entrevista.
Y la respuesta, por venir de él, adquiere un valor especial. Metinides
tenía doce años cuando empezó a tomar fotos dentro
de la 6ª. Delegación de Policía. A esa edad retrata
a su primer cadáver. En 1994, cuando contaba sesenta años
y pierde su empleo debido al fraude que disuelve la cooperativa La
Prensa y deja a otros 470 trabajadores sin patrimonio, el número
de veces que había retratado cuerpos sin vida era incontable.
Él mismo indica que ha fotografiado
a miles y miles de muertos. Su sólo archivo podría subdividirse
en las formas de la muerte que han acontecido por más de cincuenta
años en la Ciudad de México: accidentes automovilísticos,
suicidios, ahogados, venganzas pasionales, electrocuciones, robos, enfrentamientos
entre la policía y los criminales, quemados. Así, no sólo
ha visto miles de muertes: ha visto miles de formas de morir. Quizás
hay algo especialmente terrible en morir abrazado por las llamas: queda
demasiado poco para mostrar e intentar ordenar la irracionalidad de la
muerte.
Si
bien lo anterior sería suficiente para zanjar el debate sobre si
el más importante fotógrafo de nota roja del país
es un artista o no qué mayor desafío estético que
la muerte, ahora que el trabajo de Metinides empieza a ser reconocido
mundialmente se destacan algunos elementos técnicos de su obra.
El más llamativo, como se ha señalado por diverso críticos,
es el uso del flash en su trabajo diurno. Él lo explica de
manera muy simple: el flash de día rellena las sombras. Y
añade: "Llegué a tomar gente gritando y se les iluminaban
los dientes, los ojos, resaltaban muchísimo." En el fondo, este
simple hecho le da a la obra de Metinides un efecto cinematográfico
de inverosimilitud. Sus fotos no son realistas, el flashazo maquilla
la escena y crea un primer efecto de orden. La foto final, como la mayoría
de las buenas fotos de nota roja, tiene un carácter de excepcionalidad.
El accidente nunca debió ocurrir, por esto se le consagra. La nota
roja tiene este encanto; en su trágica aparición, no pierde
su forma de milagro.
Quien ve las fotos de Metinides piensa
en el trabajo hecho para una película. En la entrevista que le hace
Gabriel Kuri, el fotógrafo señala esto con claridad: "Para
mis fotografías me basé en películas en blanco y negro,
policiacas y de gángsters. Me gustaba cómo los directores
tomaban un cuenta las reacciones de la gente. En una película que
fue definitiva, hay una escena de una vendetta en la que incendian
un edificio, que sólo se ve al reflejarse las llamas sobre las caras
de los testigos."
En
el mismo texto, Metinides señala otras características de
su trabajo: el uso de un lente gran angular, lo que implicaba que tenía
que estar sobre la víctima dada la distancia que genera dicho aparato;
la perspectiva aérea o al ras de piso; y la eliminación del
retoque, lo cual lograba marginando los elementos que serían posteriormente
censurados, como lo dice en este texto iluminador: "Cuando se usaba el
blanco y negro, en el departamento de dibujo de los periódicos retocaban
la fotografía para que no se viera muy morbosa, y con los mismos
pinceles borraban la sangre, con pintura gris. Pero cuando vino la fotografía
a color, se me ocurrió tomar la foto con el lente en el piso. Así
la sangre se pierde, porque el charco queda de perfil. Si tú tomas
una foto desde arriba, el charco de sangre sale completo, y de perfil ya
ni en color se ve. El primer término sale el zapato, o la mano,
o la pistola." El artista, entonces, oculta los elementos más ostensibles
de su obra y crea un orden que no devela, paradójicamente, aquello
que imaginamos.
No
es por lo tanto casual que sobre Metinides se empiece a crear una especie
de leyenda que lo integra como parte de la imposible, pero permanente,
ordenación del universo de la Ciudad de México. En casi todos
los textos que se han escrito recientemente sobre su obra destaca la sui
generis vida actual que lleva. Un hombre que vive sin dejar penetrar
la luz en su departamento que da a la avenida Revolución, donde
alberga varias televisiones con sistemas de cable que le permiten observar
todo el mundo, videocaseteras que graban ese mundo, sistemas de radios
encendidos para detectar lo que sucede en la Ciudad de México, colecciones
de juguetes, ambulancias, carros de policías... Todo en acción.
García Canclini comenta: "Después de mostrarme en una de
las televisiones las ventajas de tener el menú más amplio
de Sky, con canales en inglés, alemán, japonés, francés
e italiano, dejó encendido el canal en japonés, donde algo
hacía George Bush, y dedicó quince minutos a mostrarme los
últimos videos de Michael Jackson. Y encendió un viejo aparato
de radio de policía, en el que cada día escucha mensajes
que intercambian las patrullas mientras vigilan las calles." Parece ser,
pues, un hombre dentro de un templo, entendiendo los secretos que se difuminan
a toda prisa por un mundo que empieza a dejar de pertenecerle.
Sin embargo, mientras Metinides se ha retirado
de su primer oficio y se dice que desde 1997 no ha vuelto a tomar una foto,
en 2003 su obra se presentó en una de las galería más
importantes de Londres y ha sido recibida de forma excelente por la crítica.
Paradojas del arte, mientras el hombre que buscó eliminar las sombras
permanece dentro de un departamento de la caótica Ciudad de México,
en otras urbes, no menos caóticas, se celebra su obra recordando
a W. H Auden: "todo se aleja/ pausadamente del desastre". |