Gilberto López y Rivas
La suprema injusticia
No fue sorpresa el fallo contra los pueblos indios de
la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Todo el proceso
de las controversias constitucionales llevado a cabo por las autoridades
indígenas estuvo impregnado por el racismo y la cobardía
política de los ministros, que no se dignaron recibir testimonios
orales ni tener contacto real con los representantes de esos pueblos. El
máximo órgano del Poder Judicial optó por la vía
fácil de declararse sin facultades para revisar reformas y adiciones
a la Constitución ni al procedimiento que les da origen, conclusión
a la que arribaron en sesiones semiclandestinas y esgrimiendo argumentos
de formalismo jurídico que dan la medida de su estrechez de miras
y del entramado de su complicidad en el crimen de Estado contra los pueblos
indios.
La inminencia del dictamen de improcedencia de las controversias
la dio Vicente Fox en su mensaje político del 1° de septiembre,
cuando en el mejor estilo del autismo político zedillista evitó
referirse al conflicto chiapaneco. Patético papel el del Presidente
del cambio que a dos años de gestión no da cuenta a la nación
de la realidad que viven los pueblos indios y, por el contrario, mal oculta
su estrategia de contrainsurgencia que prolonga la impunidad a los paramilitares,
con la conveniente cobertura antropológica del gobierno estatal
que se esfuerza en encontrar explicaciones basadas en conflictos familiares
e intracomunitarios.
La Corte cierra el cerco del Estado mexicano contra las
autonomías indígenas. Si la SCJN no tiene atribuciones para
pronunciarse sobre los órganos reformadores de la Constitución
y la validez de sus procedimientos, y si la función de estos órganos
es soberana, no sujeta a ningún tipo de control externo, significa
que la República está secuestrada y el artículo 39
constitucional, que da la soberanía al pueblo, es letra muerta para
los ministros.
Con todo, no se debe sobredimensionar o mal interpretar
lo ocurrido. Era predecible el voto negativo contra los pueblos indios
en la medida de que la SCJN no iba a enfrentarse con los otros dos poderes
de la Unión, ya que todos comparten, como tales, los preceptos básicos
de un Estado monoétnico, racista y basado en el igualitarismo asimilacionista.
No es conveniente ni deseable que frente a este hecho
se afirme que la única salida es la violencia del pueblo, y en particular,
de los pueblos indígenas. Primero porque esta tesis ha sido reiteradamente
hecha un lado ante la estrategia de la conformación desde abajo
de las autonomías de facto y la construcción incesante
del sujeto autonómico. Las propias controversias dieron cuenta de
la capacidad política de las organizaciones y autoridades indias.
Durante todos estos años, el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), el Congreso Nacional Indígena y la sociedad civil
han respondido a la violencia del Estado con la movilización y la
intensificación del proceso autonómico. La violación
al Convenio 169, a las leyes y a la Constitución ha sido de parte
del gobierno, mientras la búsqueda de la paz, el diálogo
y la defensa de los acuerdos de San Andrés han estado en el campo
democrático-popular.
Hay cierto grado de estadolatría en considerar
que toda práctica social debe pasar necesaria y forzosamente por
la sanción gubernamental. Si el Estado mexicano no permite las autonomías,
o impide su desarrollo pleno dentro de su marco jurídico, peor para
el Estado mexicano. Más temprano que tarde los esfuerzos autonómicos
tendrán que ser reconocidos en la Constitución pese a la
traición de los tres poderes republicanos.
En este tema como en otros de los grandes problemas nacionales,
la actual clase dirigente muestra su incapacidad y desinterés por
representar el cambio verdadero y, por el contrario, busca afanosamente
hacer realidad sus objetivos privatizadores, desnacionalizadores y de colaboracionismo
con el proyecto neoliberal. Cada vez más, esa clase dirigente se
convierte en un fardo para el desarrollo del país; en un poderoso
obstáculo que impide una reforma de fondo de las caducas estructuras
del Estado y la sociedad en México. La alternancia se dio, es cierto,
pero hacia un rumbo marcado por el desastre que ocasiona seguir fielmente
los dictados del capital transnacional.
Los mexicanos vivimos una situación de emergencia
nacional en todos los órdenes. A más de dos años,
Vicente Fox ha conducido su acción gubernamental a partir de una
política de continuismo y profundización del modelo neoliberal,
favoreciendo los intereses del gran capital, y dejando intacta la maquinaria
clientelar y corporativa del antiguo régimen. No sólo no
se ha observado un cambio en beneficio de la mayoría de la población,
sino que incluso se han dado retrocesos notorios en materia de política
exterior que han llevado a México a la claudicación y al
entreguismo con respecto a Washington. Esta capitulación no es coyuntural
sino estratégica. Se observa en la imposición del Plan Puebla-Panamá,
en la política migratoria del actual gobierno mexicano como barrera
de protección de las fronteras estadunidenses, en los acuerdos militares
y policiacos entre ambos países, en el alineamiento internacional
y, sobre todo, en la política privatizadora y de total apertura
en favor del capital estadunidense.
Ante esta situación, debemos contar con nuestras
propias fuerzas: organizando un poder popular alternativo; estableciendo
las condiciones de unidad y pluralismo para la creación de un movimiento
patriótico de resistencia nacional en el que ?entre muchas otras
cuestiones trascendentes? las autonomías indígenas que rechazó
la suprema injusticia se consideren prioritarias para la reconstrucción
del país.