Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 13 de julio de 2002
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Cultura

Jorge Alberto Manrique

José Guadalupe Posada

Posada fue un artista extraordinario. El grabador es un ave rara. Cualesquiera que sean los antecedentes de Posada, es indudable que su obra tiene un sitio aparte. La suya es una vastísima producción en la que los temas son muy variados y la imaginación está abierta a todos los asuntos.

La estampa mexicana tiene un lugar importante en el siglo XIX, desde luego en la técnica de la litografía. En la primera mitad del siglo la litografía tiene sus comienzos. Desde que Linati dio las primeras muestras de estampas, como sabemos, media un amplio espacio de tiempo. Cuando Linati abandonó el país, no se había asentado la técnica de piedras en forma definitiva. Tampoco el taller lo fue, por decirlo así, pues éste, que se estableció en la Academia de San Carlos, casi no produjo obras consistentes. Mientras que en Europa y Estados Unidos había un auge en la fabricación de la imagen, en México apenas empezaban a abrirse otros talleres. El ejemplo de los grabadores europeos fue un incentivo para los talleres mexicanos; las vistas de lugares, paisajes y ciudades, y también las caricaturas impresas en los periódicos.

Las obras de los artistas viajeros tienen un lugar importante en ese panorama, como las del italiano Gualdi. Para el medio siglo (que coincide con el nacimiento de José Guadalupe Posada, en 1852) la estampa mexicana ya tenía un rostro rico, con Casimiro Castro, Iriarte, Escalante o Villasana.

Cuando Posada, casi muchacho, se inició en las prensas con el periódico El Jicote, en Aguascalientes, ya poseía un dibujo fino y preciso. Trinidad Pedroza fue su mentor, tanto en la tarea de litógrafo como en el juego político en el estado.

Aunque era joven tenía éxito como caricaturista político; maestro y discípulo montaron un taller de litografía en la ciudad de León, en 1871, donde quisieron probar fortuna.

Posteriormente Pedroza regresó a Aguascalientes y Posada se quedó con la casa de ilustraciones. En ésta empezó a crear imágenes religiosas, pasajes de teatro y vistas de ciudades, dejando de lado la caricatura política.

Finalmente se estableció en la ciudad de México, donde se reconoció su obra como un éxito popular, aunque no económico, puesto que vivió modestamente y murió pobre. La obra de él coincide con su madurez artística en la capital; ya no es un trabajo inseguro que prueba y deshace, sino que ha alcanzado su plenitud.

Posada montó un taller para ilustración de periódicos y libros; empezó a trabajar en varias publicaciones, pero el editor Antonio Venegas Arroyo lo eligió por su gran capacidad de narrador visual. Posada a su vez supo captar las ideas de Venegas para crear las imágenes de los hechos de la nota roja, calaveras, pasajes de representaciones teatrales, muchas de ellas infantiles, corridos populares y hechos bélicos, entre otros.

Las fuentes de Posada fueron básicamente la litografía española, el grabado en madera y el grabado popular francés, enriqueciéndose de los conocimientos de otros litógrafos europeos y mexicanos contemporáneos, como el pintor Manuel Manilla, quien a su lado podría parecer un grabador ingenuo, puesto que Posada poseía habilidad pasmosa para relatar los hechos, tener una línea muy viva, un movimiento ágil, lo que le permitió componer las masas, los blancos y negros y la acción de los personajes.

Los grabados de Posada son de una gran imaginación sobre el acontecer, podría decirse que eran como una representación descriptiva de la narración.

Su taller se ubicaba en la calle de Moneda, donde trabajaba todo el tiempo por exigencia de su editor, quien le apremiaba de manera constante con todo género de asuntos, hecho que ayudó a Posada a grabar con gran capacidad de síntesis. Es importante mencionar que estas exigencias por parte de su editor Venegas, que estaba en la calle de Santa Teresa, muy cerca del taller de Posada, propiciaron en gran parte el trabajo del ilustrador.

Posada fue el cronista visual de la ciudad, pues supo dar a conocer, con sus grabados, los hechos narrados por su editor de los acontecimientos diarios: políticos, religiosos, nota roja, representaciones teatrales, calendarios, folletos ilustrativos de los versos de las posadas navideñas. No hizo caricatura en sí; sin embargo, en sus representaciones fisonómicas encontramos rasgos caricaturescos, sin que por ese hecho se le pueda llamar a su grabado cómico; él simplemente plasmaba el hecho, quizá con humor que a veces parecía irónico.

Las calaveras representativas de los versos de los días de muertos que gravó Posada han sido lo más característico de él. Cabe hacer notar que quien inició la caricatura de las calaveras fue Manuel Manilla, pero la fuerza creadora y expresiva de las calaveras de Posada no tiene precedente, puesto que podía, con gran ingenio y con rasgos incisivos, agarrar los gestos que pudieran definir la fisonomía de determinados personajes en un simple cráneo.

Arrojado por necesidad de sus propias fuerzas, Posada saca fuerzas de la flaqueza, y el genio ayudando inventa su propia historia artística con fragmentos recogidos de dos mundos opuestos, ajenos a quienes él da coherencia en el acto de su obra. Por eso, es la voz y la imagen de ese país que buscaba ubicarse orgánicamente en la contradicción a la que había sido proyectado: socialmente frustrado, ese México entre dos aguas se reconocía con existencia verdadera en los grabados de José Guadalupe Posada. Así podemos entender su éxito y su aceptación.

El es popular en un doble sentido: en tanto a que su arte es consumido por el pueblo y en tanto a que su quehacer artístico enraiza en formas populares. Pero lo es más en el primer sentido que en el segundo. De ahí que su obra rebase los límites de una comunidad local y se convierta en santo y seña de la paradoja nacional que históricamente lo nutre.

Su capacidad para analizar la realidad a partir de la reflexión que constituye la propia imagen, sin premisas previas, resulta de la necesidad crítica de esa misma realidad. Es la agudeza de su ojo, el ejercitado refinamiento de su sensibilidad, la maestría inmediata de su trazo, lo que le permite dar testimonio de un México hendido por la contradicción. Por eso, la obra de Posada no es satírica, no es agria: suele mirar con más gozo que hiel, con más ternura que insidia; hay una sabiduría para regodearse en el pequeño espacio propio. Posada hizo inmenso el suyo a fuerza de vivirlo y gozarlo.

Lo que hace a Posada realmente como un grabador exitoso es su trazo directo.

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